Dar

Sé la capacidad que tengo con mi mente y mis palabras. Aún me dan vueltas en la cabeza la cantidad de veces que las utilicé para matar sueños, autoestimas, familias… para satisfacer mis hedonistas placeres, sin importar por encima de quién pasara. Tengo tantos ejemplos de ello en mi cabeza que si no fuera por el Espíritu, que me refuerza continuamente el perdón del cielo, me habría vuelto [más] loco.

Ahora no es así. Quiero usar mis palabras —y todo lo que soy— para dar vida a los demás. Llenar de los sueños que frustré; mostrar a los demás que valen cada gota de la sangre del Cristo que se encarnó por amor a ellos; y construir familias (la mía inclusive, aunque me sea tan esquiva) que transformen el mundo por medio del Dios que reina en ellas. Fue de nuevo mi amiga Sophie quien me hizo recordar hoy cuánto valen para Dios las personas que he acercado a Él (que se me antojan muy pocas) y cuánto valora Dios lo que hago ahora para Él. Dios bendiga su sabiduría.

Yo mismo tengo que pelear contra las ideas de que lo que hago no importa. ¡O, peor aún, de que solo lo malo importa! Porque pareciera que las consecuencias de mis errores me persiguen sin tregua y cada error, pequeño o grande, me tocara pagarlo con intereses muy por encima de la usura… Aunque tal pensamiento sea ridículo, porque si mis pecados recibieran el castigo que merecen, yo debería estar muerto. La paga del pecado es muerte. Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos.

Sea como fuere, me es difícil ver las consecuencias de hacer el bien. Tengo que esforzarme mucho para creer que si no nos cansamos de hacer el bien, a su tiempo segaremos si no desmayamos. Ya no me importa todo lo que sé. ¡Renuncio a mi capacidad de razonar, a mi conocimiento! Son basura. Regalo mis libros, mis cartones y mi estudio, y vendo todo por sentirme vivo. Si lo que hice no tiene perdón en la cruz de Cristo, soy el más desesperanzado de los mortales. Sé en mi corazón que Dios pagó por mis pecados y tengo vida y perdón en Él, no lo dudo por un instante. Pero necesito un milagro. Necesito ver en esta tierra de los vivos su misericordia porque ya no sé cómo continuar. No lo sé. Me rindo. Mis lágrimas son mi pan de día y de noche.

Esta mañana me desperté y los pensamientos de muerte con los que batallo quisieron volver. ¡Pelear contra ellos es más difícil en estos días! Pero oré como sé que lo han hecho las personas que en este tiempo han estado preocupadas por mí. Limpié mi corazón ante Dios con muchas lágrimas y ante quienes tenía conciencia de haber ofendido… algo que de todas maneras hago cada vez que caigo en cuenta de mis pecados y de lo mucho que he dañado a tantos alrededor mío de diferentes formas. Le pedí al Señor que tomara el control y lo hizo. Y después se me abrieron los ojos a una verdad que me ha venido dando vueltas.

Anhelo una vida con propósito. Anhelo una vida como la de Pablo, la de Wilberforce, la de Bach… la sueño con locura. Anhelo una vida como la de tantos que han sido importantes para el mundo porque Dios ha sido importante para ellos. Todos tenían una cosa en común: Amaban desproporcionadamente.

Amaban a Dios y por eso le ofrecieron sus vidas a cambio, lo mejor que tenían. Pero amaban a los demás también. Pienso, por ejemplo, lo que Pablo decía que estaba dispuesto a pasar por las personas de las iglesias que fundó (¡y las cosas tan extremas que en efecto vivió!). Pienso en cuánto amor muestra la vida de Wilberforce, que se entregó por completo al Señor y a los demás. Pienso en que Bach, el mejor compositor de la historia, hacía la música para Dios pero para que sus oyentes se agradaran…

Amaban. Y amar siempre, siempre, es dar. Por eso siempre es más bienaventurado dar que recibir. Salomón dice que unos dan y reciben más de lo que dan. El Sermón del Monte, de nuestro lado, es que podemos dar y dar y dar. Porque también tenemos un Dios, Padre, perfecto, poderoso y amoroso que nos hace plenos y nos quiere dar todo. Nos capacita para dar porque de Él recibimos gracia sobre gracia.

Todo un propósito para la vida. Dar. Porque cuando doy, amo. Porque amar es dar. Porque no hay amor sin dádiva. No dar las sobras, sino dar de verdad. Porque si doy lo que me sobra, no soy diferente a los paganos. Por supuesto que dar, dar de verdad, duele. Es una negación del yo. Lewis decía que si no me duele dar es porque estoy amando poquito. Pero cuando doy, Dios suple y seguramente muchos también devolverán el amor. Dar. El propósito de la vida es dar. Porque el propósito de la vida es amar. Amar a Dios y amar al prójimo.

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