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Legado

C. R. Rao es un estadístico muy famoso, tiene más de cien años, es perfectamente lúcido y, como no es ningún tonto, sabe que su paso por este mundo está a punto de terminar.

Tiene muchísimos logros muy impresionantes. Fue un estudiante aventajado y tuvo la buena suerte de estar en el lugar y el momento correctos cuando la estadística estaba naciendo. En sus años de estudiante, fue discípulo de Ronald Fisher, el padre de la estadística moderna; más adelante, él mismo se convertiría en mentor de varios matemáticos excelentes. Desarrolló y probó resultados importantes, muchos de los cuales llevan su nombre y son usados por millones de personas en casi todas las demás ramas del conocimiento. Pocos entre nosotros podríamos decir que hemos logrado tanto. Sin embargo, ahora que está cerca del final, le preocupa que, una vez abandone esta vida, sus logros y su obra queden en el olvido.

No lo puedo culpar. Yo lo entiendo.

En efecto, a la mayoría de nosotros nadie nos recordará unas tres generaciones después de que vivamos. Pocos, como nuestro estadístico famoso, escaparán al anonimato más allá de este punto. Y entre esos pocos, solo un puñado serán recordados por todas las generaciones futuras. Más aún, nuestro planeta, nuestro sistema solar y nuestra galaxia van todos a colapsar en algún momento; incluso nuestro universo morirá de frío en un estado de máxima entropía, según la segunda ley de la termodinámica, si es que vivimos en un sistema cerrado. Por lo tanto, si no hay nada más en la vida que esta vida, todos caeremos en el olvido. Sin importar cuánto bien (¡o mal!) hayamos hecho, todo quedará en el olvido. Y, peor todavía, nada de lo que hayamos hecho va a importar. Nada. Absolutamente nada.

Eclesiastés, el libro del Antiguo Testamento, descubrió esta realidad hace miles de años; hace menos de cien, el existencialismo ateo la redescubrió también. Los humanos, finitos como somos, pero con anhelos de eternidad, necesitamos algo que sobrepase a la muerte o la muerte se apoderará de nosotros. Si no hay nada más en la vida que este mundo, no tenemos esperanza.

Ahora, podemos creer en la filosofía de que no hay nada más allá, y si somos lo suficientemente coherentes, abrazar el sinsentido que viene con ello. O podemos aceptar nuestros instintos de trascendencia, de eternidad, y creer que hay algo más, que no vivimos en un universo cerrado y que hay una realidad mayor más allá de este mundo. Hay que admitirlo, cualquiera de las dos opciones ha de aceptarse por fe. Pero como dijo C. S. Lewis, dado que todos nuestros anhelos humanos pueden satisfacerse, si descubrimos que tenemos deseos que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo. Así que el anhelo de eternidad traiciona a quienes niegan que exista una realidad mayor y que esta dé sentido a nuestras vidas.

Entonces, si este mundo ha de importar, es condición necesaria que exista un Dios que nos hiciera a su imagen, lo cual a su vez explicaría nuestro anhelo de eternidad. No obstante, si hay un Dios más allá de nuestro universo, no podemos alcanzarlo (por la misma razón que no podemos probar la existencia de un multiverso) a menos que Él se acerque y nos lleve con Él. Aquello que es finito nunca puede alcanzar lo infinito, pero es sencillo para lo infinito alcanzar lo finito sin perder su infinitud.

¡La buena noticia es que es esto exactamente lo que hizo Jesucristo! Él, teniendo forma de Dios, se hizo como uno de nosotros y pagó por nuestras vidas con la suya, para que pudiéramos vivir con Dios en la eternidad. Aquel que es Infinito se hizo finito para llevarnos a quienes somos finitos a lo infinito con Él.

La vida no tiene sentido si no hay Dios. Y, si hay un Dios, perfecto como es, nosotros, que somos imperfectos, no podemos alcanzarlo a menos que Él se acerque primero. Por esta razón el cristianismo tiene tanto sentido. Por esta razón Cristo es el único camino hacia Dios. Si Dios, nuestra existencia importa. Y si Jesucristo, importamos infinitamente en un sentido personal, existencial, como sugieren nuestros instintos.

Como nada podemos hacer para alcanzarlo, nuestra única opción es recibir por fe lo que Él hizo por nosotros. Eso es todo. Tan solo creer. Creer en nuestro corazón que Él es el Hijo de Dios, que vino a dar su vida por nosotros, pero fue levantado de entre los muertos para llevarnos al Padre. Nada más se requiere; sin embargo, se ofrece todo.

Particularismo cristiano

El cristianismo es bien diferente a todas las demás religiones. Esa es quizás la mayor motivación detrás del comentario usual según el cual «el cristianismo no es una religión, sino un estilo de vida». La explicación con que suele continuar la anterior afirmación es que en la religión el hombre busca acercarse a Dios, pero en el cristianismo es Dios mismo quien se acerca al hombre. Y es cierto, así es.

El cristianismo es la religión más patas arriba que existe porque me dice que no tengo que hacer nada, excepto creerle que ya todo lo hizo Él por mí. Todo. Lo único que yo tengo que hacer es creerle y entonces disfrutar lo que Él ya me regaló.

Es mi opinión que, en cuanto a planteamiento, el cristianismo es el único sistema coherente en el mercado de las ideas: si el Sumo Bien existe, ningún ser humano va a ser capaz de alcanzarlo por sí mismo. A pesar de que muchos se engañen, la verdad es que el Sumo Bien está fuera de nuestro alcance humano porque no somos tan buenos; mejor dicho, sin tanno somos buenos.

La gente suele decir que es buena porque no le hace mal a nadie. Aparte de que me resulta muy difícil tragarme ese sapo (no creo que exista alguien que no le haya hecho mal a nadie), la verdad es que, en estricta rigurosidad, la proposición «no le hago mal a nadie, luego soy bueno» no se sigue. De no hacer el mal lo único que podría deducirse —¡y eso asumiendo cierto pragmatismo moral!— es que uno no es malo; no que es bueno. Así que no solo es una afirmación de dudosa rigurosidad conceptual, sino imposible de creer en la práctica.

La realidad es que no somos buenos y, como no lo somos, pues no podemos alcanzar el Sumo Bien por nuestra propia cuenta. ¡Estamos tan separados del Sumo Bien como cualquier número lo está del infinito! (El infinito, por cierto, no es un número). Esto nos deja en un dilema terrible, porque si el sumo bien existe, por supuesto que querríamos y deberíamos estar allí, pero no tenemos cómo alcanzarlo. C. S. Lewis lo pone en estos términos en Mero cristianismo:

Este es el terrible dilema en el que nos hallamos. Si el universo no está gobernado por una bondad absoluta todos nuestros esfuerzos, a la larga, son inútiles. Pero si lo está, entonces nos estamos enemistando todos los días con esa bondad, y no es nada probable que mañana lo hagamos mejor, de modo que, nuevamente, nuestro caso es desesperado. No podemos estar sin ella ni podemos estar con ella.

He ahí la falla de todas las religiones: no se trata de hacer y hacer cosas para ver si al final en promedio soy mejor que peor, porque el promedio es por definición mediocre. Y mediocre en términos de moral es realmente malo (piense qué pasaría si en su próxima entrevista de trabajo usted tuviera la franqueza de decir: «Me considero moralmente mediocre»). En términos de moral, todo lo que caiga por debajo del perfecto estándar de bondad, por definición, no es bueno. La calificación definitiva en moral viene dada en dos posibilidades: o todo lo hago perfecto y mi calificación definitiva es 100, u obtengo un redondo y regordete 0 si en alguna cosa, por pequeña que fuera, me equivoqué. Porque si falto a un punto de la ley moral, ya falté a toda la ley. Seamos honestos, nuestra conciencia lo sabe, nuestra almohada y nuestro pasado atestiguan contra nosotros. Así las cosas, no importa qué hagamos, nunca vamos a dar la talla. Infinito menos cualquier número es infinito. La religión es un fracaso desde su concepción.

Sobre la particularidad del cristianismo

Cristo, por el contrario, plantea que solo por medio de Él es posible alcanzar el cielo, que Él es la verdad y la fuente de vida. Por eso nos tachan a los cristianos de discriminadores. ¡Cómo así que solo hay un camino! ¡Cómo así que solo hay una verdad! ¡Cómo así que solo Él es vida! ¡Es el colmo!

Pero esta objeción es problemática al menos en un par niveles: Primero, toda afirmación de verdad es, por definición excluyente:  2 + 2 = 4 excluye todas las demás posibilidades, que son infinitas no contables; ese solo hecho produce que todo el que diga cualquier otra cosa diferente a 2 + 2 = 4 está equivocado. Yo no discrimino; más bien, el error excluye de la verdad. Segundo, bajo el mismo criterio, quien afirme que todas las opciones son verdaderas, termina discriminando a quien piense que no todas lo son, con lo cual la crítica se cae por reducción al absurdo.

Las religiones, los sistemas filosóficos y las cosmovisiones suelen afirmar proposiciones enfrentadas, de manera que terminan excluyendo casi todas las demás posibilidades. Por ejemplo, el budismo surge en completa oposición al hinduísmo, luego las dos se contradicen (motivo de cruentas guerras por muchos siglos); el judaísmo dice que solo la práctica de sus incumplibles e insufribles leyes da vida (Lv. 18:5; como también lo reconoce Pablo en Ro. 10:4-5 y Gá. 3:12, y el mismísimo profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento: Ez. 20:25) y basa su justicia en la herencia de sangre, con lo cual excluye a todo el que no es judío; el islamismo llama a la muerte de todos los infieles que no practiquen el islam; el politeísmo excluye al monoteísmo y viceversa; el neoateísmo es soberbio, grotesco y discrimina a todo el que sea teísta, en particular al cristianismo, al cual ataca con saña; las religiones politeístas, con sus dioses inmanentes, excluyen las monoteístas, cuyas divinidades son trascendentes; el hedonismo y el estoicismo se oponen entre sí. Y para terminar, la posición que afirma que todas las opciones existentes están erradas es en sí misma una cosmovisión que se presenta en franca contención con… todas las demás opciones existentes.   

