La duda

Hace pocos días ciertos estafadores me robaron quinientos dólares. Con certeza, la incredulidad me hubiera podido salvar de semejante “tumbada”, como decimos en Colombia… y de semejante oso tan peludo de sentirme —saberme— tan idiota. La incredulidad puede salvarnos, eso es incuestionable. Todos sabemos que la duda puede librarnos de decepciones amorosas, de estafas, de accidentes, etc.

Se nos ha enseñado que dudar es malo, pero no. Dudar puede salvarnos del desastre, incluso puede salvarnos la vida. La duda nos puede salvar del error, como lo explica el filósofo John Mark Reynolds en este bellísimo escrito. Dudar no es malo. La duda es un mecanismo de protección legítimo… por ejemplo, para que no lo tumben, no le duela o no se muera. Por eso dice Alfonso Ropero, quien desde hace casi 20 años inspirara en mí estas ideas, que «dudar es un virtuosísimo acto de prudencia» (p. 21). La duda tiene el poder grande de limpiar lo que estorba, de remover las manchas como un blanqueador.

DUDA Y LIBRE ALBEDRÍO

Más aún, dudar se constituye en un acto del libre albedrío, pues este consiste en la capacidad de decir no; es decir, de no aceptar todas las cosas. William Lane Craig refiriéndose al libre albedrío dice lo siguiente:

La libertad nada más requiere que, dado un conjunto de circunstancias, uno sea capaz en algún sentido de abstenerse de hacer lo que haría.

Del mismo modo, William Dembski escribe:

Un acto del libre albedrío presupone la habilidad controlada racionalmente de actuar de otra manera, de modo que distintos cursos de acción constituyen posibilidades genuinas, opciones reales, no reducibles a fuerzas puramente irracionales.

Y añade de manera definitiva:

El libre albedrío es el poder del no… El libre albedrío se ejerce siempre como un acto de negación.

De modo que, en particular, abstenerse de creer lo que sea es un acto de la libertad, un ejercicio del libre albedrío. Dudar es, por lo tanto, un acto muy humano. Esta es la razón por lo cual tiene sentido 1984, la distopía de Orwell, pues aquella deshumanizante policía del pensamiento era capaz de lavar el cerebro para remover toda duda sobre el Gran Hermano, despojando así a los hombres de su libertad de pensamiento. A la vista de este mundo orwelliano se puede entender mejor a Agustín de Hipona cuando decía que la duda es la libertad misma. Por esta misma razón, para Hegel «el escepticismo es la experiencia efectivamente real de lo que es la libertad del pensamiento», según cita Ropero.

Pero la libertad siempre trae consigo responsabilidad. Y esto precisamente porque el libre albedrío implica que podemos responder a las situaciones; no solo reaccionar a ellas, como en un acto reflejo. Ser responsable es literalmente estar en capacidad de responder. En particular en lo relativo a la creencia, somos responsables de lo que aceptemos y lo que desechemos.

LA DUDA COMO CAMINO A LA CREENCIA

Así, la duda debe ser tan solo el primer paso. Es prudente, en ausencia de más información, suponer que todas las hipótesis tienen el mismo peso (tal manera de pensar es análoga al principio de máxima entropía en la termodinámica y en la teoría de información). En esta instancia, el escepticismo, el agnosticismo, no solamente es natural, sino aconsejable.

Pero es rara la situación en la cual después de haber sopesado las posibilidades, todas terminen con el mismo nivel de incertidumbre que al principio. O, para ponerlo por el lado positivo, es común que, una vez analizadas las opciones, la balanza se termine inclinando a favor de al menos una de ellas, en cuyo caso lo prudente y lo sabio es actuar con base en el nuevo conocimiento que tenemos, desechando las que no salieron favorecidas. Por eso, Julian Marías, discípulo de Ortega y Gasset, decía que el escepticismo consistía en «mirar con cuidado a todos lados, estar atento a toda la realidad circundante, hacerse cargo de las cosas, y entonces seguir adelante».

