La conciencia tranquila y el utilitarismo

En una de las columnas más absurdas que he visto en el último tiempo (no leía algo que me indignara tanta desde cuando José Obdulio defendía las barbaridades del gobierno de Uribe en los periódicos colombianos), Ricardo Silva Romero dice literalmente lo siguiente sobre la segunda vuelta electoral entre Óscar Iván Zuluaga —el candidato de Uribe— y Juan Manuel Santos: «Yo no voto en blanco porque me temo que mi conciencia tranquila no le sirve de nada a la realidad».

Aunque Silva Romero pretende una  apología —¡Malísima! ¡Pésima!— de su voto por Santos en la segunda vuelta, mi intención con esta entrada no es decirle a nadie por quién votar. No me interesa esa discusión (Sin embargo, antes de continuar y para evitar malentendidos, declaro que voy a votar en blanco. Yo no estoy dispuesto a empeñar mi conciencia por un voto y cualquiera de los dos candidatos me produce insatisfacción profunda). Me interesa la evaluación de la frase ya citada de Silva Romero y analizar algunos de los problemas que tiene.

Cuando Silva Romero dice que no vota en blanco porque su conciencia tranquila no le sirve a la realidad, está asumiendo una postura que en el estudio de la moral se conoce como utilitarismo, en la cual lo correcto equivale a lo que es útil, lo que funciona, lo que sirve; y por ende lo incorrecto termina equivaliendo a lo que es inútil, lo que no funciona, lo que no sirve. Tal perspectiva es peligrosísima y dudo que el mismo Silva Romero quiera vivir a la altura del razonamiento que plantea, pues la utilidad —o inutilidad— de las cosas, situaciones o personas, depende del cristal con el que se mire y por tanto es un criterio completamente subjetivo (lo que yo considero útil puede no serlo para usted e incluso puede serle perjudicial), luego relativo.

Por ejemplo, en una flagrante contradicción, critica Silva Romero en esta misma columna a Uribe por poner «en duda las elecciones cuando le conviene»; es decir, cuando a Uribe le es útil. Su acusación es verdadera, pero cabe preguntarse: ¿con qué autoridad moral y lógica, las dos, crítica el columnista al expresidente cuando el primero está defendiendo precisamente esa posición de lo que no le sirve a su realidad? La verdad es que cuando Silva Romero decidió que lo correcto era lo que servía (y lo incorrecto,  lo que no servía, como el voto en blanco, según él) terminó validando completamente a Uribe, al uribismo y a su candidato. ¿No podrían argumentar precisamente bajo el mismo razonamiento quienes respalden el uribismo que votan por Zuluaga porque al país le sirve más terminar los diálogos de La Habana y seguir la guerra hasta debilitar más a las Farc o derrotarlas militarmente? Sí. De hecho, es exactamente eso lo que argumentan. Y Silva Romero, aunque pretende atacar al uribismo, lo termina validando con su concepción utilitarista de la moral.

Cuando Silva Romero alude a su conciencia tranquila, a lo que parece referirse es que cree que hay ciertos principios morales objetivos cuyo cumplimiento satisfaría la tranquilidad de su conciencia (en otro caso, ¿de qué lo intranquilizaría esta?). Por lo tanto, cuando dice que su conciencia tranquila no sirve de nada a la realidad y por ello la va a contradecir, lo que está diciendo es que no va a cumplir aquellos principios morales a los que su conciencia lo impulsa. Para utilizar los términos del derecho penal, no está actuando con culpa sino con dolo: sabe explícitamente que algo está mal pero lo hace. San Pablo decía que lo que no proviene de fe es pecado; es decir, si alguien actúa en contra de lo que cree, se equivoca. Bajo este mismo principio respondió Martín Lutero en la Dieta de Worms cuando la iglesia católica le pidió retractarse de la posición que había asumido:

A menos que me ilustren y convenzan con evidencia de las Sagradas Escrituras o con diferentes sustentos o razonamientos abiertos y claros —y mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios—, ni puedo retractarme ni lo voy a hacer, porque no es sabio ni seguro actuar en contra de la conciencia. Esa es mi posición. No puedo hacer algo diferente. ¡Que Dios me ayude! Amén (citado en James M. Kittleson, Luther the Reformer [Minneapolis: Augsburg, 1986], p. 61. Traducción mía).

Duélale a quien le duela, San Pablo y Lutero tenían razón. Procurar lo útil yendo en contra de la conciencia es necio e inseguro. De lo contrario, en el contexto que ocupa al columnista, tendríamos que terminar validando que alguien fuerce a otro a votar en contra de su conciencia porque el candidato está convencido de que lo que le conviene a él y a la sociedad es ganar; tendríamos que terminar validando que un contratista soborne a un funcionario para quedarse con un contrato jugoso; que las grandes compañías compren congresistas para aprobar leyes que los favorezcan; peor aún, tendríamos que terminar aceptando la existencia de grupos paramilitares porque esa es una forma útil de defenderse de la guerrilla… pero un momento, ah, es que eso es Colombia, la Colombia que tiene tan indignado a Silva Romero.

Desde una perspectiva darwinista, tendríamos que validar abusos sexuales a mujeres porque lo que realmente conviene a la especie es la procreación y entre más embarazadas haya mejor; tendríamos que validar el adulterio por la misma razón (Peter Singer, catedrático de bioética de Princeton, justificó el famoso episodio entre Clinton y Lewinsky diciendo que él era de los más aptos y el darwinismo lo compelía a propagar sus genes por doquier, que el adulterio es puro determinismo genético y selección natural). El agnóstico David Berlinski dice en su libro The devil’s delusion que aunque muchos se proclamen adalides del relativismo moral (y el utilitarismo es relativista), ni siquiera sus mayores defensores están preparados para vivir en un mundo así (p. 41). En fin, los extremos a los que podría llegarse bajo el punto de negar la conciencia por ir tras lo útil son, como dije al principio peligrosísimos. A gran escala, el utilitarismo justificó las prácticas del nazismo alemán y, paradójicamente, de su ideológicamente opuesto comunismo soviético. Así de contradictorio es.

Alguien podría decir que los ejemplos son exagerados, que es solo un voto. Pero si es solo un voto, por un lado, ¿por qué empeñar la conciencia por tan poco?, por otro lado, ¿qué va a decirles Silva Romero a todos los que individualmente venden su voto?, y en ese caso ¿a los que compran el voto? Dice Silva Romero que él prefiere «vigilar a un politiquero a ser vigilado por un predicador», ¿qué pretende decir después cuando el que sea presidente entre los dos candidatos, no importa cuál, haga algo que sea completamente utilitarista y contrario a la conciencia? «Iba contra de la conciencia pero hice lo que me parecía que servía» dirá quien sea presidente. Y Silva Romero tendrá que comer callado. Toda la indignidad moral que quiere plasmar en su columna hay que leerla a lo sumo, como dijo él mismo, «con humor». Su perspectiva utilitarista hace insustancial cualquier crítica que haga a las cosas que lo indignan. ¡He ahí la gran contradicción de la mentalidad liberal!

Ese utilitarismo, que trasciende en mucho unas elecciones, es lo que nos tiene tan emproblemados como sociedad. Terminó validando, vea usted, la mentalidad del todo vale. Y no. En una democracia toda la gracia del voto es ejercerlo a conciencia. En el voto y en cualquier otro asunto en el que se invoque la conciencia, San Pablo y Lutero tenían razón.

Categorías:Colombia, Moral, Política

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