Está en la naturaleza de toda afirmación —religiosa o no— excluir cosas, si es que con ella realmente se está informando algo. De hecho, en la construcción matemática de la teoría de información un evento informa más que otro en tanto excluya más posibilidades (entre más improbable un evento, mucho más informa, y viceversa). De otra parte, la palabra intelecto proviene de las dos raíces latinas inter y legos; es decir, escoger entre [opciones]. Es apenas natural que uno espere que una persona inteligente informe, que cuando diga algo deseche opciones. Más aún, aquella raíz latina legos proviene a su vez de una raíz indoeuropea de la cual también se deriva la palabra griega logos, que significa conocimiento o saber. Al final de cuentas, es imposible construir conocimiento, saber e instruir, sin excluir opciones.

Resulta entonces insostenible que una proposición cualquiera sea falsa solo porque excluya otras proposiciones. Las ideas se sostienen o se caen por el peso de sus ideas; por lo que excluyan, no porque excluyan. En particular, es insostenible que el cristianismo sea falso porque afirme que solo hay un camino al Sumo Bien: que Dios se acerque a nosotros, porque nosotros no podemos acercarnos a Él. Más bien, parece bastante obvia la carencia de las demás religiones cuando afirman que estamos en capacidad de alcanzar la excelencia moral por nuestra propia cuenta, porque un análisis de muy pocos segundos de nuestro pasado nos revelará a cada uno que hace tiempos nos quedamos cortos de ese estándar.

La verdad del cristianismo

Ahora, la falsedad de las otras religiones no hace verdadero al cristianismo porque se oponga a ellas, pero sí hace su mensaje internamente consistente. Necesitamos la ayuda de Dios para alcanzar a Dios. Necesitamos que quien satisfaga el estándar sirva de puente entre la tierra y el cielo, entre los humanos y Dios. Pero por definición quien satisfaga el estándar de perfección moral, quien alcance el Sumo Bien, tiene que ser Dios mismo. ¡Esa exactamente era la afirmación de Cristo sobre sí mismo!

La realidad es que el único castigo justo por mi incompetencia moral (es decir, mi pecado) es la muerte: si Dios es por definición Vida y Sumo Bien, pues no alcanzar el Sumo Bien significa no alcanzar la Vida. O sea, mi incompetencia moral significa la muerte; la paga del pecado es muerte. Sin muerte, no se sirve la justicia. Si no se sirve la justicia, Dios sería injusto, luego no sería Dios. Por eso no se equivocaban las religiones antiguas al ofrecer sacrificios (o algo o alguien pagaba por ellos o pagaban ellos). Se equivocaban en lo que sacrificaban —por naturaleza imperfecto—, mas no en sacrificar. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Si no he de pagar yo, alguien como yo pero sin mis errores tiene que pagar. Por lo tanto, el único sacrificio válido por mi pecado debe ser humano como yo, pero perfecto y por ende también divino.

Ese es Cristo. ¿Cómo lo probó? Con su resurrección. Su resurrección no es solo un milagro físico con amplia documentación histórica (tema sobre el cual se puede decir mucho, pero no es el objeto de este escrito), sino la demostración de que Dios Padre aceptó el sacrificio: fue perfecto y por lo tanto, en cuanto humano, no merecía quedarse muerto; y en cuanto divino, no podía quedarse muerto. por lo cual el Espíritu Santo lo resucitó. La Trinidad completa obra en toda su capacidad en el momento cumbre de la historia: la Segunda Persona encarnada se ofreció en sacrificio por los pecados de los humanos y la Primera Persona aceptó el sacrificio, por lo cual la Tercera Persona la resucitó.  

El cristianismo parece entonces una locura, debemos conceder eso. Pero que parezca locura no lo hace falso y menos inconsistente. La verdad es que la única opción de subir al cielo es es que el cielo baje primero a la tierra y nos suba con él. Por lo tanto, si el cristianismo no es cierto, solo queda desesperanza. Al fin y al cabo, ya sabemos que las otras religiones son falsas. De modo que si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.

Pero si Cristo resucitó, significa que Él es quien dijo ser y que sus palabras son verdaderas. La esperanza de la humanidad pende de una cruz y una tumba vacía (una introducción a la evidencia histórica de la resurrección de Cristo puede encontrarse acá). Él pagó por mis pecados para que yo tenga acceso al Sumo Bien, a la Vida, a la presencia de Dios. Lo único que tengo que hacer para estar en comunión con Él es aceptar el regalo que me hizo. Mi parte es pasiva: aceptar su regalo. Tengo comunión con Dios por lo que Cristo hizo por mí, no por nada que yo haya hecho o llegue a hacer. 

 

 

Smerdiakov y el pecado

En Los hermanos Karamazov, Feodor Dostoievsky narra que un soldado ruso cayó capturado en algún país asiático; allí mediante torturas buscaron hacerle cambiar su fe cristiana y convertirlo al islamismo, pero él no renunció y resistió hasta la muerte. El acontecimiento fue real, pues Dostoievsky comentó la noticia en su diario y de allí la incorporó a la novela. Aparte de la encomiable valentía del soldado, me llama la atención el giro teológico que le da el ruso al asunto.

Smerdiakov es un sirviente de Fiodor Pavlovitch —el inescrupuloso patriarca de la familia Karamazov— y posiblemente un hijo no reconocido suyo. Es en boca de Smerdiakov que Dostoievsky plantea su argumento:

Si caigo en poder de unos hombres que torturan a los cristianos y se me exige que maldiga el nombre de Dios y reniegue de mi bautismo, mi razón me autoriza plenamente a hacerlo, pues no puede haber en ello ningún pecado.

Y más adelante explica su postura:

Cuando contesto a la pregunta de los verdugos diciendo que ya no soy cristiano, yo no miento, pues ya estoy «descristianizado» por el mismo Dios, que me ha excomulgado apenas he pensado decir que no soy cristiano. Por lo tanto, ¿con qué derecho se me pedirán cuentas en el otro mundo como cristiano, por haber abjurado de Cristo, si en el momento de abjurar ya no era cristiano? Si no soy cristiano, no puedo abjurar de Cristo, puesto que ya lo he hecho anteriormente. ¿Quién, incluso desde el cielo, puede reprochar a un pagano no haber nacido cristiano a intentar castigarlo? ¿No dice el proverbio que no se puede desollar dos veces el mismo toro? Si el Todopoderoso pide cuentas a un pagano a su muerte, supongo que, ya que no lo puede absolver del todo, lo castigará ligeramente, pues no sé cómo puede acusarle de ser pagano habiendo nacido de padres paganos. ¿Puede el Señor coger a un pagano y obligarle a ser cristiano aunque no lo sienta? Esto sería contrario a la verdad que el que reina sobre los cielos y la tierra diga la mentira más insignificante [énfasis añadido].

¿Tiene razón Smerdiakov? No lo creo. Uno de los errores más comunes es pensar que las malas acciones son en sí mismas pecados. No es así. Las acciones no son el pecado, sino la consumación del pecado. El apóstol Santiago, hermano de Jesús, lo explica con toda claridad en su carta:

Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte (Stg. 1:14-15).

Es decir, el pecado se consuma, se completa, una vez se ejecuta la acción pecaminosa. Pero en realidad, el pecado ya había nacido, y esto antes de ejecutar la acción que lo revela. El deseo nos tienta y el corazón, dejándose llevar por el deseo, toma la decisión de actuar conforme a este. Es ahí cuando nace el pecado, es decir, cuando comienza a existir. El pecado no comienza a existir con la acción, sino con la intención del corazón.

Esto hace entendibles las palabras de Cristo en cuanto a que es posible no haber adulterado físicamente con nadie y haber cometido adulterio toda la vida al codiciar en el corazón a quien no es la esposa. El acto físico no es el pecado en sí mismo, sino la consumación del pecado que ya había comenzado a existir en el corazón. Y, por supuesto, las palabras de Jesús son extensivas a todo pecado, no solo al adulterio.

El estándar del Nuevo Testamento hace explícito lo que en el Antiguo era implícito en medio de tanta ley: antes que en las acciones (posibles de disimular con apariencia de piedad), el pecado está en el corazón que determina el curso de ellas. El mismo Moisés lo entendió así cuando, después de haber dado toda la ley, dijo a los israelitas que se circuncidaran el prepucio pero del corazón  (Dt. 10:16). La circuncisión era la señal del pacto mosaico, y como tal debía apuntar a algo más profundo. La circuncisión simboliza la forma en que debemos llegar a Dios, destapando lo más íntimo de nuestro ser, nuestro corazón. El punto, hecho evidente por Cristo y aún negado hoy por los judíos, es que lo importante es el corazón que determina las acciones y no las solas acciones.

Así las cosas, podemos evaluar las palabras de Smerdiakov a la luz de la real enseñanza cristiana: si él en los zapatos del soldado que murió por su fe hubiera apostatado de la suya, no hubiera quedado exento de pecado porque su acción fuera coherente con la actitud de su corazón, sino condenado porque sus mismos actos revelaban la intención real que había en lo íntimo de su ser. El corazón de Smerdiakov era liviano en su creencia y cobarde. Son estas dos cosas las que subyacen su acción apóstata. Smerdiakov se amaba a sí mismo más que a Dios.

Cuando juzgamos las acciones como buenas o malas, en el fondo queremos decir que la motivación que nos llevó a ejecutarlas era buena o mala, según sea el caso. No es lo mismo dejar caer inocentemente una piedra desde un lugar alto que dejarla caer sobre la cabeza de alguien porque queremos matar a esa persona. La acción puede ser problemática, mas no es el problema fundamental; el problema fundamental es la intención detrás de la acción, la actitud del corazón. Por eso los abogados penalistas hablan de dolo, definido por la RAE como la «voluntad deliberada de cometer un delito a sabiendas de su ilicitud». Y aunque hay diferencias entre la ley civil y la ley moral, el dolo también existe para la ley moral. De hecho, es imposible romper una ley moral en ausencia de dolo. Pecado solo existe cuando hay dolo.