Sí: es sano, aconsejable, sabio, prudente, mirar la calle antes de cruzar. Pero no: no nos quedamos todo el tiempo parados o no vamos a avanzar. Una vez nos cercioramos de que no vienen carros, cruzamos. No avanzar también es una decisión, tanto como atravesar la calle; una decisión por la cual somos responsables, precisamente en virtud de la libertad que tenemos de optar —o no— por ella.

Entonces la duda se perfila como una excelente herramienta que debería llevarnos al conocimiento y a la creencia (y me atrevería a decir que los dos son formas de epistemología, donde la creencia es una forma sublimada del conocimiento). Por eso decía Aristóteles:

El que quiera instruirse debe primeramente saber dudar, pues la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad.

Antonio Machado decía que «dudar de la propia duda es la única forma de empezar a creer algo» (¡y me fascina que haya sido un poeta quien tuviera la lucidez de decirlo!). He aquí un punto maravilloso, pues la integridad intelectual requiere que dude tanto de mi duda como de aquello que comencé a dudar. No hacerlo sería deshonesto. Por eso dice Ropero que dudar de la propia duda nos deja muy cerca a la creencia.

De este modo, me parece más conveniente postular la duda con cierta implicación pragmática como la pausa momentánea que lleva a la acción y no la pausa permanente que paraliza. Este es para mí el problema fundamental con el agnosticismo como filosofía de vida: o no se ha dado a la tarea de evaluar si Dios existe o no, o le da miedo ser consecuente con el conocimiento o la creencia adquirida, en cualquiera de las dos direcciones.

De hecho, en estricto rigor lógico, la máxima socrática «solo sé que nada sé» es una flagrante contradicción. Si sé que no sé, entonces sé algo. Y si sé algo, entonces sé que sé algo; dos veces. Y si sé que sé algo, entonces sé que sé que sé algo; tres veces. Y así sucesivamente (mi razonamiento es análogo a la construcción de los números naturales en teoría de conjuntos a partir del vacío, que en este caso estaría dado por la contradicción socrática). ¡Termino conociendo un sinfín de cosas! No solamente una, como el solo de la máxima afirma. Para nosotros los humanos es imposible no conocer nada en absoluto. Son las piedras las que no saben que no saben.

Para reforzar este punto, debo añadir que hay además una gran cantidad de conocimiento en la ignorancia, pues como tan bien lo pusiera Chesterton: «No sabemos suficiente sobre lo que no sabemos como para saber que no se puede saber más de ello». Es decir, para decirlo en términos positivos de lo que aquí nos incumbe, que no puedo hacer afirmaciones categóricas sobre lo que no conozco. De nuevo, sé algo.

Nótese que no hay contradicción en Chesterton, como sí la hay en Sócrates. Chesterton dice: «Sé que no sé algo»; Sócrates dice: «Sé que no sé nada». En conclusión, la completa ignorancia socrática es insostenible. Más aún, la realidad es que en la mayoría de asuntos particulares algo se puede conocer, como lo deja claro Chesterton.

EL PASO A LA CREENCIA

Ahora, si la duda puede librarnos de la muerte, es menester también añadir que solo la fe puede darnos vida. La duda puede funcionar como un blanqueador, pero solo la fe da color a la existencia.

La posibilidad de creación, de creatividad, de generar belleza solo es posible en la presencia de la creencia. Miguel Ángel debía tener fe en que podía sacar su David del mármol o no hubiera comenzado a esculpir; para ponerlo en sus palabras, debía remover de la piedra todo lo que no era David. Es decir, Miguel Ángel debió creer primero: tener la convicción de lo que no veía, llamar al David que no era como si fuese, sostenerse como viendo oculto en la piedra al aún invisible David para poder hacer su magnífica escultura. Si Miguel Ángel se detiene en lo que podían ver sus ojos —el bloque de mármol—, nos hubiéramos quedado sin una de las manifestaciones de creatividad humana más egregias.

