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Smerdiakov y el pecado

En Los hermanos Karamazov, Feodor Dostoievsky narra que un soldado ruso cayó capturado en algún país asiático; allí mediante torturas buscaron hacerle cambiar su fe cristiana y convertirlo al islamismo, pero él no renunció y resistió hasta la muerte. El acontecimiento fue real, pues Dostoievsky comentó la noticia en su diario y de allí la incorporó a la novela. Aparte de la encomiable valentía del soldado, me llama la atención el giro teológico que le da el ruso al asunto.

Smerdiakov es un sirviente de Fiodor Pavlovitch —el inescrupuloso patriarca de la familia Karamazov— y posiblemente un hijo no reconocido suyo. Es en boca de Smerdiakov que Dostoievsky plantea su argumento:

Si caigo en poder de unos hombres que torturan a los cristianos y se me exige que maldiga el nombre de Dios y reniegue de mi bautismo, mi razón me autoriza plenamente a hacerlo, pues no puede haber en ello ningún pecado.

Y más adelante explica su postura:

Cuando contesto a la pregunta de los verdugos diciendo que ya no soy cristiano, yo no miento, pues ya estoy «descristianizado» por el mismo Dios, que me ha excomulgado apenas he pensado decir que no soy cristiano. Por lo tanto, ¿con qué derecho se me pedirán cuentas en el otro mundo como cristiano, por haber abjurado de Cristo, si en el momento de abjurar ya no era cristiano? Si no soy cristiano, no puedo abjurar de Cristo, puesto que ya lo he hecho anteriormente. ¿Quién, incluso desde el cielo, puede reprochar a un pagano no haber nacido cristiano a intentar castigarlo? ¿No dice el proverbio que no se puede desollar dos veces el mismo toro? Si el Todopoderoso pide cuentas a un pagano a su muerte, supongo que, ya que no lo puede absolver del todo, lo castigará ligeramente, pues no sé cómo puede acusarle de ser pagano habiendo nacido de padres paganos. ¿Puede el Señor coger a un pagano y obligarle a ser cristiano aunque no lo sienta? Esto sería contrario a la verdad que el que reina sobre los cielos y la tierra diga la mentira más insignificante [énfasis añadido].

¿Tiene razón Smerdiakov? No lo creo. Uno de los errores más comunes es pensar que las malas acciones son en sí mismas pecados. No es así. Las acciones no son el pecado, sino la consumación del pecado. El apóstol Santiago, hermano de Jesús, lo explica con toda claridad en su carta:

Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte (Stg. 1:14-15).

Es decir, el pecado se consuma, se completa, una vez se ejecuta la acción pecaminosa. Pero en realidad, el pecado ya había nacido, y esto antes de ejecutar la acción que lo revela. El deseo nos tienta y el corazón, dejándose llevar por el deseo, toma la decisión de actuar conforme a este. Es ahí cuando nace el pecado, es decir, cuando comienza a existir. El pecado no comienza a existir con la acción, sino con la intención del corazón.

Esto hace entendibles las palabras de Cristo en cuanto a que es posible no haber adulterado físicamente con nadie y haber cometido adulterio toda la vida al codiciar en el corazón a quien no es la esposa. El acto físico no es el pecado en sí mismo, sino la consumación del pecado que ya había comenzado a existir en el corazón. Y, por supuesto, las palabras de Jesús son extensivas a todo pecado, no solo al adulterio.

El estándar del Nuevo Testamento hace explícito lo que en el Antiguo era implícito en medio de tanta ley: antes que en las acciones (posibles de disimular con apariencia de piedad), el pecado está en el corazón que determina el curso de ellas. El mismo Moisés lo entendió así cuando, después de haber dado toda la ley, dijo a los israelitas que se circuncidaran el prepucio pero del corazón  (Dt. 10:16). La circuncisión era la señal del pacto mosaico, y como tal debía apuntar a algo más profundo. La circuncisión simboliza la forma en que debemos llegar a Dios, destapando lo más íntimo de nuestro ser, nuestro corazón. El punto, hecho evidente por Cristo y aún negado hoy por los judíos, es que lo importante es el corazón que determina las acciones y no las solas acciones.

