Pablo, Kierkegaard y yo

Toda mi vida soñé con poder decir junto a Pablo: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo». Las palabras del apóstol parecían tan fuera de mi alcance que había perdido toda esperanza de alcanzarlas algún día. Las profundidades de los abismos en los que me sumergió mi propio pecado hacían casi imposible creer que alguna vez pudiera pronunciarlas.

Hoy puedo. Hoy puedo pararme sin orgullo pero con certeza a decir que por primera vez en mi vida estoy imitando a Cristo y por eso vale la pena que otros me imiten. Hoy. Y se siente bien. Porque soy libre. Llevaba años deseando que pudiera modelar a Cristo con mi comportamiento. Nada me importa más que parecerme a Él.

¡Cuán largo fue este proceso! Cuántos años para restaurar un corazón tan quebrantado que más parecía incinerado, pues las piezas que lo componían no se asemejaban tanto a un jarrón que cayó al piso, sino a un corazón de carne que pasó por un proceso de cremación. Quizás así lo necesitaba. Romper ese increíble corazón de piedra y convertirlo en un corazón de carne. No sorprende que entre más duro sea el material del que tenemos recubierto el corazón, más fuertes deban ser los golpes que lo descubran.

El corazón de carne nos habilita para sentir como Dios quiere que sintamos. Las corazas de protección que le ponemos encima, sea por circunstancias que escogimos o por las que la vida nos impuso, hacen las caricias de Dios y los abrazos de los hombres tan impersonales como los besos de red social. Una doncella besando las mejillas… del yelmo del guerrero.

¿Es orgullo decir que puedo repetir con Pablo sus palabras? No. No tajante. C. S. Lewis (¡Y cuán importante ha sido Lewis en mi sanidad!) solía decir que humildad no era pensar menos de uno, sino menos en uno. Me encanta tener claro lo que tengo, porque es una ofrenda a Cristo, el único dador de vida a este corazón que estaba muerto. Todo lo que soy se lo ofrecí a Él. Todo lo que soy es por Él y para Él. Se trata solo de Él. Se trata solo de Cristo.

¿Quiere esto decir que soy perfecto? ¡No! No lo soy. El apóstol Juan afirma que si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. También como Pablo puedo repetir: «No pretendo yo mismo haberlo alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».

¡Cuántas cosas quedaron atrás! Cuántos corazones dañé buscando ansiosamente solucionar con band-aids los males de un corazón que necesitaba cirugía. Cuántas veces dañé con mis palabras y mis acciones, usándolas para un servicio que solo pudiera catalogarse de demoniaco: robar, matar y destruir. Robar inocencias, matar sueños, destruir autoestimas y hasta acabar con matrimonios… incluso mi propia inocencia, mis propios sueños, mi propia autoestima y mis propios planes de matrimonio. El inventario de mi pasado solo admite una descripción: estiércol. De nada me vale el abolengo (que lo tengo), de nada me valen los títulos (que los tengo). Todo lo tengo por basura por amor a Cristo. Solo me preocupa la excelencia de conocerlo a Él. Como dijo Einstein de Dios digo yo de Cristo: «No me interesa este o aquel fenómeno en el espectro de este o aquel elemento. Quiero saber sus pensamientos; el resto son detalles».

Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y Dios no se rindió. Dios siguió. Las noches de lágrimas provocadas por mis propios errores, las noches de miedo, las noches de impureza, desaparecieron. ¡Y soy libre! Ahora solo quiero proclamar a Cristo. Ahora me esfuerzo, me esmero con todo lo que me da la vida, para que mis palabras y mis acciones sean regalos de Dios para los hombres, no hurtos; que sean vida, no muerte; que sean de edificación, no de destrucción.

De un tiempo para acá no ha dejado de impresionarme cómo Dios empezó a usar a Pablo desde antes de su conversión. En Hechos 1:8, Jesús, antes de subir al cielo, promete a sus discípulos que le serían testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. Bien es conocido que Pablo fue el «instrumento escogido» para llevar el evangelio hasta lo último de la tierra. Lo que no es tan obvio es que en Hechos 8 se narra que, debido a la persecución de los judíos a la iglesia, el evangelio salió por primera vez de Jerusalén a toda Judea y Samaria, cumpliendo así la primera parte de la profecía de Jesús. Y el persecutor era Pablo. ¡Dios estaba usando a Pablo desde antes de ser cristiano, en los peores momentos del rabino, momentos del Pablo asesino, para revelar su gloria!

