Marx, Modernidad, humanismo y cristianismo

Leía esta columna de Antonio Cruz sobre Karl Marx y se me vinieron varias cosas a la cabeza. Comienza Cruz citando una frase reconocida del Manifiesto comunista que Marx escribiera con Engels:

El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

Un par de párrafos adelante pasa a decir el columnista que Marx era un humanista digno de su época, un hombre moderno que creía en la capacidad de la humanidad para quitarse la opresión y que su mayor contribución puede haber sido quitarle al capitalismo el aura de santidad que lo caracterizaba. Citando directamente a Cruz:

Al negar el pretendido orden sagrado y natural que protegía a la moderna sociedad mercantil y capitalista, Marx destapó la situación de dominación y explotación en que vivían tantas criaturas en las fábricas de la época. El progreso industrial y tecnológico dejó de verse ya como el resultado positivo de la historia de la razón humana, para mostrar su cara oculta de discriminación y creación de miseria.

Pensé entonces en una idea que siempre me ha dado vueltas con respecto aa Occidente en la segunda parte de la Modernidad: ¿De dónde tanta fe en el hombre? Sé que en este momento de la historia la idea suena medio trivial, finalmente la pérdida de fe en la humanidad es uno de las dos grandes pilares que sostienen a la Posmodernidad (el otro gran pilar, a mi entender, es el relativismo). Pero no entiendo la fe del hombre moderno en la humanidad, ni siquiera mirando el asunto desde su propia época. Sí, Marx tenía fe en la humanidad en el sentido de que las clases oprimidas serían capaces de quitarse el yugo de “la moderna sociedad mercantil y capitalista” que discriminaba y producía miseria. Pero ¿cómo se le escapa a su fe en la humanidad que son otros humanos, los que componen esa sociedad mercantil, quienes oprimen al proletariado? El hombre moderno, incluso aquel en pleno apogeo de la Modernidad, aun mirado desde la perspectiva de su época, no tenía muchas excusas para tenerse tanta fe ni como sociedad ni como individuo. Era (y sigue siendo) el mismo hombre oprimiendo al hombre.

Más aun, una revisión del pasado debería haber revelado a Marx que prácticamente todas las revoluciones exitosas cambiaban unos opresores por otros. La triste puesta en práctica de sus ideas en el futuro así lo demostró: la implementación del marxismo llevó a un remplazo —no desaparición— de las clases dominantes que, además de ser más reducidas, oprimieron con más fuerza al resto de la población.

Pero más allá de Marx, no entiendo, insisto, la fe del hombre en el hombre durante la segunda parte de la Modernidad. Hacía casi 10 años que se había publicado El origen de las especies de Darwin cuando Marx publicó El capital. Es más, Marx tuvo un interés grandísimo en las teorías del naturalista inglés desde el principio. Él conocía lo que Darwin había escrito y se le comió el cuento completo (la teoría de Darwin debe haber sido el producto más esperado de la segunda parte de la Modernidad. Uno de sus biógrafos dijo que si él no hubiera existido los positivistas se lo hubieran inventado). Darwin convenció a Marx y a todo el mundo de que todas las especies no eran más que una ameba evolucionada y que solo los más aptos sobrevivirían. El corolario obvio es que, dada la continuidad del proceso, las especies presentes, en particular la humana, solamente serían una transición a nuevos organismos que evolucionarían después. ¡Y Marx le creyó, y el hombre moderno le creyó! De manera que si solo somos una ameba evolucionada y no más que una especie de transición, no hay la más mínima razón para conferirle forma alguna de dignidad al hombre (como para pensar en el malestar de la opresión de las clases dominantes) o para tenerle alguna clase de fe a una humanidad cuya finalidad no es otra que propagar su descendencia, dependiendo de quién sea más apto que quién, sin importar los medios. Así, si el darwinismo es cierto, el alcance del marxismo no sería más que la pataleta de ahogado de los menos aptos en un intento por evitar la extinción… aunque Marx, curiosamente, perteneciera a la acomodada burguesía.

Decía Francis Schaeffer que toda cosmovisión debe contener al menos tres elementos constitutivos: Una historia de origen de las cosas, una explicación de qué salió mal y una propuesta de cómo arreglar lo que salió mal (creación, caída y redención). Darwin proporcionó al hombre moderno un relato de creación sin recurso a Dios que contenía en sí mismo la explicación de qué salió mal: nada le importa a la selección natural si el cambio que produjo el azar es bueno o malo (moralmente hablando); solo importa la supervivencia del más apto para garantizar la continuidad de la especie. Marx por su parte plantea una forma social y económica de redención. Pero no hay en ello exaltación del hombre, sino una fuerte degradación.