Así las cosas, podemos evaluar las palabras de Smerdiakov a la luz de la real enseñanza cristiana: si él en los zapatos del soldado que murió por su fe hubiera apostatado de la suya, no hubiera quedado exento de pecado porque su acción fuera coherente con la actitud de su corazón, sino condenado porque sus mismos actos revelaban la intención real que había en lo íntimo de su ser. El corazón de Smerdiakov era liviano en su creencia y cobarde. Son estas dos cosas las que subyacen su acción apóstata. Smerdiakov se amaba a sí mismo más que a Dios.

Cuando juzgamos las acciones como buenas o malas, en el fondo queremos decir que la motivación que nos llevó a ejecutarlas era buena o mala, según sea el caso. No es lo mismo dejar caer inocentemente una piedra desde un lugar alto que dejarla caer sobre la cabeza de alguien porque queremos matar a esa persona. La acción puede ser problemática, mas no es el problema fundamental; el problema fundamental es la intención detrás de la acción, la actitud del corazón. Por eso los abogados penalistas hablan de dolo, definido por la RAE como la «voluntad deliberada de cometer un delito a sabiendas de su ilicitud». Y aunque hay diferencias entre la ley civil y la ley moral, el dolo también existe para la ley moral. De hecho, es imposible romper una ley moral en ausencia de dolo. Pecado solo existe cuando hay dolo.

Es por ello que, una vez nos hemos examinado sinceramente a fondo, ninguno de nosotros puede concluir que es bueno o inocente. Conocemos la impureza de nuestro propio corazón. Y Dios, siendo omnisciente, también la conoce. En ausencia de acciones, podemos disimular ante los demás nuestras faltas. No obstante, a Dios no podemos engañarlo, no podemos alegar ante Él inocencia pues, si obramos mal, nuestra propia conciencia nos acusa y Él lo sabe.

Se cuenta que en cierta ocasión el Times de Londres preguntó qué estaba mal con el mundo. G. K. Chesterton, como era usual en él, fue tan breve como certero:

Apreciado señor,

Con respecto a su artículo ¿Qué es lo que está mal en el mundo? Lo que está mal soy yo.

¡El problema soy yo! Es que me miro adentro y no encuentro con qué pararme frente al Dios del cielo. Mis propias obras me condenan porque revelan la suciedad de mi corazón. Lo realmente serio de mis malas acciones es lo que revelan: ¡que el problema soy yo! Lo que está mal soy yo. Lo que hago revela lo que soy, y lo que soy no se diferencia en nada del asqueroso y asustador retrato de Dorian Gray al final de sus días. El profeta Isaías lo dijo de la forma más escueta:

Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana,
sino herida, hinchazón y podrida llaga (Is. 1:6).

Y

Todos somos como gente impura;
todos nuestros actos de justicia
son como trapos de inmundicia.
Todos nos marchitamos como hojas;
nuestras iniquidades nos arrastran como el viento (Is. 64:6).

Y Cristo fue aún más tajante:

Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias. Estas son las cosas que contaminan a la persona (Mt. 15:19-20).

De manera que cuando David Hume escribió en su Tratado sobre la naturaleza humana que éramos esclavos de nuestras pasiones (de las inclinaciones del corazón), contrario a lo que pretendía, no se estaba justificando, sino condenándose con sus propias palabras. No existe la más mínima diferencia entre Smerdiakov y Hume.

Aunque mientras escribo oigo una vocecita interna que me dice: Suaviza eso, que está muy fuerte, honestamente no sé cómo hacerlo. Estoy plenamente convencido de que si alguien no piensa así de sí mismo es porque no se ha examinado con detenimiento o no está siendo sincero.

