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La paradoja hispana

El lenguaje es fascinante. Nos moldea y somos moldeados por él. No solo es una forma de comunicación, sino que en sí determina una cosmovisión. Cierto idioma nos permite ver cosas difícilmente discernibles en otro y nos limita de manera que otros no lo harían.

Por ejemplo, se suele llamar «paradoja hispana» al sorprendente hecho de que los hispanos de primera generación en Estados Unidos solemos ser más longevos que los blancos, a pesar de las obvias diferencias socioeconómicas (menor nivel de educación, menores ingresos y peor acceso a la salud, en comparación con los blancos). El hecho ha solido atribuirse a menores tasas de tabaquismo, pero esta explicación no solo peca por reduccionista, sino que es anatema por simplona y aburrida.

María Magdalena Llabre, directora asociada del Departamento de Psicología de la Universidad de Miami, tiene una hipótesis diferente. Llabre sugiere que hay aspectos culturales, sobre todo del lenguaje, que tienen cierto efecto psicosomático. Por ejemplo, el verbo inglés to be significa ‘ser’ y ‘estar’, y puesto que en el inglés no hay diferencia entre los dos significados, una expresión como I am sick traduce no solamente ‘estoy enfermo’, sino ‘soy enfermo’. En español captamos la diferencia claramente: la primera es temporal, la segunda es hipocondría.

Una buena forma de testear la hipótesis de Llabre sería evaluar la longevidad en hispanos de segunda generación, dividiéndolos entre quienes mantuvieron el español y los que lo perdieron. Obviamente, más allá de la lengua, hay otros factores de la cultura a tener en cuenta, como nuestras dinámicas familiares y sociales, tan marcadamente diferentes de las típicas gringas. Pero me parece seguro decir que tales factores están altamente correlacionados con el idioma. O, en buen espanglish, que el idioma es un proxy de la cultura.

En este sentido es notorio cómo los hispanos de segunda generación, mucho más inmersos en la cultura estadounidense que sus padres, viven cierta transformación que está intrínsecamente ligada al idioma. Por ejemplo, cuando los cubanos de segunda generación que han alcanzado las clases altas de Miami interactúan en inglés, incluso entre ellos, su tono de su voz es suave, quedo, y su postura corporal más compuesta. No obstante, cuando repentinamente cambian a español, como buenos costeños, no solo suben tono y volumen, sino que manotean más, se ríen más (y más fuerte) y, en general, su lenguaje corporal se hace más relajado. Este fenómeno es divertidísimo y curiosísimo para el observador externo; parece una teletransportación permanente entre Coral Gables y Hialeah.

Más aún, cuando me he adentrado en conversaciones profundas y personales con hispanos de segunda generación, me he dado cuenta de que hasta las preocupaciones y la percepción de los problemas varían con el idioma. Es decir, con los cambios de idioma, incluso los instantáneos, viene un cambio en la cultura, una forma diferente de vivir y de entender la vida. Por cierto, el efecto de la cultura lo vio Valdano en el fútbol hace tres décadas:

El fútbol es cultura porque responde siempre a una determinada forma de ser… el fútbol se termina pareciendo al sitio donde crece. Los alemanes juegan con disciplina y eficacia; cualquier equipo brasileño tiene la creatividad y el ritmo de su tierra; cuando apostaron por otro orden fracasaron, porque si bien los jugadores aceptan la imposición, no lo sienten. Argentina tiene un exceso de exhibicionismo individual y una carencia de respuesta colectiva así en la cancha como en la vida. Si esas fronteras se van haciendo difusas es porque el fútbol, además de parecerse al lugar donde se juega, no escapa a su tiempo, y ésta es época de uniformización. La selección española no tiene un estilo propio, quizá por las diversas identidades que hacen a sus autonomías y que tienen en el fútbol su correspondencia.

El País, 11 de julio de 1994.

