Eternidad

La eternidad no puede estar dada en términos de tiempo, porque el tiempo comenzó a existir con este universo finito. De modo que si limitamos definimos la eternidad en términos de tiempo, al decir que Dios es eterno tendríamos que darle un inicio y, con el correr de los segundos, aquello que llamamos Dios no lo sería, sino que estaría llegando a serlo, como en la tan cuestionable «teología del proceso». La eternidad debe ser otra cosa. Sostengo que eternidad es la plenitud que se vive en una relación de amor. Por eso Dios necesita ser Trino para ser eterno: la eternidad de cada Persona de la Trinidad se encontraría en la relación perfecta de amor —dado y recibido— que tiene con las otras dos.

Así también, la eternidad que anhelamos, aquella que Dios puso en nuestro corazón, ha de ser la de una relación íntima con Él. De esta manera, nada más, nadie más, puede satisfacer dicho anhelo, sino Aquel que puede amar perfectamente. Solo Él.

Pero mientras llegamos allá, entre mejores sean nuestras relaciones de amor acá, más nos aproximaremos a la plenitud en este mundo. Quizás no sean perfectas, pero no por ello serán malas o poco deseables. Lo finito solo es pequeño con relación a lo infinito. En tal sentido, ninguna relación humana, por más amor, se puede asemejar a la relación con Dios, a la relación allá con Dios. Pero lo finito puede ser muy grande, ¡mucho!, con relación a otras cosas finitas, luego entre más nos acerquemos a la plenitud en nuestras relaciones de amor aquí, más nos aproximaremos a la eternidad, en un límite que solo va a converger allá eternamente con Él.

Mientras tanto, amamos acá. Regalamos eternidad. Regalamos la eternidad que Dios ha puesto en nosotros a quien tenemos cerca acá (prójimo = próximo). No solo con la esperanza de que cada uno experimente allá la eternidad de su amor, sino con la de que nuestros mutuos amores acá serán potenciados allá y, en Él, también ellos harán eternos.

Cuando Salomón por fin construyó el templo de Jerusalén, en la oración de dedicación le dijo a Dios que entendía que un lugar físico no podía contenerlo, pues si lo contuviera, Dios no sería Dios. El templo no podía ser la casa de Dios. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento hay cambios radicales en la comprensión de Dios. Uno de esos es que el templo físico pierde toda importancia. Es más, una de las más fuertes vindicaciones históricas de que Cristo era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue que poco después de su muerte, en su misma generación, los sacrificios cesaron porque el templo fue destruido, tal como lo había profetizado Daniel. Cuando Cristo muere, el velo del templo, el que separa el lugar santo, del Lugar Santísimo, se rasga de arriba a abajo, indicando que fue el mismo Dios quien así lo hizo y que la presencia de Dios estaba disponible para todos.

El Lugar Santísimo era la parte más sagrada del templo. Según la ley judía, solo el sumo sacerdote podía entrar en este lugar una vez al año para ofrecer sacrificio por los pecados del pueblo. El nombre del lugar no es aleatorio: se suponía que allí, en el Lugar Santísimo, habitaba la presencia misma de Dios. El punto es que al atrio del templo (el patio) solo podían entrar los judíos, no los extranjeros; al edificio como tal, solo los levitas; al lugar santo, solo los sacerdotes; y al Lugar Santísimo, solo el sumo sacerdote, y esto una vez al año. Había una estratificación religiosa. Que el velo que separaba el Lugar Santísimo del lugar santo se rasgara de arriba a abajo, implicaba que ya no había separación entre Dios y la humanidad. La presencia de Dios estaba disponible para todos.

Salomón también escribió que Dios había puesto eternidad en el corazón del hombre. Era imposible que Dios pudiera habitar en una edificación material. Pero en el corazón del hombre hay eternidad, luego el corazón del hombre está hecho para albergar a Dios. El Nuevo Testamento enseña que ya no es una edificación la casa de Dios; las casas de Dios somos los creyentes, en quienes su Espíritu ha entrado a morar. Nosotros somos los templos del Espíritu Santo en la Tierra. Por eso es tan increíblemente equivocada la enseñanza de que una edificación es la casa de Dios. Que seamos la casa del Espíritu quiere decir que tenemos acceso a la presencia de Dios en todo momento, no necesitamos ir a ningún lugar para tener comunión con Él, ni que otra persona aparte de Cristo sirva de mediador entre Él y nosotros. Ciertamente no un pastor ni un sacerdote; nadie, sino Cristo. Los líderes que enseñan que el «templo» físico es la casa de Dios o no han entendido el eje del mensaje bíblico o quieren manipular a sus seguidores… o las dos.


One response to “Eternidad

  1. …“Mientras tanto, amamos acá. Regalamos eternidad. Regalamos la eternidad que Dios ha puesto en nosotros a quien tenemos cerca acá (prójimo = próximo). No solo con la esperanza de que cada uno experimente allá la eternidad de su amor, sino con la de que nuestros mutuos amores acá serán potenciados allá y, en Él, también ellos harán eternos”
    ¡Sin comentarios!
    Agradecemos a Dios por turbar las fibras de nuestras almas con cada uno de tus escritos.
    Gracias Daniel Andrés Díaz

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