Nosotros los malos

Uno de los ataques más efectivos al cristianismo en nuestra cultura es mostrar la imperfección de los cristianos. El imaginario colectivo es que los cristianos deberíamos ser perfectos o el cristianismo es falso. Nada más opuesto a la verdad.

La esperanza del cristiano no está en su perfección, sino en la de Cristo. Si yo pudiera ser perfecto por mi propia cuenta, lo cual me capacitaría para llegar a Dios por mí mismo (porque solo lo perfecto puede tocar lo perfecto), mi religión sería el danielismo, no el cristianismo.

Ante tal crítica puede uno decir a la cultura de hoy día lo mismo que Cristo dijo a los fariseos de su tiempo: «¡Yerran ignorando las Escrituras!». El cristianismo es diáfano en este punto:

Cristo dijo: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»; y también dijo: «los sanos no necesitan médico, sino los enfermos». La primera de sus bienaventuranzas va dirigida a los «pobres de espíritu».

Pablo dijo que Dios escogió «lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es». Todo un ejercicio en la humildad la forma en la que nos describe Pablo: lo insensato, lo débil, lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada.

Juan, hablando a los creyentes, dijo: «Si afirmamos que no tenemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros».

Si usted estaba esperando que el cristianismo dijera que los cristianos eran mejores personas, está caricaturizando el cristianismo. No. Los cristianos estamos sacados de lo peorcito que ha visto el mundo. ¡Y todo esto redunda en mayor gloria a Dios! Porque al ser nosotros las vasijas de barro del mundo, no las hechas con metales preciosos, podemos estar seguros de que la excelencia del poder que nos transforma es de Dios y no nuestra.

¡Razón tienen quienes critican la baja estatura moral de los cristianos! Pero el cristianismo no dice que seamos perfectos, sino que éramos peores y estamos en proceso de perfeccionamiento (los teólogos llaman este proceso santificación). De modo que nuestra imperfección no contradice al cristianismo. Así, si alguien dice que los cristianos son malos y por eso el cristianismo es falso, en realidad poco sabe de qué está hablando. Hasta los peores creyentes, en tanto sean auténticos, son mejores cuando se comparan con lo que eran antes de conocer a Cristo.

Hay otra cara en esta realidad. Quienes hemos sido malos entendemos muy bien nuestra maldad. Conocemos las profundidades de nuestros errores, nuestros pecados, y nos cuesta disimulárnoslos en el alma. ¡Con razón dijo Cristo a los fariseos que las prostitutas y los recaudadores de impuestos iban al cielo antes que ellos! Los hombres somos seres morales, sabemos en el fondo la distinción entre lo bueno y lo malo. Quienes hemos hecho las cosas mal sabemos que las estamos haciendo mal. No hay forma de disfrazárselo al corazón. Por tanto, no extraña que los grandes cristianos sean exhomicidas, como Pablo de Tarso; exparranderos, como William Wilberforce; exprostitutas, como María Magdalena; extraficantes de esclavos, como John Newton; expolíticos corruptos, como Charles Colson; y tantos otros ejemplos grandísimos a lo largo de la historia.

De modo que tampoco extraña cuando guerrilleros, narcotraficantes, adúlteros, homosexuales, degenerados sexuales, pederastas, viciosos, etcétera, terminan rendidos a los pies de Cristo. La propia iniquidad de sus vidas se convierte en el mejor testimonio para el corazón de que la moral existe; y el pecado que les corroe el corazón, en el mejor testigo de que necesitan un Redentor perfecto que les permita estar a la altura del Dador de la moral, porque ellos no pueden hacerlo solos.

No extraña, a la larga, que los pecadores fueran al cielo delante de los fariseos; ni extraña que vayan hoy delante de los hombres (aunque ya no sepamos a ciencia cierta si lo son…) modernos, sofisticados y soberbios que, como Dorian Gray, enmascaran con su estatus social y éxito profesional la oscuridad de su alma, considerando que no se necesitan sino a sí mismos para suplir todas sus necesidades.

