De golondrinas, soledades y amores

Esta es una entrada diferente. Y no me molesta que vengan más como estas. Ya no. Me tomó muchos años entender que Jesús hablaba y actuaba lleno de gracia y de verdad. No solo lleno de verdad. Me tomó romperme por dentro como un cristal fino que cae de un piso alto. El texto se lee mejor con esta canción de fondo.

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala en sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

esas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día…

esas… ¡no volverán!

Volverán del amor a tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido…, desengáñate,

así no te amarán.

Yo también he llorado. Más que casi todos los hombres, para ser sincero. Las lágrimas se volvieron mi pan de día y de noche. ¡Dios! No me hablen de soledades que todavía les tengo miedo. Yo sé cómo se siente cuando la vida es como la canción: no podés dormir si ya están todas las luces apagadas. ¡Ah, sí! Yo sé lo que es no querer llegar solo a la casa en la noche para no enfrentarse con el silencio. Sé lo que es ser adulto y empezar a ver formas entre las sombras y sentirse tan ridículo como asustado. Sé lo que es cometer errores —¡muchos errores!— para tapar las soledades. La soledad me dejó tan marcado que ni siquiera en este momento, cumpliendo uno de los más grandes sueños de mi vida, quiero seguir donde estoy para no estar más solo. Quiero volver a Miami y estar junto a mis papás, a mi mejor amigo, a mi iglesia, a la gente de mi gimnasio.

Y sé lo que es haber amado tanto que la copa del amor quedara desocupada, seca e incapacitada para dar un poquito más, porque ni poniendo la copa boca abajo caería ya siquiera una gota invisible de amor. Sé lo que es haber puesto la copa boca arriba para recibir de nuevo de alguien algo que la llenara para poder seguir dando y no recibir nada. Sé la acusación que viene por no poder dar más. Y sé lo acusador, vil y despreciable que llegué a ser porque no recibí más. Sé lo que es sentir que el amor, el que daba y el que recibía, se fuera como las golondrinas y no volviera nunca más. Yo lo sé. Yo sé lo que duelen las penas de amores. No las que duran semanas, meses o años. Las que duran décadas. Sé lo que es sentir el lado horrible y casi despiadado de que fuerte es como la muerte el amor, que darlo todo por ello solo lleva al menosprecio. Así.

Sé lo que es haber notado un día después de mucho tiempo que casi estaba completando una semana sin haber hablado una palabra con nadie. Sé qué es considerar internarse en una clínica psiquiátrica porque mi vida rayaba la locura y al menos en un manicomio las enfermeras me hablarían, habría alguien que me cuidaría. Yo lo sé. Yo lo sé.

Sé que si Dios no hubiera tenido de mí misericordia ya hoy no estaría aquí. Dios me puso al lado relaciones justo en el momento final: mi mejor amigo me recogió, evitó que cometiera una locura y me llamó a cuentas por mis errores; mis papás llegaron a vivir conmigo de Colombia (¡ellos son el instrumento de Dios fundamental por el cual logré salir adelante!); Claudia y su familia me acogieron con un amor familiar casi desconocido; por la pura majestad de la Providencia entré a ser parte de un grupo de hombres tan excelentes que ni merezco estar al lado de ellos; entré a hacer parte de un gimnasio en el que, más que clientes, somos un grupo de amigos… porque juntos somos más fuertes.

Yo sé lo que se siente la soledad. Sé lo que se sienten los desamores. Sé lo que es llegar al punto en el que no es posible dar más y todo lo que uno pide es gracia, misericordia, que alguien por favor solo por un momento ame sin pedir nada. ¡Porque no fui capaz de dar nada! Pero necesitaba amor, mucho amor. Yo lo sé. Sí que lo sé.

Sé lo que es anhelar morirse para estar por fin en la presencia de Dios, así sea sin coronas, con tal de no estar más aquí y que me enjuguen ya todas las lágrimas y se acabe el dolor. Yo lo sé. Dios sabe que lo sé.

Pero no necesitaba morirme para estar en la presencia de mi Señor (al que tampoco puedo amar perfectamente, de todas maneras, pero más sobre eso en otra entrada). Al menos no físicamente. Porque hay un sentido en el que sí era necesario morir para entrar en su presencia. Entonces y solo entonces —porque Dios es amor pero no iba Él a negociar su divinidad en mi vida ni iba a aceptar un trono compartido— pude entrar en el santuario de Dios, y solo en su presencia entendí que habían llegado allí las golondrinas que migraron. En Él encontraron descanso de su eterno vagar las golondrinas de mis desengaños, de mis desencantos, de mis desamores, de mis soledades.

Ah, Bécquer, yo sé dónde se fueron tus golondrinas. Los hijos de Coré me lo dijeron. Allá estaban las mías. Mi Señor me las estaba guardando, mi Señor me estaba guardando, mi Señor me estaba aguardando:

Hasta el pájaro encuentra casa

y un nido la golondrina

para poner a sus crías

cerca de tus altares,

¡oh Señor del universo,

rey mío y Dios mío!

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