Coletazos

Hace un tiempo me decía mi amiga Sophie Perrault —uno de esos escasos ejemplos de mujer virtuosa— que no podemos pasar por alto el efecto dominó de las cosas que hacemos para Dios. Solo vemos lo que hacemos directamente, pero las consecuencias indirectas son de largo alcance en el tiempo y el espacio, eternas. Sembramos semillitas de mostaza en esta tierra, pero un día vamos a llegar al cielo y obtendremos coronas por cosas que pasaron incluso siglos adelante o en lejanas tierras. ¡Cuánta sabiduría en las palabras de Sophie y cuánta bondad de Dios!

Recordé un ejemplo gigante en la historia política que puede ilustrar la idea.

John Adams siempre estuvo en contra de la esclavitud. El asunto dividió tanto el Congreso Continental de las 13 colonias que por ello casi no logran ponerse de acuerdo sobre la independencia de Estados Unidos. Adams fue abolicionista, nunca poseyó esclavos (a diferencia de Jefferson, por ejemplo) e incluso cuando representaba los intereses de Estados Unidos en Europa, dejó su hacienda en las afueras de Boston a cargo de una familia negra cercana. ¡En esa época! John Adams, artífice de la independencia de Estados Unidos y el segundo presidente del país, enseñó esos principios a su hijo John Quincy Adams.

John Quincy Adams, fiel a las enseñanzas de su padre e influenciado también por William Wilberforce en Inglaterra, se opuso toda su vida a la esclavitud y su mayor sueño político era alcanzar la abolición, aunque no lo logró. Quizás su evento más conocido en la cultura popular, retratado en una película de Steven Spielberg, fue haber defendido con éxito ante la Corte Suprema a ciertos esclavos negros traídos de Sierra Leona en un navío español llamado Amistad para evitar que fueran condenados por haber promovido una insurrección en la cual murió el capitán del barco. Después de haber servido como presidente, siguió impulsando su causa desde el Congreso. Su fervor por el abolicionismo afectó grandemente a un joven político cuyo nombre era Abraham Lincoln.

Es decir, la abolición de la esclavitud en Estados Unidos liderada por Lincoln estuvo fuertemente influenciada por el mismísimo padre fundador John Adams desde casi cien años antes, así como por las ideas y acciones de William Wilberforce.

En estos días me enteré de que en un seminario de Costa Rica usan unos videos de mis charlas de apologética que alguna vez compartí en Facebook. Me sorprende cuánto nos usa Dios a pesar de ser tan poco dignos (2 Co. 4:7).

Necesito creer que las cosas que hago van a hacer una diferencia. Justo en este momento necesito creerlo. John Adams y William Wilberforce son nombres que me trascienden casi infinitamente; no me atrevo a compararme con ellos. Pero me aferro a las sabias palabras de mi amiga Sophie. Yo no puedo ver a largo plazo, a duras penas consigo ver lo que tengo al frente. No obstante,  a mi buen Dios no le son ocultos los coletazos de mis acciones para Él (¡ni mi amor por Él!) y, Justo como es, no las va a dejar sin premio eterno.

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