El gran diseño de Stephen Hawking: ¿Un universo generado por leyes?

Ningún otro descubrimiento científico tiene la fuerza conceptual del Big Bang para defender la existencia de Dios. Dirá alguien que la vida y las biociencias pueden tener la misma fuerza epistemológica a favor del teísmo o deísmo, pero no es así. A diferencia del universo y su Big Bang, nuestro conocimiento de la vida y sus orígenes es completamente limitado. A nivel biológico, lo mejor que tenemos son teorías sobre el origen de las especies, teorías cuya validez se sigue discutiendo a estas alturas. Pero, lo que es peor, lo poco que sabemos sobre el origen de las especies hasta pareciera conocimiento sólido si se compara con el origen de la vida, que no deja de ser la más oronda especulación. Al punto que Simon Conway Morris, profesor de Cambridge y uno de los investigadores más famosos del mundo en los orígenes biológicos, ha propuesto declarar la vida como axioma y dejar de perder el tiempo intentando descubrir su origen.

Pero el Big Bang, al determinar el inicio del universo mismo, tiene grandes implicaciones en los cuestionamientos filosóficos y teológicos sobre la existencia de Dios. Esto es claro de un editorial de John Maddox en la prestigiosa revista Nature hace poco más de 20 años. Decía Maddox: «El Big Bang, además de ser filosóficamente inaceptable, es una postura sobresimplificada del origen del universo y es poco probable que sobreviva de aquí a una década» (Nature [1989], 340, p. 425). Aunque la inviabilidad filosófica a la que alude Maddox hablaba más de sus prejuicios metafísicos que de la veracidad del Big Bang, el punto a resaltar aquí es que aun los círculos más ateos entienden cuán pequeño es el salto conceptual de un universo con origen a una deidad que lo haya creado. Por eso dijo Christopher Isham:  «Tal vez el mejor argumento a favor de la tesis de que el Big Bang respalda el teísmo es la ansiedad obvia con la cual la reciben algunos de los físicos ateos».

Ahora, cuando de ciencias se trata, no se puede considerar la motivación del científico para juzgar sus resultados. Si bien las motivaciones suelen ser determinantes a la hora de los descubrimientos, la veracidad de los hallazgos no depende de ellas. Comentado esto, es menester entender que la motivación del físico Stephen Hawking siempre ha sido dar soporte a su ateísmo. A él siempre le ha molestado el Big Bang porque todo efecto implica una causa, y como el Big Bang sería el primer efecto natural, es intuitivamente obligatorio escribir su causa, también primera, con mayúscula inicial. Sin duda, un golpe duro a la (in)creencia del cosmólogo inglés.

Sin embargo, el problema con las teorías de Hawking sobre el inicio del universo no es la motivación; es que son falsas. Antes, por ejemplo, ya había intentado una teoría en la que negaba el Big Bang; pero al hacerlo, su argumento matemático eliminaba también las leyes de la termodinámica; algo impermisible, por eso se cayó.

Ahora vuelve en su libro The Grand Design con una teoría en la cual afirma que el universo surgió a partir de las leyes naturales, en particular de la ley de la gravedad. El problema con esto es que, si asumimos cierto el materialismo por el cual Hawking aboga, las leyes serían incidentales a nuestro universo, inherentes a él, pertenecientes a él. Si Hawking quiere leyes que hayan formado el universo (no solo que lo rijan), tiene la necesidad de declararlas externas a este para evitar los razonamientos circulares («el universo hizo las leyes y las leyes hicieron el universo»). Pero al hacerlo, al ubicar las leyes fuera del universo, está haciendo que su afirmación se asemeje más a filosofías especulativas que él mismo desprecia que a la ciencia materialista rigurosa como tal a la cual pretende defender. Porque si las leyes naturales están más allá del universo físico, están más allá de la ciencia. Diez años antes de El gran diseño de Hawking, el matemático y filósofo David Berlinski lo explicó en los siguientes términos en Newton’s Gift, su biografía de Newton:

Si la gravedad explica gran cantidad de cosas que de otra forma serían muy confusas, esta explicación se da por medio del misterio. La gravedad actúa a distancia y de inmediato. Ninguna otra fuerza de la naturaleza pareciera comportarse así. Difícilmente puede llamársele mecánica a una fuerza con tales propiedades, aunque se transmita por cuerpos materiales. Lo que resulta tan confuso es el carácter irreducible de la gravedad. Dentro de la mecánica de Newton no hay explicación para la fuerza de la gravedad en términos de otras fuerzas, como el movimiento y la distribución de las partículas. La gravedad es lo que es; y no se puede explicar en términos más simples ni apelando a los constituyentes más elementales de la materia. Conocemos la gravedad por sus efectos, la entendemos por medio de su forma matemática. Más allá, no entendemos nada.

Así era cuando Newton escribió y lo sigue siendo hoy [traducción mía, énfasis mío].

Después de asimilar la idea de Newton en sus Principia, una de las principales conclusiones a extraer es la bancarrota de la reducción materialista en las ciencias. La ley de la gravedad, la más ubicua de las fuerzas del universo, no se puede reducir a la materia; actúa en la materia pero no se puede reducir a ella.

Por tanto, Hawking está determinando la causa del universo a leyes tan ajenas al universo, tan trascendentes, como el Dios cristiano de Karl Barth. Es decir, en últimas, la teoría nueva de Hawking no es otra cosa que la divinización de las leyes, con lo cual el cosmólogo termina avalando lo que tanto quería negar: rechaza la deidad de un ser personal, creador y absolutamente otro, para afirmar la deidad de las leyes naturales. Hawking podrá ser ateo en un Dios personal, pero es absolutamente deísta en las leyes impersonales. Es solo una transposición de la divinidad en cuanto a agente creador. Y, lo que es peor, llega a sus conclusiones científicas solo a partir de indemostrables suposiciones metafísicas que son, por ende, anticientíficas; cosa que a mí particularmente no me incomoda (suscribo por completo la indemostrabilidad kuhniana de los paradigmas), pero que sí echa por la borda la proposición positivista, velada en su argumento, de que toda verdad es científicamente demostrable.

La ciencia funciona así: postulamos leyes que están más allá de la naturaleza para entender la naturaleza. No sorprende entonces que los intentos ideológicos por reducir nuestra comprensión del universo a materia y nada más que materia tengan la ciencia anquilosada. Si queremos explicar este mundo natural, necesitamos apoyarnos en algo que esté más allá de la naturaleza misma.

Categorías:Ciencia, Filosofía de la ciencia, Libros, Religión

1 respuesta

  1. Hola Daniel siempre me han gustado las matemáticas, la filosofía y habiendo sido ateo, cuando me convertí a Cristo la teología se volvió mi pasión primaria, cuando te escuché en el congreso inquebrantable, admito, nunca antes había escuchado en la apologética, la combinación que pude oír en ti, de dar conceptos filosóficos apoyando la teología desde el razonamiento matemático, cuando mencionaste esta tu pagina, de inmediato me metí, (te empecé a seguir y ya la estoy recomendando a los otros pastores), doy gracias a Dios por tu ministerio y pido que puedas llegar a muchos ámbitos, hay que “crear” este movimiento “lógico-matemático-filosofico-espiritual” (ja, ja, si es que debe llamarse así), en cuanto a este artículo y lo que dijo el difunto Stephen, me fascino entender como la ubicuidad de la fuerza de la gravedad se asemeja al gran “YO SOY EL QUE SOY” DE EX.3.14 (ahí humildemente le dejo mi aporté para que lo relaciones en tu articulo con el fundamento biblico).

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