Es por ello que, una vez nos hemos examinado sinceramente a fondo, ninguno de nosotros puede concluir que es bueno o inocente. Conocemos la impureza de nuestro propio corazón. Y Dios, siendo omnisciente, también la conoce. En ausencia de acciones, podemos disimular ante los demás nuestras faltas. No obstante, a Dios no podemos engañarlo, no podemos alegar ante Él inocencia pues, si obramos mal, nuestra propia conciencia nos acusa y Él lo sabe.

Se cuenta que en cierta ocasión el Times de Londres preguntó qué estaba mal con el mundo. G. K. Chesterton, como era usual en él, fue tan breve como certero:

Apreciado señor,

Con respecto a su artículo ¿Qué es lo que está mal en el mundo? Lo que está mal soy yo.

¡El problema soy yo! Es que me miro adentro y no encuentro con qué pararme frente al Dios del cielo. Mis propias obras me condenan porque revelan la suciedad de mi corazón. Lo realmente serio de mis malas acciones es lo que revelan: ¡que el problema soy yo! Lo que está mal soy yo. Lo que hago revela lo que soy, y lo que soy no se diferencia en nada del asqueroso y asustador retrato de Dorian Gray al final de sus días. El profeta Isaías lo dijo de la forma más escueta:

Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana,
sino herida, hinchazón y podrida llaga (Is. 1:6).

Y

Todos somos como gente impura;
todos nuestros actos de justicia
son como trapos de inmundicia.
Todos nos marchitamos como hojas;
nuestras iniquidades nos arrastran como el viento (Is. 64:6).

Y Cristo fue aún más tajante:

Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias. Estas son las cosas que contaminan a la persona (Mt. 15:19-20).

De manera que cuando David Hume escribió en su Tratado sobre la naturaleza humana que éramos esclavos de nuestras pasiones (de las inclinaciones del corazón), contrario a lo que pretendía, no se estaba justificando, sino condenándose con sus propias palabras. No existe la más mínima diferencia entre Smerdiakov y Hume.

Aunque mientras escribo oigo una vocecita interna que me dice: Suaviza eso, que está muy fuerte, honestamente no sé cómo hacerlo. Estoy plenamente convencido de que si alguien no piensa así de sí mismo es porque no se ha examinado con detenimiento o no está siendo sincero.

Aquí radica el fracaso de todas las religiones: como Smerdiakov creen que son las acciones, enajenadas del corazón, las que determinan mi eternidad. La religión, por definición, busca que por medio de mis buenas acciones alcance yo el cielo, llegue a Dios, me salve (las tres expresiones siendo sinónimas). Empero mis propias acciones no me hacen mejor porque el problema no son ellas, sino el corazón con que las ejecuto. Más bien, lejos de justificarme, ellas terminan atestiguando contra mí. Mis mejores actos de justicia son «como trapos de inmundicia». Luego las religiones se quedan cortas porque no hay nada que yo pueda hacer para ganar el cielo.

De este modo, los intentos religiosos por alcanzar a Dios terminan siendo tan solo grotescas manifestaciones de orgullo, pues se necesita mucha arrogancia para creer que uno va a hacer algo que lo ponga a la misma altura de Dios. Todo sistema que busque hacernos salvos por medio de nuestras acciones está condenado al fracaso por reducción al absurdo. No importa si tal sistema es una religión pagana o si, con apariencia de piedad, se disfraza de enseñanza bíblica. No podemos alcanzar el cielo por nuestra propia cuenta.

C. S. Lewis, como es usual, atinó en su diagnóstico de la situación:

Este es el terrible dilema en el que nos hallamos. Si el universo no está gobernado por una bondad absoluta todos nuestros esfuerzos, a la larga, son inútiles. Pero si lo está, entonces nos estamos enemistando todos los días con esa bondad, y no es nada probable que mañana lo hagamos mejor, de modo que, nuevamente, nuestro caso es desesperado.

Anselmo definió a Dios como el ser más grande concebible. Tal definición intuitiva es la forma filosófica en que se expresa el atributo divino más importante: la santidad. Los filósofos lo llaman el ser más grande concebible, los teólogos lo llaman Santo.  Santidad no quiere decir aburrimiento y cara de imbecilidad. Santidad significa literalmente separación, estar más allá de todo. Ser santo es estar separado. Dios por definición es diferente de todo lo que existe, está más allá. Él es Creador, el resto es creación. Él es eterno, el resto es temporal. Él es, todo lo demás llegó a ser. Él es limpio, yo estoy sucio. Él es puro, yo soy impuro. Él es perfecto, yo soy imperfecto.

De modo que alcanzar el cielo, alcanzar a Dios, tiene de coherente lo que la finitud al intentar alcanzar el infinito. Por lo tanto, si yo no me puedo acercar a Él, no queda sino una posibilidad lógica que pueda darme salvación: que Él se acerque a mí. Si Dios mismo no se acerca, no tengo forma de llegar a Él.

Es este el punto que diferencia al cristianismo de las demás religiones y sistemas filosóficos. Y para ser sincero, el mismo punto, aunque muy lógico, es el que lo hace tan difícil de digerir. Porque como se trata de que todo lo hace Él, no nosotros, parece increíble. Nuestra parte consiste en aceptar, recibir el regalo que Él ofrece de estar en relación íntima con Él (esto es la salvación, porque Él es un ser personal, y la cercanía con las personas se mide en nivel de intimidad, no en metros). Pero si de eso tan bueno no dan tanto, entonces no hay nada más en el mapa que dé sentido a la vida y la existencia cae en la angustia que tan bien expresaron pensadores como Sartre o Camus.

Ahora, el hecho de que solo el cristianismo tenga la fuerza existencial para dar sentido a la vida no lo hace necesariamente verdadero, solo deseable. El cristianismo se sostiene o se cae con la resurrección de Cristo, pero eso será material de otro escrito.

La oración mejor respondida

El problema del sufrimiento ha sido considerado uno de los más difíciles de encuadrar con el cristianismo. Si Dios es bueno, ¿por qué existe el sufrimiento? La mayoría cree que hay una contradicción lógica entre las siguientes dos proposiciones:

(1) Dios es bueno y todopoderoso.
(2) Existe el sufrimiento en la creación.

Pero no existe tal contradicción, no hay una reducción al absurdo. No hay una sola razón lógica por la cual de la proposición (1) deba concluirse unívocamente que la proposición (2) no pueda ocurrir. ¡Ni siquiera que sea preferible que (2) no ocurra! Al punto que J. L. Mackie, gran filósofo ateo, reconociera alguna vez lo siguiente: «Podemos conceder, después de todo, que el problema del mal no muestra que las doctrinas del teísmo sean lógicamente inconsistentes entre sí». Otros filósofos han hecho aseveraciones semejantes.

Interesante como es, elaborar con más claridad lógica sobre por qué el sufrimiento no contradice los fundamentos básicos del teísmo será objeto de una futura entrada (mientras tanto, dirijo al lector a la explicación sencilla que da aquí el filósofo William Lane Craig, o al libro de Ravi Zacharias y Vince Vitale ¿Por qué existe el sufrimiento?). En este escrito quiero enfocarme más en el problema existencial, no el intelectual, en el que nos sumerge el sufrimiento.

Porque cuando nos vemos enfrentados al dolor, en lo último que estamos pensando es en el argumento lógico. Una cosa es el C. S. Lewis que en 1940 escribiera El problema del dolor desde una perspectiva filosófica e intelectual; otra bien diferente el C. S. Lewis que veintiún años después —y unos pocos antes de su muerte— escribiera Una pena en observación a partir de su agonía existencial, tras la muerte de su esposa por un cáncer largo y complicado.

Es fundamental entender que cuando estamos en medio del sufrimiento profundo y nos preguntamos ¿Por qué a mí, Dios mío?, lo que menos necesitamos es la respuesta lógica. Unos cuantos ejemplos ilustrarán la situación:

  • Una adolescente resulta embarazada después de tener relaciones con su novio. En medio de su angustia clama a Dios cuestionando ¡Por qué a mí, Dios! Y Dios le responde: «Sí, mira, nena, lo que pasa es que cuando un hombre y una mujer tienen una relación sexual, el hombre deposita espermatozoides en el cuerpo de la mujer; si uno de estos espermatozoides fertiliza el óvulo de la mujer, comienza una etapa que llamamos embarazo. Eso fue lo que te pasó».
  • La amada de cierto hombre muere tras muchos años luchando contra la leucemia y el viudo reclama al Cielo diciendo ¡Por qué te la llevaste, Dios mío! Y Dios le responde: «Mira, viejo, el cáncer surge cuando en la médula ósea comienza a producirse una cantidad irregular de glóbulos blancos; estos glóbulos blancos anormales presentan dos problemas: primero, no son capaces de enfrentar las infecciones como los glóbulos blancos normales; y segundo, destruyen la capacidad de la médula ósea para producir glóbulos rojos y plaquetas. Así fue que ocurrió… Ah, pero si esta respuesta no te satisface, te lo puedo detallar a nivel bioquímico».
  • David, ungido rey pero perseguido por el rey regente, preguntaba: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Si alguien le hubiera respondido: «David, tu teología está errada, no estás solo porque Dios es omnipresente y está contigo». ¿Satisfaría la respuesta exclusivamente racional la angustia de su alma?

La respuesta racional existe pero, contrario a lo que creemos, ¡no son respuestas racionales lo que necesitamos en nuestros momentos de angustia y dolor! Una respuesta que excluya todo lo demás a expensas de la razón nos heriría más, nos ofendería más o las dos al tiempo. Lo que anhelamos son respuestas existenciales, algo que calme nuestro dolor, algo que se lleve nuestro dolor.

