¿Se pierde la salvación?

Es difícil relacionarnos con quienes se creen mejores. Primero, porque nunca van a aceptar que necesitan ser amados y, por lo tanto, no van a recibir nuestro amor; segundo, porque les cuesta amar debido a que en su mundo imaginario nadie les da la talla. Por supuesto, creerse mejor, más, en cualquier sentido es fariseísmo puro y duro, orgullo. El orgullo nos deshumaniza, pues nos impide dar y recibir amor. Y el amor es, sobre todas las cosas, lo que más humanos nos hace. Por eso nadie quiere estar en una relación con una persona orgullosa, porque el orgulloso solo se ama a sí mismo. El orgulloso se aliena y nos aliena.

En medio de tantas cosas complicadas que tiene el sufrimiento, hay una que siempre me ha llamado la atención y me ha tenido perplejo ya por varios años: el sufrimiento mide como nada más nuestra capacidad de amar. Si la distancia se mide en metros y el peso en gramos, la medida del amor es el sufrimiento. Usted se da cuenta de qué tanto ama por la cantidad de sufrimiento que está dispuesto a sobrellevar por el objeto de su amor. De la misma manera se da cuenta de qué tan amado es.

Así, nuestra humanidad nos impulsa a amar y hace necesario que seamos amados. Por ello en el fondo todos anhelamos estar en una relación en la que nos acepten a pesar de nuestros errores y defectos. Semejante nivel de aceptación nos haría sentirnos vivos y libres. Nada nos da más libertad que ser amados a pesar de nosotros mismos; saber que, aunque nos equivoquemos, ahí estará la otra persona para acompañarnos y levantarnos. En medio de una relación de este tipo, el miedo a que mis errores me descalifiquen simplemente no existe, precisamente porque soy tan amado que ningún error me sacaría de ella. Ahora, es obvio que esto hace completamente canalla probar el límite del amor de la otra persona, puesto que requeriría hacerla sufrir innecesariamente solo para satisfacer un capricho de mi egoísmo; quien así actúa no ama.

El caso es que lo único que puede romper esta relación que venimos describiendo no son los errores internos de las partes, sino la decisión libre de cualquiera de ellas para acabar con la relación; es decir, la decisión de no amar más a la otra persona. Por ello no tiene sentido prohibir el divorcio. El divorcio tiene que ser una posibilidad real que ninguno de los dos toma voluntariamente porque ama al otro. El divorcio tiene que existir porque el amor es un decisión del libre albedrío.

El matrimonio es la decisión voluntaria entre dos personas que se aman de mantener su lazo de amor durante todo lo que les reste de vida. Es una relación en la que el uno busca el bienestar y la felicidad del otro. El matrimonio es una relación en la cual cada uno de los dos involucrados decide permanecer en amor para el otro a sabiendas de que este va a cometer equivocaciones, ¡y muchas! Es decir, el matrimonio es una relación en la que ninguno de los dos va a negarle al otro el privilegio del amor, aunque el otro se equivoque, aunque la vida duela.

La Biblia utiliza precisamente el matrimonio como analogía de la relación de los creyentes con Dios. Hay todo un libro de la Biblia —el Cantar de los Cantares— que describe en verso el estado ideal de esta relación apasionada de amor. Por eso les dice Pablo a los efesios que los maridos deben amar a sus esposas así como Cristo amó a su iglesia y se entregó a sí mismo por ella.

Es una analogía realmente profunda. Por ejemplo, hay una relación cercana entre los sacramentos de la ceremonia de bodas y el bautismo. En la ceremonia de bodas se oficializa la unión de la pareja; en el bautismo se oficializa la unión con Dios. También hay una relación cercana entre el disfrute sexual en el matrimonio y la plenitud de gozo y las delicias que se experimentan en la intimidad con Dios.

Ahora, aunque en las relaciones humanas es problemático estar con quien se cree perfecto, en la relación con Dios su perfección no es un problema precisamente porque Él sí es perfecto. Y su perfección nos garantiza en particular la perfección de su amor por nosotros. Dios no solamente ama. Dios es amor. Su esencia es amar, su esencia es amarnos. No podemos hacer nada para que Dios nos ame más o nos ame menos. Por su propia naturaleza ya nos ama y lo hace perfectamente. Esta es la garantía que tenemos de que Él no nos va a abandonar en nuestra relación con Él, así nos equivoquemos, así pequemos. El amor que Dios tiene por nosotros es precisamente el estándar bajo el cual deberían funcionar todas las relaciones humanas. Es su amor lo que lo hace un Dios perdonador. Es el amor lo que debería hacernos a nosotros perdonadores también.