Piense si «cambiar» a un bueno produce el mismo efecto que cambiar a un malo y entenderá entonces el asombroso éxito del cristianismo. Porque cambiar el corazón del malo, quitarle el corazón de piedra y ponerle corazón de carne, produce un cambio exponencial no solo en la persona, sino en el mundo en que se mueve; y muestra de paso la excelencia del poder de Dios, porque hacer bueno al malo es más difícil que hacer bueno al bueno, trivialmente. Solo el amor de Dios puede cambiar el corazón del hombre.

¿Quiere esto decir que de veras haya buenas personas?, ¿que quienes no son cristianos sean realmente buenos? Salomón lo respondió bien en su existencial Eclesiastés: «No hay nadie tan honrado en la tierra que haga el bien sin pecar nunca». Si usted quiere caer en cuenta de su propia situación moral, haga el esfuerzo por una semana de ser bueno (¡pero bueno de verdad, sin bagatelas!) y me cuenta al final cómo fracasó con todo éxito. No hay nadie bueno. Nadie. No hay justo ni aun uno. Nadie es bueno, sino Dios. Lo que sucede es que el orgullo de la persona disimula las faltas a su propio corazón. El sofisticado posmoderno o el fariseo antiguo se comparan en su orgullo contra las prostitutas y los políticos corruptos. ¡Cuánta mediocridad! ¿Por qué no se comparan contra la pureza y perfección del Dios Santo? ¡Ese es el verdadero estándar! Pero como saben que terminan mal parados, se anestesian el corazón comparándose a otros mortales a quienes consideran peores. El orgullo es mediocre, por definición. Ese es el problema de quienes dicen contentarse con «ser cabeza de ratón y no cola de león». Mediocridad rampante donde menos podemos darnos el lujo de serlo: en la moral.

¡Ahí radica la diferencia con el cristiano verdadero! El cristiano verdadero, como lo enseñó Juan, es consciente de su propio pecado. Sabe que necesita a Cristo con urgencia. No es hipócrita el cristiano auténtico que lucha con sus pecados a pesar de que muchas veces caiga. Es hipócrita el que los oculta o disimula porque quiere convencerse a sí mismo de su mentira —convenciéndose de que hay gente peor que él— y engañar a los demás.

Los cristianos luchamos contra nuestras debilidades (que no siempre son sexuales, aunque muchas veces sí lo sean). Pero nuestras debilidades son el reconocimiento de la santidad de Dios y nuestra necesidad de Él. No es que nos hayamos hecho cristianos y después dejemos de necesitar a Cristo. Lo necesitamos en el pasado para nacer de nuevo y en el presente para sustentar la nueva vida que nos dio. Separados de Él no podemos hacer nada. Ser cristianos no es dejar de equivocarnos. Ser cristianos es aceptar su sacrificio en la cruz por nuestros pecados pasados, presentes y futuros en esta vida. El cristiano sabe que, a pesar de sus debilidades, el que comenzó la buena obra en nosotros la va a completar. Y por ello, por esa identidad, porque es aceptado y amado tal cual es, porque puede llamar al Dios eterno Padre —un privilegio exclusivo del cristianismo—, puede comportarse de manera digna, buscando agradar a Dios en todo, esforzándose por agradar al Padre porque también lo ama en reciprocidad por el amor que ha recibido de Él; sabiendo que cuando peca, el amor del Padre es más grande y lo restaura.

Amamos. Amamos en reciprocidad a Dios con un amor que busca darle más de lo que somos, porque a quien mucho se le perdona mucho ama. Amamos al prójimo como a nosotros mismos e incluso en ocasiones con un amor superior al que tenemos por nosotros mismos. Nuestra motivación para ser mejores es el amor, hacer felices a Dios y a quienes nos rodean, no la fría perfección ni la hipócrita superioridad moral en sí mismas. Lo segundo es fariseísmo y solo conduce a frustración. Por eso, en nombre de tal amor, el Espíritu de Dios nos capacita para cambiar lo peor de nosotros. Porque queremos agradar a Dios y a nuestros allegados. Mejoramos por amor.

El cristiano auténtico sabe que es pecador y necesita a Cristo, es honesto. El cristiano auténtico sabe que lo que tiene de bueno está en Cristo. El incrédulo se considera bueno y cree que no necesita a Dios, su peor pecado es el orgullo porque lo mantiene hundido en todos los demás.

Porque siete veces caerá el justo, pero otras tantas se levantará; los malvados en cambio, se hundirán en la desgracia.

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