Job, el libro más antiguo de la Biblia, trata precisamente sobre el problema del sufrimiento en menudo detalle. Los amigos del patriarca le dieron respuestas racionales a la profunda crisis existencial que siguió a su desgracia, respuestas que en efecto podrían decirse correctas, pero que nada pudieron hacer para alivianar su pena. En cambio, cuando Dios mismo habló al final con Job, no intentó responder ninguna de sus inquietudes. Dios incluso cuestionó el interés de Job en creer que lo que necesitaba era una respuesta intelectual. Dios hubiera podido darle la respuesta racional a sus preguntas pero dos cosas habrían pasado:

Primero, Job no iba a entender la mente de Dios, y quienes en la posteridad leyéramos su historia tampoco íbamos a hacerlo. A todos los seres humanos la más fina explicación científica divina nos hubiera dejado perdidísimos. Este punto es claro por las preguntas retóricas que Dios le hace al patriarca durante cuatro capítulos del libro (Job 38—41); preguntas sobre realidades cotidianas del mundo creado; preguntas, sin embargo, cuya única respuesta honesta humana sería: «No sé, Dios, no tengo ni la más remota idea».

Segundo, la respuesta racional habría oscurecido el punto más importante. ¿Cómo es que Dios regaña a Job cuando le habla y el patriarca queda restaurado? A nadie se le habría ocurrido que Job necesitara una reprensión. ¡Máxime cuando sus amigos lo habían amonestado todo el tiempo y su angustia no mermaba! Ciertamente un punto puede hacerse en cuanto a que no somos nadie para cuestionar a Dios y sus motivos. Pero, me parece, hay una realidad más profunda: no era tanto el contenido de las palabras, porque Dios hubiera podido cantar Los pollitos dicen y, estoy convencido, Job habría quedado sano. Tampoco era el cambio de las circunstancias —pasar de la desgracia a la bendición— lo que calmaría las tribulaciones de su alma. A un corazón dolido el cambio de circunstancias no lo sana; a lo sumo disfraza, oculta, la necesidad que en el fondo tenemos. Porque el sufrimiento no genera el vacío, tan solo lo revela (es posible sufrir y tener paz en medio del sufrimiento).

Si no son las palabras ni las circunstancias, ¿qué es? Es su presencia lo que restaura; y su voz, que nos hace manifiesta su presencia. «Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti», dijo Agustín de Hipona en profundísima declaración cuando abría sus Confesiones. Porque, de nuevo, la verdad no es un concepto, sino una Persona —Cristo—, y si nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza, la respuesta meramente conceptual no tiene cómo saciar nuestras más grandes añoranzas, menos aún sosegarnos en nuestros dolores. Nuestro ser requiere una respuesta a la persona íntegra, no solamente al intelecto, pues el intelecto no es la totalidad de nuestro ser, sino tan solo una parte.

Así, en cuanto personas, somos seres relacionales: fuimos creados para estar en relación, y en relación con Dios, sobre todas las cosas. La gran tragedia de la caída no es el sufrimiento, sino la pérdida de la relación con Dios que completa el ser; el sufrimiento es consecuencia de haber perdido la intimidad con Dios. Por ello la restauración de Job se dio cuando oyó la voz del Dios infinito aproximándose a su finitud. La infinitesimalidad en la que sume la inmanencia del dolor humano es entonces absorta en la eternidad de la trascendencia divina.

En tal inmanencia de dolor estaba inmerso el rey David cuando suplicó a Dios con estas palabras:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?
Dios mío, clamo de día, y no respondes;
y de noche, y no hay para mí reposo.

Una vez más lo vemos aquí: el profundo dolor del hombre azuza una sensación de inmanencia que pareciera contradecir la eternidad que lleva en el corazón; se siente finito, vulnerable. Pero la contradicción es solo aparente, porque el clamor mismo traiciona la ilusión de total inmanencia humana. El clamor tiene sentido porque no somos meramente inmanentes. Si estuviéramos hechos solo de materia, como afirma el ateo, el clamor de David —y de toda persona en medio de su dolor— y el cuestionamiento mismo sobre el problema del mal no tendrían sustento. El clamor en sí mismo supone propósito, trascendencia y sentido de la existencia; sentido no del todo comprendido, pero sentido.

David hace una oración creyendo que Dios lo había abandonado, que no respondería sus oraciones. La realidad no podría haber sido más opuesta. Pocos pasajes del Antiguo Testamento describen el sufrimiento de Cristo con tanta claridad como este salmo de David. Cuando Cristo estaba en la cruz, citó estas mismas palabras, diciéndole con ello a su ancestro: «Estoy respondiendo de una vez por todas tu clamor, David. Aquí estoy cargando tu dolor contigo. Tu angustia es mi angustia, tu dolor es mi dolor, tu sufrimiento es mi sufrimiento. Toda tu agonía tiene sentido hoy, en el punto que divide en dos la historia de la humanidad; aquí, en el Gólgota».

Así, Dios no solo oyó la oración de David, sino que se apropió de ella en el momento cumbre de la historia. En aquel instante Dios tomó la agonía de David y, lleno de compasión, decidió llevar la carga por él. Jesús tomó el lenguaje figurado que usó David para ilustrar su dolor y lo hizo literal en Él. Lo que en el poema de David era hipérbole en Cristo se volvió realidad.

La gente se burla de mí,
el pueblo me desprecia.
Cuantos me ven, se ríen de mí;
lanzan insultos, meneando la cabeza:
«Este confía en el Señor,
¡pues que el Señor lo ponga a salvo!
Ya que en él se deleita,
¡que sea él quien lo libre!»…
Como agua he sido derramado;
dislocados están todos mis huesos.
Mi corazón se ha vuelto como cera,
y se derrite en mis entrañas.
Se ha secado mi vigor como una teja;
la lengua se me pega al paladar.
¡Me has hundido en el polvo de la muerte!
Como perros de presa, me han rodeado;
me ha cercado una banda de malvados;
me han traspasado las manos y los pies.
Puedo contar todos mis huesos;
con satisfacción perversa
la gente se detiene a mirarme.

¡Fue Cristo el rechazado! ¡Fue Cristo el burlado! Más aún, ¡fue Cristo el crucificado! ¡Fueron sus huesos los dislocados, los que podían contarse! ¡Fueron sus manos y sus pies los traspasados! ¡Fue Él quien tuvo la lengua pegada al paladar implorando que le dieran agua!

No quiero resaltar tanto la profecía cumplida —en sí misma muy impresionante—, sino la poesía convertida en realidad. Lo que para David fue una hipérbole para Cristo fue literalidad. Cristo cargó con el dolor del alma de David. Cristo llevó en la cruz del Calvario el peso literal del sufrimiento que David solo pudo expresar en sentido figurado. Si el salmo de David es poesía —que lo es— y la poesía sirve para ilustrar lo que la literalidad no permite, la cruz es poesía hecha realidad. La cruz es el poema más hermoso, como dijera Juan Luis Guerra:

Toda la poesía
la encuentro sobre un madero
y mi verso
en tus rodillas que riman.

De este modo, la oración de David implorando misericordia en medio de su sufrimiento se convirtió en la oración mejor respondida de la historia. Mas no fue solo la oración de David que Dios respondió. Cristo, al haberse apropiado de las palabras de David, estaba hablándole a la humanidad entera. En la cruz Cristo se compadecía de toda la humanidad. Todas nuestras oraciones en medio del sufrimiento, sinceras como son, fueron respondidas con Cristo en la cruz. Por eso dice el profeta Isaías:

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades,
y sufrió nuestros dolores;
y nosotros le tuvimos por azotado,
por herido de Dios y abatido.
Mas él herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados;
el castigo de nuestra paz fue sobre él,
y por su llaga fuimos nosotros curados.

La cruz es la reconciliación del hombre con Dios, la cruz devuelve al hombre el sentido para el cual fue creado. Logos, la palabra griega que Juan usó para denominar a la Segunda Persona de la Trinidad, es sentido, razón de ser. Cristo —mi gran Logos—, es el sentido de nuestra existencia porque su obra redentora en la cruz reconcilia al hombre con Dios, restituyéndole así el propósito de su existencia: estar en relación íntima y directa con Dios. Por cuanto somos seres personales y hay eternidad en nuestro corazón, nuestro corazón está inquieto hasta que, por el poder de la cruz, descansa en Él, está en relación con Él, está en intimidad con Él.

No conozco un solo pensador cristiano que afirme que esto responde todas nuestras inquietudes sobre el sufrimiento aquí en la Tierra. Pero la explicación es, por muy lejos, más satisfactoria que la que pudiera brindar cualquier otro sistema filosófico o de creencias. Desde el ateísmo la pregunta del dolor no tiene ningún sentido. Desde el judaísmo la pregunta de David queda formulada y sin respuesta (finalmente David escribe desde el Antiguo Testamento, la Biblia judía, pero los judíos no reconocen a Cristo). Desde el islamismo incluso la salvación eterna depende del capricho de Alá, haciendo el sufrimiento aún más patético. Desde el budismo el objetivo es volvernos nada, alcanzar la nada, como si negando la realidad fuera ella a desaparecer.

No obstante, argumenta Alvin Plantinga, dado que el cristianismo sea verdad —y la evidencia histórica de la resurrección de Cristo apunta muy sólidamente en esta dirección—, el mejor mundo posible es aquel en el cual hay encarnación divina con su correspondiente expiación por nuestros pecados. Porque la encarnación y la expiación, expresadas en la cruz, muestran como ninguna otra cosa el increíble alcance del amor de Dios por la humanidad. Y un mundo en el que tal demostración de amor se hace evidente es superior a todos los demás mundos en los que este amor no es palpable. Pero tal despliegue de amor requería la existencia del sufrimiento. Si no, no habría encarnación ni nada por expiar.

Es que el amor se revela mejor siempre en medio del sufrimiento. Amar sin estar dispuesto a sufrir por el objeto de nuestro amor no es amor. El amor es negarnos a nosotros mismos para dar a los demás lo que tenemos y valoramos, no de lo que nos sobra y no nos importa. El sufrimiento es la medida del amor. Por eso lo que más amamos es aquello a lo cual entregamos lo que más valoramos. Y entre más valía damos a aquello a lo cual renunciamos, más mostramos el tamaño de nuestro amor en la renuncia. No hay amor sin renuncia, no hay amor sin sufrimiento. Parafraseando a C. S. Lewis, si no estamos dando hasta que nos duela, es porque estamos amando poquito.