Aquí radica el fracaso de todas las religiones: como Smerdiakov creen que son las acciones, enajenadas del corazón, las que determinan mi eternidad. La religión, por definición, busca que por medio de mis buenas acciones alcance yo el cielo, llegue a Dios, me salve (las tres expresiones siendo sinónimas). Empero mis propias acciones no me hacen mejor porque el problema no son ellas, sino el corazón con que las ejecuto. Más bien, lejos de justificarme, ellas terminan atestiguando contra mí. Mis mejores actos de justicia son «como trapos de inmundicia». Luego las religiones se quedan cortas porque no hay nada que yo pueda hacer para ganar el cielo.

De este modo, los intentos religiosos por alcanzar a Dios terminan siendo tan solo grotescas manifestaciones de orgullo, pues se necesita mucha arrogancia para creer que uno va a hacer algo que lo ponga a la misma altura de Dios. Todo sistema que busque hacernos salvos por medio de nuestras acciones está condenado al fracaso por reducción al absurdo. No importa si tal sistema es una religión pagana o si, con apariencia de piedad, se disfraza de enseñanza bíblica. No podemos alcanzar el cielo por nuestra propia cuenta.

C. S. Lewis, como es usual, atinó en su diagnóstico de la situación:

Este es el terrible dilema en el que nos hallamos. Si el universo no está gobernado por una bondad absoluta todos nuestros esfuerzos, a la larga, son inútiles. Pero si lo está, entonces nos estamos enemistando todos los días con esa bondad, y no es nada probable que mañana lo hagamos mejor, de modo que, nuevamente, nuestro caso es desesperado.

Anselmo definió a Dios como el ser más grande concebible. Tal definición intuitiva es la forma filosófica en que se expresa el atributo divino más importante: la santidad. Los filósofos lo llaman el ser más grande concebible, los teólogos lo llaman Santo.  Santidad no quiere decir aburrimiento y cara de imbecilidad. Santidad significa literalmente separación, estar más allá de todo. Ser santo es estar separado. Dios por definición es diferente de todo lo que existe, está más allá. Él es Creador, el resto es creación. Él es eterno, el resto es temporal. Él es, todo lo demás llegó a ser. Él es limpio, yo estoy sucio. Él es puro, yo soy impuro. Él es perfecto, yo soy imperfecto.

De modo que alcanzar el cielo, alcanzar a Dios, tiene de coherente lo que la finitud al intentar alcanzar el infinito. Por lo tanto, si yo no me puedo acercar a Él, no queda sino una posibilidad lógica que pueda darme salvación: que Él se acerque a mí. Si Dios mismo no se acerca, no tengo forma de llegar a Él.

Es este el punto que diferencia al cristianismo de las demás religiones y sistemas filosóficos. Y para ser sincero, el mismo punto, aunque muy lógico, es el que lo hace tan difícil de digerir. Porque como se trata de que todo lo hace Él, no nosotros, parece increíble. Nuestra parte consiste en aceptar, recibir el regalo que Él ofrece de estar en relación íntima con Él (esto es la salvación, porque Él es un ser personal, y la cercanía con las personas se mide en nivel de intimidad, no en metros). Pero si de eso tan bueno no dan tanto, entonces no hay nada más en el mapa que dé sentido a la vida y la existencia cae en la angustia que tan bien expresaron pensadores como Sartre o Camus.

Ahora, el hecho de que solo el cristianismo tenga la fuerza existencial para dar sentido a la vida no lo hace necesariamente verdadero, solo deseable. El cristianismo se sostiene o se cae con la resurrección de Cristo, pero eso será material de otro escrito.

Tres libros y el perdón

El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos (Pr. 17:9).