Ahora, así como en la relación matrimonial existe la posibilidad del divorcio, en la relación con Dios también existe la posibilidad de terminar la relación. Pero sabemos que una de las partes no va a claudicar: Dios. Él nos va a amar y va a querer seguir sin importar lo que pase, lo que hagamos. Sin embargo, nosotros sí podemos tomar la decisión de terminar nuestra relación con Él. Así, el divorcio tiene también su análogo en la relación con Dios: la apostasía. La decisión consciente de rechazar su gracia y su amor. Tal vez es esta analogía la que también explica entonces lo terrible que resulta un divorcio.

Una vez Él ha ofrecido su gracia, la decisión de aceptar o rechazar su regalo es potestad nuestra, pertenece a nuestro libre albedrío. La salvación no es otra cosa que pasar a tener comunión con Dios. Si no queremos esa comunión, no somos salvos. Pero si decidimos entrar y permanecer, nada nos va a separar de Él; no hay pecado que pueda romper el lazo que ahora compartimos. Así como las vicisitudes de un buen matrimonio (¡y los buenos matrimonios han pasado muchas pruebas!) no lo van a destruir, mis errores con Dios no van a destruir mi relación con Él. Lo único que pudiera romper esa relación es que yo decida salir de esa relación, que me divorcie de Él, que apostate.

Más aún, en el desproporcionado amor de Dios, ¡Él está dispuesto a aceptar de vuelta al apóstata arrepentido! Esa es la increíble historia del profeta Oseas, que se casó con una prostituta llamada Gómer y que en repetidas ocasiones lo abandonó para irse en pos de sus amantes. También es la historia del hijo pródigo. Y no sé a usted, pero a mí esto me abruma, me trasciende en todos los sentidos; yo no encuentro la forma de entender tanto amor derrochado. Me conmueve hasta las lágrimas. Que aun si yo lo abandono —¡y yo lo abandoné!—, Él me reciba en sus brazos si llego arrepentido de mi apostasía; que aún si lo cambio y lo remplazo por otros ídolos, Él esté dispuesto a recibirme, como Oseas a Gómer, como el padre al hijo pródigo. No lo alcanzo a asir desde ningún punto de vista. Yo he estado en la posición de Dios en situaciones menos graves y no he podido amar más, se me ha acabado el amor. No entiendo cómo puede amar Él tanto, no me alcanza la vida para comprenderlo, solo puedo disfrutarlo. ¡Bendito sea mi Señor y Dios por extenderme sus brazos de amor y aceptarme de vuelta en su regazo! No sé qué sería de mí en otro escenario.

La apostasía es entonces lo que la Biblia llama el pecado imperdonable, la blasfemia contra el Espíritu Santo. Y lo es porque cualquier otro pecado de los hijos de Dios, pasado, presente o futuro, ya fue perdonado en la cruz. La deuda está saldada para nosotros de forma vitalicia si permanecemos en Él. Si decidimos desechar nuestra relación con Dios, menospreciando la sangre de Cristo derramada por amor a nosotros, entonces quedamos por fuera de la relación. Pero en ese caso no perdimos la salvación; más bien, la rechazamos. No obstante, si nos arrepentimos como el hijo pródigo (y nótese que lo que él hizo fue apostatar, pues desechó su relación con su padre pidiéndole incluso su herencia), el Señor en su misericordia nos estará esperando para darnos la bienvenida a su familia una vez más.

Así las cosas, ni el calvinismo ni el arminianismo tienen la razón en su maniquea disputa, que para colmo de males parece entre dos extremos errados. El calvinismo, aparte de representar a un dios injusto y caprichoso que escoge a unos para condenación y a otros para salvación, niega que el hombre tenga responsabilidad en aceptar o rechazar la gracia que se le ofrece. Por otro lado, el arminianismo se la pasa condenando y expulsando de la gracia al creyente por cada pecado cometido, cosa contraria al mensaje neotestamentario.

La salvación ha de entenderse como una relación entre dos personas que libremente han decidido entregarse el uno al otro. Cierto es que la preeminencia la tiene Dios: si no hubiera decidido acercarse, nada que nosotros hiciéramos pudiera habernos llevado a Él. Si Él no se hubiera hincado para ofrecerme el anillo, yo no hubiera tenido la forma de casarme nunca con Él. Pero una vez Él me ofrece ese anillo, el más fino de todos, comprado con el precio de su sangre inocente en el Calvario, es potestad mía recibirlo o rechazarlo. Yo, como la novia a quien se le propone matrimonio, puedo decir «Sí, acepto” o «No, gracias; no me interesa».

Y yo a Él le diría mil veces sí. Nunca más me voy a alejar de Él. Nunca. Él es mi sueño de amor hecho realidad.


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