No pretendo parecerme a Pablo en el alcance de mis obras (¡aunque cuánto lo sueño!) pero puedo ver una tendencia semejante en mi vida. Dios no solo me estaba sanando, sino que me estaba preparando. ¡Incluso me usó en medio de mi quebrantamiento para acercar a muchas personas a Él! Mi pastor, Orville Swindoll, dice que estamos diseñados para revelar su gloria y cuán cierto es eso en mí. Si en medio de mi oscuro pecado la gracia de Dios se pudo hacer manifiesta a otros, ¡qué grande es el resplandor de su gloria para que ni siquiera el hoyo negro de mi inmundicia pudiera apagar su luz! ¿Cuánto más podré serle útil a su causa ahora que estoy sano para Él? Su respaldo ha sido tan grande últimamente a mi ministerio de apologética que me abruma pensar en el alcance de su poder a través de mi vida. Soy hechura de Dios, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que yo anduviera en ellas. ¡Heme aquí, Señor!

¿Significa esto que el dolor se acaba en la vida? No. De hecho, desde que se hizo patente este pensamiento de por fin haber alcanzado a Pablo en sus palabras he estado bajo intenso dolor físico y del alma. En el mundo tendremos aflicciones. Me siento el saco de entrenamiento de boxeo del diablo. No hay área de la vida en la que no haya sido vapuleado, sobre todo en la última semana. Pero por primera vez también puedo vivir lo que decía Pedro: es mejor sufrir por hacer el bien que por hacer lo malo. Aunque el sufrimiento sea inevitable, lo que sí podemos evitar es el doble dolor de saber que nos lo provocamos a nosotros mismos. Y es esto tan liberador que si no sonara a masoquismo, diría que me genera alegría. Tal vez es a lo que se refería Santiago, el hermano del Señor, cuando dijo: «Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales sin que os falte cosa alguna».

Dice Kierkegaard que la verdadera fe, como la de Abraham camino al monte de Moriah con Isaac, solo es tal después de que, como el patriarca, se ha vivido una «resignación infinita». Y es fe en que acá, en esta Tierra, en este mundo finito, Dios bendecirá. Por ese inexplicable salto de la infinitud de la resignación a la certeza de que en esta vida finita hemos de ver la bondad de Dios, esa certeza que sobrepasa el límite de la razón (sin que la contradiga. ¡Dios bendiga a Gödel!), Kierkegaard llama a la fe «la paradoja de la existencia».  Cualquiera que me hubiese conocido sabría del estado de resignación infinita en el que yo vivía. Pero esa no es la fe, dice el filósofo. No hay fe en la resignación infinita, solo aceptación de las circunstancias. La fe es el salto cuántico de dicho estado a creer que «Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos».

Pues yo hoy creo. Creo porque, aunque el poder de Dios me trasciende, aunque mi finito mundo sea tan reducido como un subconjunto de los números naturales, sé que hay un espacio completo más grande, el real (¡Dios bendiga a Cantor y a Dedekind!), sin agujeros. Sé que Dios es fiel. Sé que Dios proveerá. Sé que he de ver la bondad de Dios en esta tierra de los vivientes; sé que, de todas las buenas promesas de Dios, ninguna dejará de cumplirse; y sé que en el cielo heredaré la vida eterna.

Mi anhelo es vivir para Él. Servirle. Mi anhelo es poder acercar a tantos como pueda a la plenitud que hoy vivo en Él. Que mi Señor me dé fuerzas para cumplir con mi llamado y que, llegado el día en que me lleve a su presencia, pueda oírle decir por fin las palabras que ha sido mi anhelo oír de Él toda la vida: «Bien, buen siervo y fiel».

Y descansar por fin en su regazo.

A Él sea la gloria por los siglos de los siglos.

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