Hace un par de meses leí tres libros en dos semanas y en ese momento hice un escrito conjunto sobre los tres. Así que en vez de hacer el usual comentario individual que suelo hacer de cada uno en Goodreads, pienso resumir mi pensamiento de los tres aquí. Nada tienen que ver con un análisis literario. Solo son mi excusa para hablar sobre el perdón.

El primero de los libros fue Barabbas de Pär Langerkvist, el segundo fue Redeeming Love de Francine Rivers y el tercero fue Oíme bien, Satanás del evangelista argentino Carlos Annacondia… nadie podría decir que no soy de lecturas variadas.

BARRABÁS

Pär Langerkvist fue un escritor sueco, obtuvo el premio Nobel en 1951 precisamente por su novela Barrabás. Aquí narra una historia de ficción sobre la vida de Barrabás desde el momento en que Pilato lo liberó en lugar de Jesucristo. Barrabás es la historia del perdón que Cristo le ofrecía al asesino. El Cristo inocente muere por Barrabas y el culpable asesino queda libre. El relato bíblico de Barrabás es la historia de la redención humana: en Barrabás está representada toda la humanidad: el justo murió por los injustos.

En la novela, después de que Barrabás escapó a su sentencia de muerte, se reunió con algunos de sus secuaces y con una prostituta en una cantina, los pensamientos de ella al ver al asesino meditabundo resumen bien la situación:

No sorprendía que [Barrabás] pareciera un poco extraño después de haber estado encadenado en un pozo por tanto tiempo, tan cercano a la muerte; si un hombre es sentenciado a muerte, está muerto; y si se le deja ir y se le indulta, todavía está muerto, porque así era como estaba y solo se levanta de nuevo de entre los muertos, lo cual no es lo mismo que estar vivo y ser como el resto de nosotros [Traducción mía].

¡Qué barbaridad! (Entre otras porque la prostituta parece haber definido con claridad lo que significa en el cristianismo el nuevo nacimiento). Barrabás, quisiera o no quisiera, debía vivir con el hecho de que Cristo había muerto por él, en su lugar. Tal vez a ningún ser humano se le han anunciado las buenas nuevas de la salvación con tanta claridad como a Barrabás; sin embargo, lo que fuera él a hacer con respecto al sacrificio de Cristo por su vida era cuestión suya.

Y así transcurre el libro, los pensamientos sobre el Galileo se arremolinan en la mente de Barrabás mientras en cada circunstancia de su vida tortuosa Cristo busca acercarse a él y él se niega. Al final, en la historia de Langerkvist, Barrabás muere también crucificado junto a Pedro y otros cristianos. Pero hasta la crucifixión no se ha entregado a Cristo. Como Barrabás era el más fuerte de todos los crucificados, fue el último en morir y así culmina el libro:

Solo Barrabás quedó allí colgando, aún vivo. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, aquello a lo cual siempre había temido tanto, exclamó en la oscuridad, como si a ella le estuviera hablando, «A ti entrego mi alma».

Y rindió su espíritu [Traducción mía].

Debe concederse que es un final magistral a una muy bien contada historia que admite dos posibles fines: o se entregó a la oscuridad en un final que parecería increíblemente frío y fatalista o se entregó a Cristo para salvación en el último suspiro de su vida.

En cuanto a la primera posibilidad, me recuerda a Charles Templeton, un evangelista que en 1946 acompañara a Billy Graham en sus campañas. Dos años más adelante Templeton comenzó a tener dudas sobre su fe y diez años después se declaró públicamente escéptico. Billy Graham narró todo esto en su autobiografía Just as I am. Cuando Lee Strobel preparaba el material para su libro El caso de la fe, entrevistó a Templeton y le preguntó su opinión sobre Jesús. Dice Strobel que todas las facciones del exevangelista se suavizaron al hablar de Él; se deshizo en halagos y terminó diciendo cosas como «¡Yo… lo adoro!» y «Yo… lo extraño,» mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Pero no se rindió a Él (si tiene tiempo lea en este enlace la historia de este encuentro como la cuenta Strobel). Me es difícil no encontrar cierta similitud entre Charles Templeton y el Barrabás fatalista de Langerkvist. Juntos muriendo de sed al pie de la fuente.

