Sobre héroes y tumbas y el cristiano anárquico

Aunque Ernesto Sábato fuera doctor en física y trabajara en los laboratorios Curie de Paris y en MIT, pasaría con el tiempo a descreer de la ciencia porque notó, acertadamente, que esta era incapaz de responder las preguntas más importantes del ser humano. Llegó a decir que mientras trabajó en los laboratorios Curie se encontró «vacío de sentido [y] golpeado por el descreimiento». Como explicando su pensamiento, dice en Sobre héroes y tumbas:

Toda consideración abstracta, aunque se refiriese a problemas humanos, no servía para consolar a ningún hombre, para mitigar ninguna de las tristezas y angustias que puede sufrir un ser concreto de carne y hueso, un pobre ser con ojos que miran ansiosamente (¿hacia qué o hacia quién?)… no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario.

A un periodista le diría alguna vez que lo que percibimos con los sentidos no es lo único que existe. También se dio cuenta por la misma época de sus años de físico, al vivir entre las dos guerras mundiales en Europa y conocer los excesos de Stalin —lo que produjo su rompimiento con los ideales comunistas—, de que la ciencia era amoral, pues los mismos descubrimientos sirven para hacer bien o para hacer mal a la humanidad, dependiendo de la motivación de quien los use. Para un hombre que estuvo tan enamorado de la ciencia y que escaló con éxito por sus montañas hasta llegar a tan altos picos intelectuales, comprender esta realidad debió ser un golpe muy fuerte. Y con toda la razón, porque se pregunta uno: ¿de dónde la insistencia de la Ilustración, la moderna y la posmoderna, en que educar al ser humano va a hacerlo más moral? Tal afirmación no es sino una de las grandes falacias de nuestros encopetados iluminados intelectuales de hoy día.

Continua Sábato, en el mismo párrafo de su anterior cita:

Si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba… la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación.

¡Qué cerca se encontraba Sábato de los grandes pensadores creyentes sin saberlo! Su cambio de carrera de la ciencia a las letras pareciera estar siguiendo el consejo de G. K. Chesterton en su famosa Ortodoxia:

La imaginación no produce demencia. Lo que produce la demencia es la razón. Los poetas no se vuelven locos, los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos se vuelven locos, y los cajeros; pero rara vez ocurre así con los artistas creativos… El poeta solo anhela meter su cabeza en los cielos. El lógico es quien busca meterse los cielos en la cabeza. Y es su cabeza la que explota… Loco no es quien ha perdido su razón. Loco es quien ha perdido todo excepto su razón… Tal es la experiencia del demente; usualmente es él un razonador, con frecuencia uno muy exitoso. Vive en la muy bien iluminada y limpia prisión de una idea.

Y como para terminar de darle la razón a la experiencia de Sábato, añade Chesterton:

En cuanto a explicación del mundo, el materialismo [la doctrina según lo cual solo el mundo material existe] tiene una especie de simplicidad demencial. Tiene la cualidad precisa de los argumentos del orate; tenemos al tiempo la sensación de que lo cubre todo y la sensación de que todo se le queda por fuera.

Volviendo a Sábato, llama la atención la respuesta del argentino al argumento que se planteara en el párrafo ya mencionado. Y llama la atención por partida doble. Primero, porque es completamente racional, llena de sentido. Segundo, porque aunque el físico y escritor resultara muy influenciado por el existencialismo durante sus años en París, particularmente por Jean Paul Sartre, responde en el mismo párrafo tajantemente a la pregunta por excelencia que, según Albert Camus, debía plantearse la filosofía: ¿Por qué no el suicidio? La pregunta es completamente consecuente: si todo lo que existe es el impersonal y frío dato científico, si no hay nada más allá, si no existe Dios, si todo es una vomitiva náusea, ¿por qué no el suicidio? Responde Sábato (y nótese que el mismo Camus encomendaba los libros del argentino):

[El hombre es] una criatura que solo sobrevive por la esperanza. Porque felizmente… el hombre no está solo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no solo de muerte sino de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede…. [los hombres poseen] aquellas insensatas esperanzas, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.