Sin el mal no habría nada por expiar, y sin el sufrimiento que produce el mal no entenderíamos la expiación. Y sin nada por expiar no habríamos experimentado el extravagante amor sin coto de Dios, en el cual la relación perfecta y eterna de amor de la Trinidad se vio interrumpida para poder reconciliar al ser humano con Dios. Él no tenía que sufrir. La única razón por la cual lo hizo fue por amor a nosotros. El Padre sufrió entregando a su Hijo, el Hijo sufrió cargando Él mismo el peso de nuestros pecados.

[Cristo Jesús], siendo por naturaleza Dios,
no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.
Por el contrario, se rebajó voluntariamente,
tomando la naturaleza de siervo
y haciéndose semejante a los seres humanos.
Y, al manifestarse como hombre,
se humilló a sí mismo
y se hizo obediente hasta la muerte,
¡y muerte de cruz!

Un mundo sin sufrimiento es un mundo sin demostraciones significativas del amor. Un mundo sin sufrimiento es un mundo sin encarnación y expiación. Un mundo sin encarnación y expiación habría sido un mundo en el que no hubiéramos experimentado el derroche extravagante del amor de Dios por nosotros.

Teología abierta: Análisis filosófico

La entrada anterior versó sobre las dificultades exegéticas que presenta el teísmo abierto (TA): negar que Dios conozca las acciones futuras de los hombres no tiene asidero en las Escrituras. En esta, la intención es continuar ahora con un análisis filosófico y breve sobre el TA.

TEODICEA CON PIES DE BARRO

El TA es fundamentalmente una teodicea cristiana: un intento de reconciliación entre el Dios bueno, omnisciente y todopoderoso del cristianismo con la existencia del mal y el sufrimiento en el mundo. Greg Boyd, el más conocido proponente del TA, vez tras vez motiva su introducción al tema con alguna ilustración sobre el sufrimiento en el mundo y pasa de ahí a explicar su postura.1

El TA es una reacción al calvinismo. El dios del calvinismo determina todo lo que ocurre en el universo. Por ejemplo, determinaría quién se condena y se salva; determinaría las cosas buenas y malas que acaecen a las personas; y determinaría también las decisiones, buenas y malas, de las personas. Así, el calvinismo tiene el problema de anular el libre albedrío del hombre y—en gran parte por ello— hacer a Dios la causa del mal. El dios del calvinismo es malvado, parece el diablo, y el teísta abierto así lo reconoce: dado un Dios todopoderoso que todo lo determina y dado que en este mundo suceden cosas malas, Dios no puede ser bueno.

El problema es que el teísta abierto resuelve el problema creando uno que tal vez sea peor. El teísta abierto soluciona el problema de la bondad de Dios atentando contra su omnisciencia: Dios no es malo, es solo que no conocía las malas decisiones futuras de los hombres.

PRESCIENCIA Y (PRE)DETERMINACIÓN

Veíamos también en la entrada anterior que el proponente del TA es un calvinista frustrado, en cuanto a que no parece posible que el TA hubiera surgido independientemente del pensamiento calvinista. En efecto, Boyd (defensor del TA), afirma junto con John Piper (calvinista), que si Dios conociera de antemano las acciones futuras de los hombres, tales acciones estarían predeterminadas por Él.

La situación se puede plantear lógicamente utilizando las siguientes proposiciones:

(A) Hay presciencia divina si y solo si hay predeterminación divina.
(B) La predeterminación divina implica que Dios es la causa del mal y el sufrimiento en el mundo.

Si (A) y (B) son ciertas, concluímos por transitividad que

(C) La presciencia divina implica que Dios es la causa del mal y el sufrimiento en el mundo.

El teísta abierto cree que todas las anteriores son ciertas y están en franca contradicción con

(D) Dios es bueno.

Es difícil contradecir (B). Incluso teólogos calvinistas de la talla de Paul Helseth así lo reconocen.2  Pero es obvio que (B) está en franca contradicción con (D).

Y si (A) es cierta, dada (B), tenemos que (C) y (D) también se contradicen. Pero (A) no es cierta. La presciencia —divina, angélica o humana— no es condición suficiente para predeterminar el futuro. No es cierto que conocer algo de antemano, sin importar quién conozca —divino, angélico o humano—, determine aquello que se conoce.

Yo, por ejemplo, sé que 2 + 2 = 4 con completa certeza, pero el hecho de que así lo sepa, no lo determina. Con un poco menor grado de certeza también sé que el sol saldrá mañana por el oriente, y mi conocimiento tampoco lo está determinando. Sé también que si invito a Juan Pablo, mi mejor amigo, a comer pescado, me va a responder que no acepta, porque no le gusta; y no estoy determinando su respuesta. Todos estos ejemplos muestran que el conocimiento de algo no determina ese algo.

En particular, sin importar el grado de certeza, el conocimiento previo de cómo va a actuar un agente libre, no determina la acción del agente libre. El inglés ayudará un poco aquí: el conocimiento previo de una acción futura implica que algo ocurrirá (will happen) de cierta manera, mas no que deba ocurrir (should happen) de esa manera. Así las cosas, a partir de la presciencia concluir el should, en lugar del simple will, no se sigue, es lo que en lógica llaman una falacia non sequitur. En particular, un agente libre podría actuar de otra manera y, si así fuese, Dios en su presciencia sabría de otra manera también. Es decir, es falso que la presciencia implique predeterminación.3

Como dijimos en la entrada anterior, el TA remplaza al Dios malvado del calvinismo por uno ignorante. ¿Por qué? Porque bajo el precepto errado de que la presciencia implica predeterminación, la solución del teísta abierto es limitar el conocimiento de Dios. De esta manera evitaría él que el Dios del cristianismo sea malvado. Sin embargo,  si como ya vimos la presciencia no implica predeterminación, el miedo del teísta abierto es infundado.

ONTOLOGÍA

El primer punto de defensa del TA para no negar la omnisciencia y evitar la acusación de herejía es negar que el futuro exista: si el futuro no existe, Dios sigue siendo omnisciente aunque no lo conozca porque no hay nada que Él no sepa. Esta concepción tiene al menos tres inconvenientes:

(1) El Dios de ahora es más Dios que el de hace 5 minutos porque conoce más. En este sentido el TA se acerca peligrosamente a la teología del proceso, según la cual Dios va creciendo. Puesto así sería una herejía rampante.

(2) Sumerge a Dios en una realidad más allá del mundo físico en la que lo somete a una concepción lineal del tiempo desde la eternidad, porque aun antes de la creación del universo Dios no conocía las acciones futuras de los hombres. Pero antes no es una palabra que tenga sentido fuera del mundo físico; el tiempo es una entidad física del universo que nace en el Big Bang, no de la eternidad.

(3) Atenta contra la muy apta definición ontológica que da Anselmo de Dios: el ser máximo concebible. Porque es al menos lógicamente posible que exista un ser que sí conozca el futuro, luego ese ser sería más grande que Dios.

Para solucionar el punto (3), el teísta abierto argumenta que existen cosas que Dios decide no conocer, comparando la omnisciencia con la omnipotencia. Sin embargo, la omnipotencia divina es un atributo modal en cuanto a que Dios es Todopoderoso pero no «Todohacedor». Es decir, el hecho de que pueda hacer todas las cosas no implica que haga todo lo que puede hacer. Por ejemplo, Dios eligió crear un mundo en el que hay humanos, agentes libres que pueden amar, pero hubiera podido crear un mundo en el cual no hubiera agentes con capacidad de amar. La omnipotencia es un atributo modal de Dios.

No obstante, no es esta la forma en la que funciona la omnisciencia; es más, no es esta la forma en la que funciona el conocimiento, en general, omnisciente o no. Una vez yo conozco algo, no tengo cómo decir que voy a olvidarlo. Yo simplemente no puedo decidir que no voy a conocer más el teorema fundamental del cálculo. Ciertamente, puedo decidir no usarlo, pero no puedo decidir olvidarlo. La omnisciencia, obviamente, exacerba esta característica: un ser omnisciente —Dios— no puede decidir de un momento a otro que no va a saber algo, simplemente no tiene sentido afirmarlo.

Surge entonces aquí la pregunta de cómo conciliamos un Dios todopoderoso con un Dios que no puede no conocer. Es decir, hay algo que Dios no puede hacer: no conocer; ¿cómo cuadramos esto con su omnipotencia? Los filósofos y los teólogos han respondido tradicionalmente que Dios puede hacer todo lo que es lógicamente posible hacer y las contradicciones lógicas no son posibilidades válidas. Así, Dios por ejemplo no puede crear un soltero casado. Yo prefiero una pequeña modificación a este argumento para ilustrar que, aun a pesar de las contradicciones lógicas, Dios sigue siendo todopoderoso: en realidad Dios también puede hacer cosas que son contradicciones, lo que sucede con la contradicciones lógicas es que viven en el conjunto vacío. Por ejemplo, el conjunto de los solteros que son casados es vacío. Luego Dios puede crear un soltero casado: lo único que tiene que hacer es nada.

Así, volviendo al problema del teísmo abierto, vemos que no es posible prescindir de la omnisciencia divina diciendo que Dios se puede olvidar o puede decidir no conocer algo que siempre ha sabido. Y, aun concediendo que fuera posible, de hacerlo así, se generaría una inconsistencia, porque sería lógicamente posible que existiese un ser más grande que Dios, algo que carece de todo sentido.

 

BIBLIOGRAFÍA

1. Véase, por ejemplo, Boyd G. God Limits His Control. En Jowers D. Four Views on Divine Providence. Zondervan. O su prólogo a Saia, M. 2014. Does God Know the Future? Second Edition. Xulon Press.
2. Helseth P. God Causes All Things. En Jowers D. Four Views on Divine Providence. Zondervan.
3. Craig W. L. 2000. The Only Wise God. Wipf & Stock.

Sobre la Trinidad

Existen muchas dudas con respecto a la Trinidad, además de mucho tabú. El hecho de que la Trinidad sea un misterio no significa que no podamos acercarnos a ella de manera racional. Si bien no para entenderla del todo o reducirla a conceptos (con lo cual Dios dejaría de ser Dios), sí para mostrar que no es contradictorio.