El otro final admisible de la novela es que Barrabás haya orado al Cristo que se sacrificó por él y se haya rendido ante el Nazareno después de haber pasado su vida dando coces contra el aguijón. Un final que se me antoja deseable. Porque más allá del final de la novela, no estamos destinados a perdición. La voluntad de Dios es que todos seamos salvos y lleguemos al arrepentimiento, así sea en el último suspiro de nuestras vidas.

El sueco fue deliberadamente ambiguo en su cierre del libro. En el primer caso el fatalismo es obvio. En el segundo, la historia se transforma en otro bellísimo relato de redención.

AMOR REDENTOR

Y es este segundo caso el que me lleva ahora a hablar de Amor redentor, de Francine Rivers. Amor redentor es la novela más famosa de Rivers. En ella se hace un recuento de la historia del profeta Oseas trasladada a la California del siglo 19 en plena fiebre del oro. Durante todo el libro un hombre íntegro, también llamado Oseas, ama a una prostituta con la cual se casa y que vez tras vez lo abandona porque o no le cree al amor de su esposo o no se siente digna de dicho amor. La última vez que ella huyó, lo dejó por varios años. Rivers describe así el sentimiento de Oseas en aquella ocasión:

Bajando su cabeza, lloró.

Sí, había aprendido su propia impotencia. Había aprendido que un hombre puede vivir después de que una mujer le rompe el corazón. Había aprendido que podía vivir sin ella. Pero, oh, Dios, voy a extrañarla hasta que muera…

Mientras los tumultuosos pensamientos se acumulaban en su cabeza, se remontó a una Escritura sencilla a la cual se aferró: «Confía en el Señor de todo tu corazón, y no en tu propia inteligencia» [Traducción mía].

Lloré. Lloré mucho leyendo esta historia (en una curiosidad, como bien los saben mis amigos de mi iglesia local, Dios no ha dejado de recordarme y repetirme esta referencia bíblica en todo este tiempo).

Después de todos los intentos de Oseas, era de ella la decisión tanto de aceptar el amor como de amar. Al final vuelve por el resto de su vida con Oseas, quien siempre la amó.

OÍME BIEN, SATANÁS

Y así quiero terminar con este tercer libro. Annacondia, su autor, es un evangelista argentino y el responsable del tremendo avivamiento espiritual que ha vivido su país. Como me dijera mi pastor, «es un libro pequeño pero aleccionador». Annacondia es un tipo sencillo con mucho poder del Espíritu Santo que se manifiesta en sanidades, liberaciones de demonios y conversos al cristianismo por los miles. La forma en la cual Dios lo usa es admirable y deseable.

Pero más que el poder del Espíritu tan evidente en su vida (que me ha hecho clamar al Señor por una unción semejante en la mía), me llamó la atención la importancia que da al perdón: en su experiencia, la falta de perdón es responsable por que Satanás tome el control de la vida de las personas (¡incluso creyentes!):

Setenta por ciento de las personas que ingresan a la carpa de liberación lo hacen con tremendas posesiones demoníacas, pero en su mayoría el problema espiritual deriva de la falta de perdón.

Narra además cómo también la falta de perdón afecta la salud física:

La mayoría [de las personas] recibe sanidad física al encontrar sanidad interior por medio del perdón… El odio y el resentimiento traen castigo. Muchas veces son la causa de enfermedades que no sabemos de dónde provienen.

Y pasa a decir la siguiente frase contundente:

El perdón no es un sentimiento, es una decisión. Si usted quiere perdonar, el Señor le ayudará a hacerlo (énfasis mío).

El perdón, como el amor, es una decisión. De hecho, perdonar es uno de los más grandes actos de amor, quizás el más grande. Puede decirse que el perdón es condición suficiente del amor: perdonar implica amar.