Es decir, la respuesta a por qué no el suicidio es: porque la fe, la esperanza, el anhelo de vida, los momentos de comunión y amor, son todas cosas que apuntan a algo mucho más allá de las suposiciones que planteaban los existencialistas ateos (el adjetivo se justifica porque el existencialismo nace como corriente filosófica en el muy creyente Søren Kierkegaard, y milenios atrás Salomón lo usó para sustentar su libro bíblico de Eclesiastés). Así lo reconoció Sábato, que pasó a decir:

Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (que siempre triunfa sobre ella, porque si no todos nos suicidaríamos), ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?

¡Qué tremendo argumento! La realidad es que si el existencialismo ateo fuera cierto, y si toda la realidad pudiera enclaustrarse en teoremas, experimentos científicos y materia, nada podría aferrarnos a esta vida de manera constante. Sin embargo, el suicidio sorprende porque es la excepción, no la regla. Porque a lo largo de millones de años de existencia del ser humano son solo unos pocos, no muchos, los que se han quitado la vida. Si Sartre estaba en lo cierto, si la vida era una náusea, entonces la pregunta de Camus (existencialista como Sartre pero enemigo intelectual suyo) se seguía directamente de dicho razonamiento.  Pero la respuesta de Sábato desmorona el fundamento sobre el cual se había edificado la pregunta: hay esperanza y ello probaría ontológicamente que hay un Sentido Oculto de la Existencia, así con mayúsculas.

Sobre héroes y tumbas se publicó por primera vez en 1961. Nueve años antes, en 1952, había publicado C. S. Lewis su espectacular Mero cristianismo, donde tiene el famoso argumento de la esperanza al que aludí en la entrada pasada:

Si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo.

Si Sábato no había leído a Lewis al momento de escribir su libro (¡que casi bota a la basura pero su esposa, gracias a Dios, se lo impidió!), sorprende la increíble sintonía del escritor latinoamericano con el anglosajón.

Dice Salvador Dellutri, pastor argentino, en una maravillosa serie de dos programas sobre el autor (aquí y aquí) que Sábato fue un «hombre extremadamente lúcido… en su concepción de la realidad» y poseía «una gran convicción ética». Fue esa gran convicción ética la que al final de sus días, después de trasegar el mundo de las ideas, lo llevó a reconocerle a Dellutri que se había convertido en un «cristiano anárquico». Cristiano porque creía en Cristo y en sus enseñanzas; anárquico porque no se veía perteneciente a ninguna de las iglesias que lo representaban. De hecho, pidió a Dellutri que oraran por él en su iglesia porque creía en la oración de fe. Elvira González, su compañera de sus últimos días corroboró a Dellutri al instante las palabras de Sábato: les gustaría congregarse de vez en cuando porque sabían que les hacía bien, pero la salud del escritor se lo impedía.

Sábato, como hombre ético cabal que era, llegó a concluir que había una ley moral objetiva y que dicha ley inclinaba la balanza fuertemente hacia la existencia de Dios. Cuando Sábato se dio cuenta de que la ética de Cristo en el Sermón del Monte (de la que le habló a Dellutri) era aquello que su alma había buscado por tantos años pasó a entender el Sentido Oculto de la Existencia, el Logos. En Cristo, al final de sus días, descansó su angustia existencial, sabiendo que, como dice Dellutri, Cristo «realmente le estaba dando la razón en cuanto a los valores y en cuanto a la ética, eso que había sido su lucha desde siempre».

Dice Dellutri que el impulso ético de Sábato fue en realidad su intento de buscar a Dios aunque por mucho tiempo el segundo no lo supo. Sábato experimentó en carne propia el argumento moral y siguió la evidencia hasta sus últimas consecuencias, donde la evidencia lo llevó. ¡Qué grande fue Sábato! ¡Qué genio fue Sábato!

Nota final de self indulgence: He escrito en otras ocasiones en este blog sobre varios de los puntos de Sábato referenciados en esta entrada. Se siente uno bien de haber llegado a las mismas dos conclusiones de semejante genio.

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