The Wolf at the Door, Jack Higgins. Y sobre los libros virtuales

The Wolf at the Door, Jack Higgins (Penguin Books).

Mi calificación: 2.3/5.0.

Hace años, por ahí unos quince, no leía un libro de Jack Higgins. Tal vez el último fue Year of the Tiger, pero no me pregunte de qué se trata porque no me acuerdo (En comparación con otros tipos de literatura, he leído muy pocas novelas desde que salí del colegio). El caso es que Higgins es uno de mis autores de novelas de acción-suspenso favoritos, así que solo por eso disfruté volver a leerlo después de tanto tiempo.

The Wolf at the Door es un libro más de la famosa saga de Higgins con Sean Dillon, uno de sus personajes consentidos. El libro sí tiene algo de suspenso, entendido como aquella ansiedad de seguir leyendo para saber qué viene. No obstante, en lo poco que tiene de acción es lento y soso. Nada parecido a Night of the Fox, el primer libro del autor que se me cruzó a los doce años y uno de mis favoritos desde entonces.

Por otro lado, este es el primer libro que termino oficialmente en formato electrónico y eso me ha dejado con más impresiones que el contenido del libro como tal. Primero, es el único libro que he comprado por iBooks —la aplicación de Apple para comprar libros— y no pretendo comprar más; por Kindle —la aplicación respectiva de Amazon— sí tengo varios porque son muchísimo más baratos.

Segundo, me molestan las políticas a las que uno accede, al menos con Apple, por la compra de sus contenidos virtuales. Parecen más las políticas de un arriendo perpetuo, con todas las limitaciones que eso conlleva. Si yo pago por un libro, quiero tener derecho a usarlo como quiera. Pero no sucede eso con los libros virtuales, cuyo uso es restringidísimo. Por ejemplo, si el comprador quiere copiárselo a otra persona, exactamente igual a que le sacara una fotocopia al físico, no puede hacerlo. Si lo que preocupa a editoriales y distribuidores es la piratería, sin estar yo de acuerdo con ella, creo que por ahí ya perdieron porque cualquier persona consigue pirateado en la red el libro que se le venga en gana. De modo que quienes compramos lo hacemos por honradez o por la satisfacción de saber propio el material del que disponemos (a mí, lo reconozco, lo segundo me ayuda bastante con lo primero)… pero ese es precisamente el punto: que no disponemos. Por ejemplo, en iBooks es imposible copiar y pegar una cita, mientras que en Kindle es imposible hacerlo sin boletearse por toda la red.

Y tercero, está el problema del formato exclusivo. Me parece que los libros deberían venir en un formato único que pudiera leerse en cualquier aplicación de lectura. Me refiero a que no se puede leer un libro para Kindle en iBooks —o Nook— o viceversa. Este sistema actual es más similar al de un libro amarrado al estante de una biblioteca. Y ese es precisamente el punto: Ni es una biblioteca ni es un préstamo; se trata de una librería a la que yo le compré un libro que ahora es mío. En la práctica, sin embargo, no sucede así con los libros electrónicos. En la práctica nos venden la idea de lo segundo, pero una vez hecha la compra quedamos anclados en lo primero. Una tumbada. ¿Qué pasa por ejemplo si alguna vez quiebran Amazon o Apple? ¿Perdemos nuestros libros?

Aun así, me ha gustado leer libros en este formato. Tiendo a pensar que los problemas mencionados se resolverán con el tiempo, no sé si esté siendo muy optimista. Eso sí, lo tengo claro: prefiero los libros físicos y sigo soñando con tener una biblioteca gigante que adorne mi casa, ojalá con un par de antigüedades bien bonitas: La Biblia del oso y el Principia.

Categorías:Libros

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