Quizás en ninguna parte es más notorio esto que en el amor. Amar requiere creer. Es imposible amar sin creer. El amor todo lo cree. Quien duda, no puede amar. Reynolds dice lo siguiente:

Con el escéptico extremo la situación es diferente. En lugar de creer todo lo que pudiera, él prueba, sopesa y duda al punto de perder la oportunidad. Prefiere perder el amor que ser engañado alguna vez. Piensa: «Mejor no haber amado nunca a un perdedor que haber cometido un error y haber perdido».

Es triste.

Así, el escepticismo es cobardía, como dijimos antes. Y la fe es entonces de valientes. Solo los valientes experimentan el amor. Y nada, ni siquiera la libertad de pensamiento, nos hace más humanos que el amor, nada llena la vida más de sentido, de propósito.

Nunca vamos a tener completa certeza de nada. Pero la duda puede terminar destruyendo todo lo que vale la pena. Si yo le entrego un anillo a la mujer de mis sueños y ella en sus dudas cree que no es de oro lo puede llevar a cierto orfebre para que pruebe si verdaderamente lo es. El orfebre a la larga no puede probar si es de oro, solo si contiene oro, para lo cual deberá remover una parte del anillo y ver si no es imitación. Y entre más persista la duda, más pedazos tendrá que arrancarle al anillo; al fin y al cabo, puede ser que justo el pedacito que revisó el orfebre fuera de oro pero el resto no, de modo que para estar seguros sería mejor remover otro pedazo. Así, la duda de ella desde el mismo comienzo va corrompiendo el regalo, mi acto de gracia, y puede llegar a arruinarlo por completo.

¿Qué puedo yo decir? Escojo creer que soy amado, sobre todos los demás y todo lo demás, por Dios. Esa creencia me ha cambiado la vida para bien. Mi vida está llena de significado desde que acepté no solamente que Dios existe (porque, racionalmente, todo me indica que el Dios cristiano es real), sino que me ama. Mis días se llenaron de color, de luz, de vida. Estoy lejísimos de ser perfecto —¡y no me importa serlo!— pero, como resultado de ese amor, soy mejor persona. Y no soy mejor porque el cristianismo me pida ser bueno. No lo hace; de hecho, todo el punto del cristianismo radica en mi completa incapacidad de serlo. Soy mejor persona porque Él es bueno y me ama. ¿Me entiende lo que le digo? ¡Es bueno y me ama! ¡A mí, que no soy bueno, el Dios que creó el cielo y la tierra, y que sí es bueno, me ama! No me cabe en la cabeza, pero Él me dice que me ama, y yo decidí creerle que sí. Para probarme que de tal manera era amado, Dios dio por mí a su único Hijo —Cristo, que sí era bueno—, para que creyera en Él y junto a Él tuviera vida. Su Hijo es el anillo de valor incalculable que Dios me regaló. Su vida perfecta por la mía imperfecta.

La transformación en mí es la respuesta a creer en su amor. Decido amar porque Él me amó primero. Lo amo a Él y doy —o procuro dar— a los demás el amor que de Él primero recibí. Me da mucho miedo hacerlo, ¡amar duele mucho!, pero mi decisión de fe es amar. Dar un poquito del amor que recibí puede cambiar a una persona y de paso me cambia a mí, porque cuando amo estoy reflejando a Dios, estoy siendo todo lo que fui creado para ser y, por lo tanto, para hacer. Y si mi amor puede cambiarle la vida a una sola persona, entonces la mía ya valió la pena; ya cambié el mundo.

¿Y usted, amigo lector, decide creer? ¿Decide vivir? ¿Decide amar?


One response to “La duda

  1. He escogido creer que soy amado a pesar de todo lo que soy y de todo lo que no soy. Y Cristo, quien es todo lo que no soy, me ha entregado todo lo que El es.
    Gracias querido Daniel. Me encantó la reflexión.
    Abrazos.

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