Lo anterior tiene una doble implicación:

1. Si perdonamos es porque amamos, lo cual es equivalente a que si no amamos entonces no vamos a perdonar.

2. Si creemos que amar es una emoción, vamos a terminar creyendo que perdonar también lo es. El problema con esta mala creencia es que nadie perdona así porque nadie nunca siente ganas de perdonar. Todo en nuestra naturaleza nos lleva a no hacerlo. ¡No! El perdón es un acto de amor y como tal es una decisión.

Perdonar es una decisión porque perdonar es una forma de amar. Y amar es una decisión.

Más adelante dice Annacondia lo siguiente:

El apóstol Pablo nos enseña en Romanos 5.10,11, que «si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación». De la misma manera que al recibir a Cristo en nuestro corazón nos reconciliamos con Dios, dice también Pablo que Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, nos dio el ministerio de la reconciliación. No solamente con Él, sino con todos los que nos han ofendido o lastimado.

La palabra reconciliación proviene del latín reconciliatio y se refiere a la acción de restituir relaciones quebrantadas. A su vez, se traduce a la voz griega katallage, que significa cambiar por completo. Hay varios ejemplos de perdón y reconciliación, pero los más claros los llevó a cabo Jesús que perdonó a Judas, a Pedro y también a los que lo crucificaron, al decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

El mismo Espíritu Santo que ungió a Cristo es el que hoy está morando en nosotros. Cuando predico acerca del perdón, en varias ocasiones veo personas gritar: «¡Señor, perdono!». En ese instante reciben el milagro que con tanto anhelo y fe piden, y son llenas del Espíritu Santo. Esto lo podemos ejemplificar de la siguiente manera: si quiere llenar una botella con agua pero la sumerge con el tapón puesto, pueden pasar horas y horas que no entrará ni una gota de líquido. Debe sacar ese tapón y la botella se llenará. Lo mismo sucede en nuestras vidas, usted debe perdonar. Saque ese tapón que no deja que el Espíritu de Dios fluya con libertad en su vida.

La ilustración de la botella es impresionante. Certera. Pero me llamó la atención también que habla de la forma en que el perdón implica reconciliación, es decir «restituir relaciones quebrantadas». Es aquí donde corresponde la cita bíblica con que empecé este escrito: «El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos». Es difícil creer que haya habido perdón cuando no hay reconciliación porque insistir en la ofensa (o sea, no perdonar) divide.

CONCLUSIÓN

Al final, el cristianismo se trata de perdón en tres formas: El que nos ofrece Dios, el que solicitamos a Dios y a quienes hemos ofendido, y el que otorgamos a quienes nos han ofendido.

1. El perdón ofrecido. Dios nos ofrece el perdón de nuestros pecados. Pero es decisión de cada quien (con consecuencias eternas) si recibe o no el perdón que Dios ofrece. Una posibilidad es ser el Templeton que aun admirando a Cristo se negó a recibirlo o el fatalista Barrabás que peleó toda la vida contra Él y no lo aceptó.

La otra posibilidad es el Barrabás redimido que en su hora final se entregó, o la esposa de Oseas en la novela de Rivers (¡también redimida!) que al final volvió decidida a amar y dejarse amar. Amar y dejarse amar son cosas que requieren humildad.

2. El perdón pedido. Aceptar el perdón de Dios es obviamente reconocer que lo he ofendido. Si no, ¿de qué me está perdonando? Por lo tanto, el perdón pedido implica reconocer que hemos pecado contra Dios y por ello le pedimos perdón. El perdón pedido también nos lleva a reconocer que hemos pecado contra otros y a pedirles perdón.

Arrepentimiento significa empezar a obrar conforme al perdón que pedimos. Trascender las palabras y dejar de hacer lo que estábamos haciendo para ofender a Dios y a otras personas, e intentar restituir en la medida de lo posible.