Convenciones:

PP: Primera Persona de la Trinidad.

SP: Segunda Persona de la Trinidad.

TP: Tercera Persona de la Trinidad.

SOBRE LA DEFINICIÓN DE DIOS

Una buena forma de definir a Dios es como lo hizo Anselmo: el ser más grande concebible (o imaginable). Esta definición nos permite hacernos una buena idea de cómo tiene que ser Dios. Entre otras:

  • Tiene que ser una entidad personal, pues las entidades no personales —los objetos— son más simples que las personales, luego ser personal es más grande que no ser personal.
  • Tiene que ser incomprensible pues si se puede comprender (abrazar, contener, abarcar) no sería tan grande; luego imaginable no es lo mismo que comprensible o entendible.
  • Tiene que existir, ser, pues si no existe es tan solo imaginario, no imaginable.
  • Debe ser verdad, pues ser verdad es mejor que no serlo; de hecho, debe ser la verdad; si no, la verdad sería más grande que Él.
  • Sus atributos no han de ser acotados (por ejemplo, debe ser omnipotente y omnipresente), pues si tienen límite es posible imaginarse coherentemente un ser con mayor capacidad.
  • Debe ser único, pues si hay dos como Él, es alcanzable por otras entidades existentes.

Para los propósitos de este escrito, me parece que estos ejemplos de lo que implica la definición de Dios han de bastar.

SOBRE LA INSUFICIENCIA DEL MONOTEÍSMO UNIPERSONAL

Si Dios es una sola persona, no puede ser Dios.

Una de las más grandes diferencias entre el monoteísmo cristiano y el monoteísmo judío o islámico radica en la cantidad de personas que componen la Deidad. La divinidad judía e islámica está compuesta por una sola persona. Sin embargo, si Dios es una sola persona, la creación de otro tipo de seres —celestiales o humanos— es una necesidad. En caso contrario, no tendría forma de expresar ciertos atributos que se requieren para hacerlo el ser más grande concebible.

Por ejemplo, el amor solo es tal cuando se expresa; de manera que si una entidad no tiene otra a la cual amar, no puede amar. De hecho, puede definirse persona como una entidad que tiene la capacidad y la necesidad de amar y ser amada. De ello se colige que una entidad que haya amado eternamente sería superior a una entidad que haya comenzado a amar: la primera entidad siempre ha sido persona, mientras que la segunda tan solo llegó a serlo. En otras palabras, un alguien es más grande que un algo; y un alguien que siempre ha existido es más grande que un algo con el potencial de llegar a ser un alguien, incluso si el potencial se concreta.

Ahora, tener la capacidad de amar hace que una entidad sea una persona —más que una cosa—, pero eso no la hace Dios. Tener la capacidad de amar es claramente inferior a ser amor. Si una persona solo puede amar sin ser amor, entonces el amor existe independientemente de ella. Y si el amor existe como una entidad independiente de dicha persona, tal persona no es Dios. Una entidad unipersonal necesitaría crear para llegar a amar y, por lo tanto, no podría ser Dios. Es decir, Dios no puede ser una única persona por reducción al absurdo: sería incapaz de amar antes de haber creado, luego ni siquiera sería persona y menos aún tendría atributos inherentes a Él como ser amor.

Dios debe ser amor. Como el Dios del cristianismo es trino, cada una de las Personas que componen la Trinidad ama perfectamente a las Otras Dos, luego el amor ha sido un atributo divino desde la eternidad y hasta la eternidad. De manera que el Dios no necesita la creación, como debe ser si de veras es Dios. Cada una de las Personas de la Trinidad ha expresado amor desde la eternidad. Además, puesto que el monoteísmo en general acepta que Dios es personal, los miembros de la Trinidad tienen necesidad de ser amados también. En la concepción cristiana, esta necesidad de amor en las Personas de la Trinidad se satisface en ellas: cada uno de sus miembros ama a los otros dos y es amado por ellos.

Igualmente ocurre con otros atributos divinos como ser bueno o justo. Si Dios fuera una única persona, tales atributos solo podrían expresarse una vez haya creado a alguien con quien pudiera ser bueno o justo. De nuevo, en el cristianismo no existe esta necesidad de crear porque Dios, en cuanto tres Personas, expresa en sí mismo dichos atributos.

Si solo una persona comprendiera toda la Divinidad, entonces, en el mejor de los casos, Dios sería potencialmente amoroso (no sería amor), potencialmente bueno y potencialmente justo. Potencialidades que solo se concretarían una vez creara entidades que satisficieran sus necesidades personales de amar y ser amado. Pero ser potencialmente amor es infinitamente inferior que ser esencialmente amor. Ser potencialmente bueno es infinitamente inferior que ser esencialmente bueno. Ser potencialmente justo es infinitamente inferior que ser esencialmente justo. En definitiva, ser potencialmente Dios es infinitamente inferior que ser Dios. El nombre de Dios es Yo Soy, no Yo Potencialmente Seré ni De Aquí A Poco Seré.

Nótese que este argumento depende crucialmente de que el amor no sea una emoción. En el momento en que el amor pueda ser una emoción, Dios simplemente puede sentir que ama, y el problema queda resuelto para el judaísmo y el islamismo. No obstante, sentir que uno hace algo no es lo mismo que hacer algo. Amar es una actitud —una disposición a actuar—, no un sentimiento —un estado afectivo del ánimo—. Como solía repetirme mi abuelita, «obras son amores y no buenas razones». La forma más excelente de mostrar amor requiere una actitud de negación a uno mismo (el amor no busca lo suyo), a lo que las emociones dictan, para beneficiar al otro.

SOBRE LA OMNISCIENCIA

Los filósofos diferencian dos formas de conocimiento: el proposicional y el propio. Cuando hablamos de omnisciencia divina usualmente nos referimos al conocimiento proposicional: Dios conoce todas las proposiciones verdaderas (por ejemplo, Dios sabe que 2 + 2 = 4). Mas Dios, en cuanto personal, tiene también conocimiento propio, aquel que nos hace a las personas conscientes de nosotros mismos. Una piedra no sabe que es una piedra y un animal no tiene conciencia de sí, pero las personas (humanas y divinas) tenemos la capacidad de entendernos a nosotros mismos en primera persona. Es diferente decir «Chris Froome ganó el Tour de Francia» a que Chris Froome diga «Yo gané el Tour de Francia». Ese conocimiento personal es el que llamamos propio o experiencial.

Como ya vimos, Dios no puede necesitar crear el mundo. Pero una vez lo crea, queda sujeto a las restricciones que Él mismo se impuso para crearlo. Por ejemplo, una vez Dios dice «hágase la luz», no tiene la posibilidad de no hacer la luz, pues de no hacerla incurriría en contradicción, por lo cual no sería Dios. Cuando Dios dice «Hágase la luz», queda obligado a hacerla (Aunque este ejemplo ilustra la idea, no es preciso porque asume que Dios está en el tiempo y que sus acciones están separadas de sus palabras).

Así las cosas, antes de crear a los seres humanos, el conocimiento propio, el experiencial, del dolor y la muerte no son cosas que Dios necesitara saber porque no existían. Pero una vez decide crear al ser humano, que sí experimentaría el dolor y la muerte, Dios no tendría un conocimiento propio de lo que son estas dos cosas a menos que se encarnara y muriera. Luego, una vez Dios decide crear el mundo, la encarnación y la expiación no son solamente el más grande acto de amor y bondad, sino una necesidad para Él. Si ninguna Persona de la Trinidad se encarna y muere, Dios nunca va a tener el conocimiento propio, experiencial, de qué es sentir el dolor y la muerte.

De modo que si Dios fuera una entidad unipersonal y se encarnara como lo hizo Cristo, entonces dejaría de existir Dios, pues siendo plenamente humano tendría que dejar de lado, al menos parcialmente, algunos atributos divinos. Y puesto que en este caso hipotético Dios sería una única persona, al despojarse de al menos uno de sus atributos, así sea en parte, dejaría de ser Dios.

Nótese que la encarnación es un acto humillante porque la SP se despoja de al menos una parte de sus atributos divinos para hacerse humano y sufrir como nosotros, sufrir con nosotros (Fil. 2:5-11). Por ejemplo, los humanos morimos y no podemos resucitarnos a nosotros mismos. Así, cuando el cristianismo afirma que la SP se encarna, en su humanidad se sujeta a la muerte; pero si Dios fuera una sola persona, tal acto no sería posible pues si muere, no habría quien lo resucitara, de modo que dejaría de ser Dios, dejaría de existir Dios. Del otro lado, si habiendo creado a los humanos no experimenta como humano los dolores y la muerte, habría cosas que no conocería, luego no podría ser omnisciente.

Entonces, aunque Dios no tenía la obligación de crear este mundo ni los seres humanos que lo habitan, una vez los crea, la encarnación y la expiación se vuelven obligación, pues de lo contrario existirían cosas que Él no conocería. Repito: Dios no tiene que crear, pero una vez crea, es necesario que se encarne y sufra como nosotros o dejaría de ser Dios; si no lo hace, habría cosas que no conocería (Esta perspectiva de paso explicaría el difícil Hebreos 5:8: «Por lo que padeció aprendió obediencia»).

En resumen:

1. Dios no necesita crear el mundo.

2. Pero Dios decide crear el mundo y crear a los humanos.

3. Los humanos experimentan dolor y muerte (tienen conocimiento propio de estas cosas).

4. Luego Dios tiene que encarnarse como humano para adquirir este conocimiento.

5. Si Dios no se encarnara, existiría algo que no conoce.

6. Aun concediendo que siendo unipersonal mantuviera su estatus divino, si se encarnara, dejaría de ser Dios.

7. Dios no puede ser unipersonal.

DADA LA CREACIÓN, DIOS DEBE SER MULTIPERSONAL

Una vez aceptado que Dios no puede ser unipersonal, pasemos a mirar que sí puede (y debe) ser multipersonal. Aunque no es necesario para este paso, supongamos que Dios está compuesto por 3 Personas, como en la Trinidad cristiana (hasta este punto pudieran ser 2, 4, 10…). Entonces puede verse que no todas las tres Personas tienen que experimentarlo todo o conocerlo todo. Es suficiente que una Persona de la Trinidad sepa algo para que Dios lo sepa. En una analogía con los números naturales, suponga que la PP solo conoce todos los números 0, 3, 6, 9, 12, 15,… (los números que al dividirlos por 3 tienen residuo 0); la SP solo conoce los números 1, 4, 7, 10, 13, 16,… (todos los números que al dividirlos por 3 tienen residuo 1), y la TP solo conoce los números 2, 5, 8, 11, 14, 17,… (todos los números que al dividirlos por tres tienen residuo dos); entonces Dios conoce todos los números naturales (todo número natural tiene residuo 0, 1 o 2, al dividirlo por 3; no hay más posibilidades).