Se vive como se habla. Y se habla —y se juega fútbol— como se vive. La de Llabre es entonces una explicación muchísimo más interesante y coherente de la paradoja hispana. Más aún, la paradoja hispana nos tendría que hacer pensar en los grandes beneficios de nuestra cultura, sobre todo comparada con aspectos poco favorables de la cultura gringa, como el individualismo y la vida para el trabajo, con su consecuente monotonía. Por supuesto, nuestra cultura natal tiene cosas poco deseables, las que nos trajeron a este país en primera instancia, pero también en esto es posible examinar las dos culturas y retener lo bueno de cada una de ellas.

Dizque tabaquismo…

Sobre democracia, cristianismo y voto

Debido a que ya parece ser un hecho que los candidatos a la presidencia de Estados Unidos serán Donald Trump y Hillary Clinton, reencauché una entrada no tan vieja en la cual explicaba por qué el voto utilitarista es una muy mala idea desde la perspectiva ética, tomando el caso de las últimas elecciones presidenciales en Colombia en las cuales las únicas dos opciones disponibles eran pésimas. Esta entrada continúa la idea y defiende la idea del voto en blanco o el no voto en ciertos casos.

Hay una razón por la cual el voto no es obligatorio en la mayoría de países del mundo (excepto doce, Corea del Norte inclusive): la obligación política a la libertad política es una obvia contradicción. Más bien, como con todos los otros derechos, el voto ha de ejercerse responsablemente. Ello implica que cualquier decisión que se tome al respecto debe ponderarse cuidadosamente pues, paradójicamente, son los derechos los que necesitan responsabilidad en su ejercicio, no los deberes.

Supongamos que existe un país llamado Rusimania donde las únicas dos opciones de voto son Hitler y Stalin y ninguno de los dos oculta en época electoral sus intenciones de ser como fueron en la historia. Me parece que elegir a cualquiera de los dos porque el ciudadano tiene el supuesto deber social de hacerlo es validar sus ideas y sus actos. Entendiendo que en un caso como este la persona responsable no debería votar por ninguno, la pregunta interesante es ¿dónde pone cada quien el límite?

Ahora, si en las opciones de voto hubiese al menos un candidato que de verdad valiera la pena, sería totalmente irresponsable no votar dado que se esté en capacidad de hacerlo. Pero no fue tal el caso de las últimas elecciones en Colombia y no lo es en las actuales de Estados Unidos.

Creo que nuestra sociedad tiene idealizada la democracia como el sistema de gobierno óptimo de una sociedad. No obstante, como dijera Churchill, la democracia es solo «el peor sistema de gobierno que conocemos, con la excepción de todos los demás» (los matemáticos dirían que a lo sumo es un máximo local, no global).

Desde una cosmovisión cristiana, el problema de entender la democracia como «la versión laica del protestantismo», en las palabras del ex-presidente colombiano Alfonso López Michelsen (que no era protestante), es que genera en el ciudadano cristiano un sentido de obligación religiosa al voto que no debe existir, independientemente de los candidatos. Nuestra obligación inobjetable es orar por las autoridades y respetarlas, no votar por ellas. El Estado Jireh es el dios de quienes no tienen Dios, dada la obvia ausencia de una entidad superior. Pero los cristianos, aunque entendemos que Dios puede usar a los gobernantes, como en efecto ocurre, tenemos estándares más altos.

Para ver el voto como un deber del creyente, los candidatos también deben comportarse conforme a la ética cristiana. Roto ese eslabón, el ciudadano cristiano se libera de la obligación moral al voto. John Adams dijo lo siguiente durante la fundación de Estados Unidos: «Nuestra Constitución se hizo para un pueblo religioso y moral, pero es totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro pueblo». La democracia posee la misma característica de la Constitución de Estados Unidos a la cual aludió Adams que, considero, es la principal razón por la cual poco funciona en Oriente Medio y tiende a funcionar mejor en países de tradición judeo-cristiana, principalmente protestantes: la democracia se hizo para un pueblo religioso y moral. Removidas tales características, la democracia pierde  fuerza y en muy poco se diferencia de cualquier otro sistema de gobierno.