3. El perdón otorgado. Es notorio que cuando Cristo enseña a orar en el Sermón del Monte, pudo haberse detenido a explicar cualquier punto del Padrenuestro, pero la única explicación que dio fue sobre la frase «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». En efecto, cuando Cristo terminó de enseñar este modelo de oración, lo único que añadió con respecto a ella fue: «Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros su ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas». Es decir, si no perdonamos, nuestras oraciones no son escuchadas. Es más, si no perdonamos, estamos rechazando también el perdón de Dios para nuestra vida.

Hace poco también leía en Proverbios 16:6 que «con amor y verdad se perdona el pecado». Me impresionó. Se requieren las dos (por eso dice Juan que el Logos venía lleno de gracia y de verdad). Perdonar no es hacer de cuenta que la falta no pasó o restarle importancia, lo cual faltaría a la verdad. Perdonar requiere comprensión de la gravedad de la ofensa (verdad) y aún así decidir no usar la falta contra el ofensor e incluso amarlo y restituirlo. La medida de la verdad revela el alcance del amor en el perdón.

Amigo lector, llore delante de Dios ante el abrumador peso de las ofensas que le ha tocado vivir. Pero entienda que su Dios es más fuerte: el poder para amar a pesar de ellas (perdonar) es el regalo que el Señor nos dio en la cruz del Calvario.

Yo sé que duele. Sin contar las pequeñas faltas de otros contra mí, a mí también me ha tocado tomar la decisión de perdonar a quienes me han hecho mucho daño: he vivido el desprecio y la soberbia de unos que me han alejado de los que amo, las traiciones de otros que me han derrumbado todas las ilusiones y la voluntad de vivir, y la violencia familiar que ninguna persona debería vivir. Pero yo decidí perdonar. No porque yo sea muy bueno, pues tengo muy claro que mi capacidad viene de Dios.

Además, para ser sincero, en retribución o por intentar protegerme, hice casi lo mismo con otros en el pasado. Y también tuve que ser lo suficientemente hombre para pedir perdón a Dios y a quienes había ofendido con mis grotescas faltas. Si no perdonaba y no pedía perdón, no iba a disfrutar nunca mi relación con Dios (y piénselo: si Dios existe y su amor y su bondad son infinitos, nada hay en esta vida mejor que estar en comunión con Él). No perdonar a otros y no pedirles perdón a ellos y a Dios habría sido rechazar el sacrificio de Jesucristo en la cruz por mí, me habría privado de lo mejor que he vivido en toda mi vida: caminar de la mano de Dios y experimentar el increíble poder que levantó a Cristo de entre los muertos.

No pretendo entender todo lo que usted ha vivido. No tendría cómo. Pero de acuerdo con lo que yo he vivido sí puedo decirle que es posible perdonar. El poder del Espíritu Santo que resucitó al Señor de entre los muertos va a respaldarlo.

Oro en este momento por usted.

La cabaña

La cabaña es una historia de restauración de la relación con Dios. Trata de la rabia con Dios que experimenta un hombre llamado Mackenzie, que años atrás perdió a su hija menor cuando un asesino en serie la secuestró y la mató. A raíz del profundo dolor, Mackenzie empieza a cuestionar a Dios, de modo que Dios le pone una cita justo en la cabaña donde encontraron a su hija y allí finalmente criatura y Creador restauran su relación.

La cabaña, por tanto, intenta ser una novela sobre la teodicea. En filosofía y teología, la teodicea trata sobre cómo reconciliar la existencia del mal con la existencia del Dios omnipotente, omnipresente, omnisciente y bueno del cristianismo.