Por supuesto, lo anterior es solo una suposición; aunque considero que si así fuera, Dios no dejaría de serlo, creo también que todas las Personas de la Trinidad tienen todo conocimiento proposicional (al menos previo a la encarnación), luego las tres conocerían todos los números naturales. No obstante, dicha suposición sirve para introducir un concepto más importante relativo al conocimiento propio:

Como ya vimos, cuando Dios decide crear un mundo como este, una de las tres Personas se tiene que encarnar, digamos la Segunda. Así, cuando la SP se humana y muere, el conocimiento experiencial del dolor físico humano y la agonía existencial solo la tiene la SP, no la PP ni la TP. La PP o la TP aunque hayan sufrido un dolor que no alcancemos a comprender (la ruptura de una relación perfecta y eterna), no tienen el conocimiento propio humano del dolor físico y solo la SP puede entendernos en este aspecto (He. 4:15). Pero esto no atenta contra la omnisciencia de Dios porque si al menos una de las Personas que componen la Trinidad tiene este conocimiento, entonces Dios también lo tiene por transitividad.

Por otro lado, dado que hubo despojo de la SP, entonces la PP y la TP no pueden perder toda la potencia de sus atributos divinos o Dios dejaría de existir (esto explica un error doctrinal complicado en la película La cabaña, donde toda la Trinidad se encarna y hasta el Padre tiene las cicatrices de la expiación en sus manos; en este caso, Dios ya no podría seguir siendo Dios).

Que haya más de una persona, permite que una se encarne y adquiera el conocimiento experiencial mientras las otras mantienen toda la potencia de sus atributos divinos. Podemos entonces añadir a la lista anterior un nuevo punto:

8. Dios debe ser multipersonal.

SOBRE LA NECESIDAD DE UN DIOS TRINO, DADA LA EXISTENCIA DEL MUNDO CREADO

En el momento en que la SP encarnada muere, su comunión eterna con la PP se rompe por completo. De manera que si Dios fuera solo dos personas, habría un momento de la eternidad en el que los atributos personales de Dios no pudieron expresarse.

¿Por qué? Porque si solo la PP y la SP son divinas y no la TP, entonces al momento de la muerte de Cristo la PP habría quedado sin nadie a quien expresarle perfectamente el amor y sin nadie de quien recibir perfectamente el amor. El hecho de que la TP haga parte de la Divinidad hace posible que la SP encarnada muera sin que los atributos relacionales de Dios sufran menoscabo.

Esto también hace evidente que la muerte de la SP encarnada no destruyó a Dios porque las otras dos personas siguieron existiendo eternamente en relación perfecta (también es importante aclarar que, doctrinalmente, cuando la SP encarnada murió, fue en su naturaleza humana; no es que la SP divina haya muerto; véase, p. ej., Ef. 4:8-10, 1 P. 3:18-19). Porque son tres, una podía morir sin que la parte relacional (y por tanto personal) de Dios sufriera menoscabo y su divinidad se viera comprometida.

Por lo tanto, la existencia del hombre obliga a que Dios sea al menos tres Personas. Dado este mundo creado, un Dios que no sea al menos tres Personas no puede ser Dios.

Que no pueda ser más de tres Personas también depende de la encarnación y la expiación. Cada Persona de la Trinidad cumple una función en cada cosa que Dios hace. La expiación no es la excepción: mínimamente una se encarna y las otras dos quedan sosteniendo los atributos relacionales necesarios para que Dios siga existiendo. De manera que si la Deidad tuviera más de tres Personas, las restantes serían innecesarias, con lo cual no podrían ser divinas (pues si no se necesitan, sobran). El argumento toma la forma de parsimonia (navaja de Occam) reforzada por necesidad. Entonces,

9. Dado el punto 2, Dios debe ser al menos 3 personas.

10. Si es más de 3 personas, algunas de ellas no serían necesarias.

11. Luego Dios solo puede ser tres Personas.

¿ES POLITEÍSTA EL CRISTIANISMO?

La acusación de politeísmo en el cristianismo no se sostiene porque el cristianismo no afirma que cada Persona de la Trinidad es Dios independiente de las otras dos, sino que las tres Personas juntas son Dios. Dios es el Ser personal conformado por las tres Personas en mutua dependencia. Afirmamos que son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero; no tres Dioses distintos y un solo Dios verdadero. Lo último sería una flagrante contradicción. De modo que cuando decimos cosas del tipo «el Padre es Dios», «el Hijo es Dios» y el «Espíritu Santo es Dios», como en los credos, debemos entender que lo que en realidad estamos afirmando es que cada uno de ellos es divino.

Puede decirse con tranquilidad entonces que la PP es divina dado que la SP y la TP también sean divinas, la SP es divina dado que la PP y la TP también sean divinas, y la TP es divina dado que la PP y la SP también sean divinas. Lo que no puede decirse es que la PP sea Dios independiente de la SP y la TP, la SP sea Dios independiente de la PP y la TP, o la TP sea Dios independiente de la PP y la SP. No. El Ser único que llamamos Dios está formado por las tres Personas de la Trinidad y ellas existen en mutua interdependencia.

SOBRE EL ESTATUS DE CADA MIEMBRO DE LA TRINIDAD

Nótese que no es necesario suponer que el Hijo fue engendrado en la eternidad por el Padre, lo cual lo situaría por debajo de Él, en cuyo caso pasajes como Hebreos 5:8 no tendrían sentido porque habría experimentado la obediencia al estar sujeto eternamente al Padre como Hijo. Todas las Escrituras que se refieren a la relación Padre-Hijo pueden (y deben) entenderse desde la perspectiva de la encarnación, no desde la perspectiva de la eternidad.

De hecho, una modificación del argumento Kalam (que depende de que todo lo que comienza a existir tiene una causa), sirve para mostrar que si el Hijo fue «eternamente engendrado», entonces el Hijo tuvo una causa (así esté la causa en el pasado eterno), luego no puede ser parte de la Divinidad, pues todo efecto es esencialmente inferior a su causa.

Por lo tanto, me resulta muy difícil aceptar, como en el Credo de Nicea, que la SP sea eternamente engendrada y pueda mantener su estatus divino al tiempo. Si la SP hubiera sido engendrada desde la eternidad, sería «menos divino» que la PP, algo muy complicado de masticar.

La humillación de la SP en la encarnación y la expiación consiste precisamente en que, antes de ella, era por naturaleza a igual a Dios. No hay nada en su divinidad que fuera inferior a la PP, excepto en el momento en que decreta la creación y acepta encarnarse. Ahí, en cuanto verdadero hombre, se hace sujeto del Padre.

Por tanto, hablar de Padre-Hijo en la Trinidad solo tiene sentido desde la perspectiva de la encarnación. No antes de la creación del mundo.

Cosas demasiado maravillosas

Dice Job después de que Dios lo interpela (Job 42:3):

«¿Quién es este —has preguntado— que sin conocimiento oscurece mi consejo?» Reconozco que he hablado sobre cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas.

Si demasiado encierra una connotación negativa, ¿a qué se refiere Job cuando habla de cosas «demasiado maravillosas»? Puesto de otra forma, si maravillosas es una palabra que encierra un consideración positiva, ¿cómo es que Job contrapone un adverbio negativo a un adjetivo positivo?

El adverbio demasiado aparece en casi todas las traducciones en español de esta cita. Igualmente, en la mayoría de versiones inglesas la traducción es «too wonderful», con la usual connotación negativa que suele tener la palabra too en el inglés, y la positiva de la palabra wonderful.

Para entender la cita en cuestión es necesario revisar el contexto: Job está respondiendo a la pregunta con la cual Dios comienza cuestionándolo (Job 38:2-3):

«¿Quién es este que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo voy a interrogarte, y tú me responderás».

Tras esta introducción, Dios pasa los siguientes dos capítulos dando una lección al patriarca sobre algunos ejemplos de su creación. Job termina tan confundido que solo puede repetir las palabras de la pregunta original de Dios; se siente totalmente abrumado por el conocimiento de quién es Dios contra quién es él.

Pienso aquí en el famoso ensayo de Kant sobre lo bello y lo sublime, que encierra para mí la interpretación correcta del pasaje. Aquí la palabra demasiado exalta lo sublime, y maravillosas, lo bello. En Dios las dos cosas al tiempo se satisfacen. Job está obnubilado. La creación es bellísima, pero el poder necesario para llevarla a cabo es sublime, aterrador.

Por supuesto que nada de esto ha cambiado con nuestro actual desarrollo científico. Seguimos sin poder responder a las preguntas del Creador a Job. Primero que todo, explicar las cosas en términos de leyes naturales es a lo sumo una explicación segunda porque ahora tenemos que explicar cómo es que las leyes aparecen en primer lugar. Segundo, suponiendo que conociéramos las leyes naturales que sirven para explicar el funcionamiento mecánico de toda la naturaleza (and what a big if diría el mismísimo Darwin), tal razonamiento no excluye a Dios, pues como constantemente lo repite el matemático John Lennox, apelar a la ley de la combustión interna del funcionamiento de un motor no hace menos necesaria la explicación de Henry Ford para el mismo motor. Finalmente, leyes como la gravedad o la combustión interna explican el funcionamiento del fenómeno natural de interés, no su aparición por primera vez en la existencia.