El intento de Marx, muchos lo han notado, era el de un cristianismo sin Dios. Como lo menciona Cruz, “Marx convirtió su teoría de la evolución de la historia humana en una religión secular” y El capital se convirtió en “la Biblia de la clase trabajadora”. El mismo Marx así lo entendía, creo, y por eso estuvo tan interesado en Darwin: el inglés aportaba la historia de creación sin recurso a Dios que necesitaba Marx para dar soporte a su teoría humanista de trasfondo completamente materialista. Y aunque aquí estoy hablando del marxismo, la exaltación del hombre fue una característica de casi toda la Modernidad. Así, aunque el cristianismo fuera uno de los grandes soportes metafísicos (si no el más grande) que diera respaldo al desarrollo de la ciencia, y la Reforma fuera su impulso social, el conocimiento y el bienestar produjeron tan marcado ensoberbecimiento del hombre moderno que este olvidó la razón de ser de la ciencia y del desarrollo que había obtenido. Pablo de Tarso explica perfectamente la tragedia de Marx y del hombre moderno: “Se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal” (Ro. 1:22-23a). El humanismo que la Modernidad predicaba, dado tal fundamento tan endeble, carecía de todo sentido.

En oposición, el teísmo no solo plantea que Dios creó al hombre, sino que lo creó a su imagen y semejanza. Es decir, Dios crea al hombre y lo diferencia del resto de la creación poniéndolo por encima. Pero el teísmo cristiano va aun más allá: afirma que Dios se hace hombre en Jesucristo y, no conforme con ello, este Dios humanado muere por el hombre para redimirlo. Se pregunta uno entonces ¿qué cosmovisión puede ser más humanista que el cristianismo? ¿Qué otra perspectiva de la humanidad pudiera conferirle más dignidad al hombre que una en la cual el Dios del universo lo crea con características semejantes a las de la divinidad (libre elección, uso de razón, conciencia…) y, cuando por su albedrío el hombre decide dejar a Dios de lado, Él por amor se hace hombre y muere para redimirlo?

¡Ninguna! ¡Menos una cosmovisión materialista o naturalista! Este fue el reconocimiento que llevó a los filósofos modernos del existencialismo secular al sentimiento de náusea: ni valor ni sentido tiene la existencia humana en ausencia de Dios (Y recordemos que el existencialismo primero fue cristiano y esperanzador, como lo planteó décadas antes Kierkegaard; no nauseabundo y vomitivo, como lo volvió Sartre). Algunos filósofos actuales, notablemente Peter Singer, profesor Ira W. deCamp de bioética (¡!) de la Universidad de Princeton, llevando esta idea a sus últimas consecuencias, han concluido coherentemente (si uno acepta la premisa de que Dios no existe) que la moral no existe y que no hay dignidad inherente en el hombre. Por eso, acorde con su concepción, Singer defiende por ejemplo el infanticidio; pero ni siquiera en la forma de abortos, sino en la matanza real de niños, bajo el argumento de que finalmente ni tienen una conciencia desarrollada como los humanos adultos. Pero dada la premisa de que Dios no existe, ¿qué diferencia haría que los adultos sí tengan conciencia? ¿Por qué no matar adultos? ¿Por qué no matarlos indiscriminadamente?

No. Solo el teísmo le confiere dignidad al hombre. Y solo el cristianismo reviste al hombre de tal nivel de dignidad que Dios, considerando su valor, se hace hombre para morir por él y redimirlo. Los seres humanos en la Tierra, aquel punto azul pálido, sí están revestidos de dignidad. Así lo entendió David cuando escribió el Salmo 8:

Cuando contemplo tus cielos,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,

me pregunto:

«¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?»

Pues lo hiciste poco menos que un dios,
y lo coronaste de gloria y de honra:

lo entronizaste sobre la obra de tus manos,
todo lo sometiste a su dominio;

todas las ovejas, todos los bueyes,
todos los animales del campo,

las aves del cielo, los peces del mar,
y todo lo que surca los senderos del mar.

Y, paradójicamente, aunque la cosmovisión cristiana reviste al hombre de dignidad como ninguna otra, el hecho de que Dios en Jesucristo tuviera que rescatar al hombre del atolladero en el que se había metido y del cual no podía salir solo (la caída) funciona como la misma razón por la cual, aunque digno, el orgullo humano no tiene cabida, a diferencia de concepciones humanistas como las de la Modernidad. En ausencia de Dios, todo en el hombre es “infección y podrida llaga”, como dijera el profeta veterotestamentario. O, como lo dijera el apóstol después, en ausencia de Dios el hombre es “vil y despreciable”.

Sí, Dios creó al hombre digno, pero el hombre revolcó en el fango esa dignidad y la ensució tanto que ya él mismo no se la encontró. Sin embargo, Dios lo consideró tan valioso que no titubeó en hacerse hombre y morir por él, para restaurarle su valor intrínseco. Ese valor supremo de dignidad, entendido como comunión con Dios, está disponible para todo el que lo reconozca por la fe. Fue Dios quien creó digno al hombre, y es Dios quien le rescata la dignidad al hacer que Jesús muriera por sus pecados. “No por obras, para que nadie se jacte”.

Categorías:Historia, Teología

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