Manifiesto de amor y perdón

Estos últimos tiempos han sido de una desilusión tras otra. He experimentado abandono y rechazo como nunca antes. Me he equivocado con otros y otros se han equivocado conmigo; varias de estas equivocaciones han sido recíprocas. Y me he dado cuenta de una constante: el ser humano se muere por recibir misericordia pero le cuesta mucho darla. Con una mano estamos tocándole los pies a Dios mientras le pedimos que nos perdone y nos restaure la relación íntima con Él, y con la otra estamos bloqueando a quienes nos ofendieron no permitiendo que se acerquen de nuevo. Todos hemos sido culpables de esto. No obstante, la situación tiene su lado bonito: nuestra propia dificultad para perdonar elucida en algo la profundidad del amor divino al habernos absuelto cabalmente de todas las ofensas a quienes ahora somos sus hijos. Es decir, ¡no solamente nos perdona, sino que nos acerca más haciéndonos parte de su familia!

Perdonar es una muestra muy grande de amor, quizás la más grande. Perdonar no es hacer de cuenta que no nos hirieron, sino ser completamente conscientes del daño que recibimos y aun así ofrecer restauración en cuanto dependa de nosotros. No es fácil. Quien diga que perdonar es fácil seguramente no entiende muy bien de qué se trata el perdón. Ni siquiera para Dios fue fácil: requirió la encarnación y muerte del Hijo, con lo que se vio interrumpida la más perfecta relación que ha existido en la eternidad, la única perfecta, de hecho; la de la Trinidad. Le dolió a Quien murió y les dolió a Quienes se les rompió el corazón viendo su agonía y experimentando por primera vez el rompimiento de una intimidad que por siempre había sido la más ejemplar e idónea que pudiéramos imaginar. El precio de lo que hizo Cristo por nosotros es todo menos chico. Por ello Dietrich Bonhoeffer insistía en que la gracia era gratis (gracia y gratis son casi sinónimas), no barata. En efecto, es tan costosa que nunca ninguno de nosotros hubiera podido obtener por nuestra propia cuenta la restauración con Dios que ella entrega, porque no tendríamos cómo pagarla.

Algunos de quienes me abandonaron o decidieron atacarme tienen razones para ello, otros —la mayoría me parece— no. Y el corazón me duele, obvio; experimentar rechazo es muy doloroso. He hecho todo lo que se me ha ocurrido en limpia conciencia para restaurar casi todas esas relaciones y en la mayoría de los casos no funciona. Solo hay juicio, que es más doloroso cuando viene desde adentro de la iglesia. Y aún más doloroso cuando no he cometido nada malo o cuando me han infligido un daño igual o mayor que el que en mis errores pudiera haber hecho yo; sin embargo. Pero solo acusan; no perdonan ni piden perdón.

Así que esta es mi conclusión: tenga o no la responsabilidad de los errores, no puedo obligar a otros a que me perdonen o muestren amor y restauración. El amor y el perdón han de entregarse libremente, no pueden ser exigidos. Pero sí puedo perdonar y amar yo en lo que esté al alcance de mis posibilidades. No sé cómo no hacerlo si después voy a llegar de rodillas a los pies de la cruz pidiendo perdón, gracia, amor y restauración para mí. Es difícil perdonar y amar así, claro. Cada vez se me complica más confiar hasta en quienes no me han hecho nada. Pero yo decido mostrar amor y gracia. Si en algún momento no es eso lo que estoy mostrando, oro que el Espíritu Santo me lo revele para poder corregirlo. Mi decisión es amar como Cristo me ha amado.

¿Me voy a equivocar amando? Por supuesto. No soy Dios. Soy un simple mortal lleno de debilidades. Yo, como todos los demás, peco. Pero si peco, me comprometo a pedir perdón; si pecan contra mí, me comprometo a perdonar; y en cualquier caso, me comprometo a buscar la restauración. Si no, no sé cómo podría acercarme a Dios. Y si no puedo acercarme a Dios, no tengo nada.


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