Hoy conocemos mucho más de lo que Job conocía. Hoy sabemos que la impresionante complejidad de la creación es mucho mayor que la imaginada por los antiguos, razón por la cual el sentimiento de obnubilación del patriarca no solo no debería desaparecer en nosotros, sino que debería incrementarse. Entender la elegancia y precisión al detalle del diseño natural como hoy lo hacemos no ha hecho la creación más sencilla. Más bien, nos ha abierto los ojos a la increíble complejidad especificada presente en ella. A tal grado que cuando se examina de cerca es difícil no caer postrado de rodillas diciendo como Pablo: «¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!».

Hoy más que nunca sabemos que estamos hablando de cosas demasiado maravillosas que no alcanzamos a comprender. La sublimidad de la belleza en la creación es abrumadora.

Pensar en Dios y su poder suele tener este efecto en el creyente, mezcla de dos cosas: una belleza que atrae como hoyo negro en el centro de una galaxia y una sublimidad que repele hasta sentir terror. Cuando el periodista Lee Strobel entrevistó a Stephen Meyer, filósofo de la ciencia de Cambridge, el segundo culminó su explicación de por qué la ciencia no niega a Dios con la siguiente declaración con la cual termino yo también (traducción mía):

Contemplo las estrellas en el cielo nocturno o reflexiono sobre la estructura y las propiedades de transmisión de información en la molécula de ADN, y son para mí ocasiones de adorar al Creador que las hizo. Pienso en la sonrisa pícara en los labios de Dios a medida que en los últimos años ha salido a la luz toda clase de evidencias sobre la confiabilidad de la Biblia y su creación del universo. Creo que Él ha revelado estas cosas en su providencia y se deleita cuando descubrimos sus huellas en el vasto universo, en las reliquias polvorientas de la paleontología y en la complejidad de la célula.

De modo que, para mí, explorar la evidencia científica e histórica de Dios no es solo un ejercicio cognitivo, sino un acto de adoración. Es una forma de dar al Creador el crédito, la honra y la gloria debidas…

Observar la evidencia —tanto en la naturaleza como en las Escrituras— me recuerda vez tras vez quién es Él. Y también me recuerda quién soy yo: alguien en constante necesidad de Él.

Sobre héroes y tumbas y el cristiano anárquico

Aunque Ernesto Sábato fuera doctor en física y trabajara en los laboratorios Curie de Paris y en MIT, pasaría con el tiempo a descreer de la ciencia porque notó, acertadamente, que esta era incapaz de responder las preguntas más importantes del ser humano. Llegó a decir que mientras trabajó en los laboratorios Curie se encontró «vacío de sentido [y] golpeado por el descreimiento». Como explicando su pensamiento, dice en Sobre héroes y tumbas:

Toda consideración abstracta, aunque se refiriese a problemas humanos, no servía para consolar a ningún hombre, para mitigar ninguna de las tristezas y angustias que puede sufrir un ser concreto de carne y hueso, un pobre ser con ojos que miran ansiosamente (¿hacia qué o hacia quién?)… no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario.

A un periodista le diría alguna vez que lo que percibimos con los sentidos no es lo único que existe. También se dio cuenta por la misma época de sus años de físico, al vivir entre las dos guerras mundiales en Europa y conocer los excesos de Stalin —lo que produjo su rompimiento con los ideales comunistas—, de que la ciencia era amoral, pues los mismos descubrimientos sirven para hacer bien o para hacer mal a la humanidad, dependiendo de la motivación de quien los use. Para un hombre que estuvo tan enamorado de la ciencia y que escaló con éxito por sus montañas hasta llegar a tan altos picos intelectuales, comprender esta realidad debió ser un golpe muy fuerte. Y con toda la razón, porque se pregunta uno: ¿de dónde la insistencia de la Ilustración, la moderna y la posmoderna, en que educar al ser humano va a hacerlo más moral? Tal afirmación no es sino una de las grandes falacias de nuestros encopetados iluminados intelectuales de hoy día.

Continua Sábato, en el mismo párrafo de su anterior cita:

Si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba… la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación.

¡Qué cerca se encontraba Sábato de los grandes pensadores creyentes sin saberlo! Su cambio de carrera de la ciencia a las letras pareciera estar siguiendo el consejo de G. K. Chesterton en su famosa Ortodoxia:

La imaginación no produce demencia. Lo que produce la demencia es la razón. Los poetas no se vuelven locos, los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos se vuelven locos, y los cajeros; pero rara vez ocurre así con los artistas creativos… El poeta solo anhela meter su cabeza en los cielos. El lógico es quien busca meterse los cielos en la cabeza. Y es su cabeza la que explota… Loco no es quien ha perdido su razón. Loco es quien ha perdido todo excepto su razón… Tal es la experiencia del demente; usualmente es él un razonador, con frecuencia uno muy exitoso. Vive en la muy bien iluminada y limpia prisión de una idea.

Y como para terminar de darle la razón a la experiencia de Sábato, añade Chesterton:

En cuanto a explicación del mundo, el materialismo [la doctrina según lo cual solo el mundo material existe] tiene una especie de simplicidad demencial. Tiene la cualidad precisa de los argumentos del orate; tenemos al tiempo la sensación de que lo cubre todo y la sensación de que todo se le queda por fuera.

Volviendo a Sábato, llama la atención la respuesta del argentino al argumento que se planteara en el párrafo ya mencionado. Y llama la atención por partida doble. Primero, porque es completamente racional, llena de sentido. Segundo, porque aunque el físico y escritor resultara muy influenciado por el existencialismo durante sus años en París, particularmente por Jean Paul Sartre, responde en el mismo párrafo tajantemente a la pregunta por excelencia que, según Albert Camus, debía plantearse la filosofía: ¿Por qué no el suicidio? La pregunta es completamente consecuente: si todo lo que existe es el impersonal y frío dato científico, si no hay nada más allá, si no existe Dios, si todo es una vomitiva náusea, ¿por qué no el suicidio? Responde Sábato (y nótese que el mismo Camus encomendaba los libros del argentino):

[El hombre es] una criatura que solo sobrevive por la esperanza. Porque felizmente… el hombre no está solo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no solo de muerte sino de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede…. [los hombres poseen] aquellas insensatas esperanzas, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.

Es decir, la respuesta a por qué no el suicidio es: porque la fe, la esperanza, el anhelo de vida, los momentos de comunión y amor, son todas cosas que apuntan a algo mucho más allá de las suposiciones que planteaban los existencialistas ateos (el adjetivo se justifica porque el existencialismo nace como corriente filosófica en el muy creyente Søren Kierkegaard, y milenios atrás Salomón lo usó para sustentar su libro bíblico de Eclesiastés). Así lo reconoció Sábato, que pasó a decir:

Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (que siempre triunfa sobre ella, porque si no todos nos suicidaríamos), ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?

¡Qué tremendo argumento! La realidad es que si el existencialismo ateo fuera cierto, y si toda la realidad pudiera enclaustrarse en teoremas, experimentos científicos y materia, nada podría aferrarnos a esta vida de manera constante. Sin embargo, el suicidio sorprende porque es la excepción, no la regla. Porque a lo largo de millones de años de existencia del ser humano son solo unos pocos, no muchos, los que se han quitado la vida. Si Sartre estaba en lo cierto, si la vida era una náusea, entonces la pregunta de Camus (existencialista como Sartre pero enemigo intelectual suyo) se seguía directamente de dicho razonamiento.  Pero la respuesta de Sábato desmorona el fundamento sobre el cual se había edificado la pregunta: hay esperanza y ello probaría ontológicamente que hay un Sentido Oculto de la Existencia, así con mayúsculas.

Sobre héroes y tumbas se publicó por primera vez en 1961. Nueve años antes, en 1952, había publicado C. S. Lewis su espectacular Mero cristianismo, donde tiene el famoso argumento de la esperanza al que aludí en la entrada pasada:

Si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo.

Si Sábato no había leído a Lewis al momento de escribir su libro (¡que casi bota a la basura pero su esposa, gracias a Dios, se lo impidió!), sorprende la increíble sintonía del escritor latinoamericano con el anglosajón.

Dice Salvador Dellutri, pastor argentino, en una maravillosa serie de dos programas sobre el autor (aquí y aquí) que Sábato fue un «hombre extremadamente lúcido… en su concepción de la realidad» y poseía «una gran convicción ética». Fue esa gran convicción ética la que al final de sus días, después de trasegar el mundo de las ideas, lo llevó a reconocerle a Dellutri que se había convertido en un «cristiano anárquico». Cristiano porque creía en Cristo y en sus enseñanzas; anárquico porque no se veía perteneciente a ninguna de las iglesias que lo representaban. De hecho, pidió a Dellutri que oraran por él en su iglesia porque creía en la oración de fe. Elvira González, su compañera de sus últimos días corroboró a Dellutri al instante las palabras de Sábato: les gustaría congregarse de vez en cuando porque sabían que les hacía bien, pero la salud del escritor se lo impedía.

Sábato, como hombre ético cabal que era, llegó a concluir que había una ley moral objetiva y que dicha ley inclinaba la balanza fuertemente hacia la existencia de Dios. Cuando Sábato se dio cuenta de que la ética de Cristo en el Sermón del Monte (de la que le habló a Dellutri) era aquello que su alma había buscado por tantos años pasó a entender el Sentido Oculto de la Existencia, el Logos. En Cristo, al final de sus días, descansó su angustia existencial, sabiendo que, como dice Dellutri, Cristo «realmente le estaba dando la razón en cuanto a los valores y en cuanto a la ética, eso que había sido su lucha desde siempre».

Dice Dellutri que el impulso ético de Sábato fue en realidad su intento de buscar a Dios aunque por mucho tiempo el segundo no lo supo. Sábato experimentó en carne propia el argumento moral y siguió la evidencia hasta sus últimas consecuencias, donde la evidencia lo llevó. ¡Qué grande fue Sábato! ¡Qué genio fue Sábato!

Nota final de self indulgence: He escrito en otras ocasiones en este blog sobre varios de los puntos de Sábato referenciados en esta entrada. Se siente uno bien de haber llegado a las mismas dos conclusiones de semejante genio.