LO BUENO

Aunque hay muchos argumentos filosóficos y teológicos convincentes sobre por qué el mal y el Dios cristiano coexisten en el presente, tales argumentos no han descendido a la cultura popular y poco cuidado se presta a una apologética existencial del problema del mal. Las respuestas intelectuales pueden ser interesantes, pero solo están al alcance de quienes tengan dicha inclinación. La cabaña se presenta como una alternativa popular para resolver esta pregunta. Su gran acogida en el papel y el cine muestra la urgencia que tiene nuestra sociedad de encontrar respuestas al problema del mal desde la experiencia y con alcance popular.

Y la razón para ello es clara. Vivimos en un mundo caído. Por esa sencilla razón, todos vamos a experimentar el mal en algún momento. Y cuando el mal aparezca, ni el más estructurado de los intelectuales pensará: «Oh, como es lógico que Dios y el mal coexistan en el presente, ya no me duele» (léase con afectada voz de intelectual soberbio). No. Cuando el mal golpea nuestra vida, las respuestas naturales del hombre son: «¿POR QUÉ A MÍ?», «¡DÓNDE ESTÁS, SEÑOR!» o «¡DIOS MÍO, POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO!».

Déjeme ser franco al respecto, la gran virtud de La cabaña es que realmente alivia el corazón de quienes tenemos o hemos tenido el corazón destrozado. Es una pomada al alma. No hay forma de disimularlo. Cada persona que he conocido cuyo corazón está adolorido se ha sentido al menos entendida después de haber leído el libro o visto la película. Tal cosa es mucho más de lo que puede decirse después de que quienes hemos sufrido hablamos con creyentes de «vidas perfectas» (¡Dónde están los perfectos!). Por eso no me avergüenza decir que, una vez me permití adentrarme en su género literario, lloré desde la primera hasta la última página.

Otra gran virtud de La cabaña es haber intentado una respuesta al problema del mal con alcance popular. Paul Young, su autor, teniendo claro su público —la gran masa de la población—, busca tocar emociones profundas del dolor humano y la sanidad del alma herida. Y desde su perspectiva pop lo logra. Este es un punto valiosísimo de La cabaña: hacer obvia la necesidad que tiene nuestro mundo Occidental de encontrar respuestas alcanzables al problema del mal. El éxito de La cabaña resaltó que a nuestra sociedad no le interesa tanto volverse atea, sino resolver sus inquietudes teológico-filosófico-existenciales. Reconciliar los sufrimientos de esta vida con la idea innata de que Dios existe.

Un tercer punto valioso es su aproximación a la relación íntima que evidencia la trinidad de Young en su obra. La versión de Dios de Young muestra una relación dinámica, viva, entre su trinidad, que hace muy bien en desdibujar la concepción que se tiene de la Divinidad como una entidad aburrida en la que el cielo es un lugar sin diversión y Dios, un ser eterno carente de toda emoción. La trinidad de Young es alegre, en ella cada uno de sus miembros disfruta al máximo su relación con los otros dos. Una trinidad que, en términos de la relación entre sus miembros, con toda seguridad es mucho más cercana a la realidad que la aburrida concepción del platonismo cristiano que heredamos del Medioevo. Encomiable.

El cuarto punto valioso de La cabaña está en enfatizar que Dios está emocionalmente comprometido con mis situaciones. Dios sabe lo que nos duele. Él mismo experimentó todo este dolor. No fue solo Cristo quien sufrió en la crucifixión. La Trinidad experimentó la muerte desde los dos lados. El Hijo muere y el Padre experimenta la pena de la separación y el duelo. No hay emoción, no importa cuán dolorosa sea, que el Dios trino del cristianismo no conozca y por la cual no pueda compadecerse de nosotros. Dios nos entiende y quiere restaurarnos a la comunión con Él. Tal comunión es lo más seguro que podemos tener en este mundo, cuyas alegrías en ausencia del Máximo Bien son a lo sumo pasajeras, cuando no ilusorias.

Antes de pasar a la siguiente sección, es menester hacer una aclaración: al leer las revisiones en inglés de La cabaña, uno de los puntos más criticados fue el aparente universalismo que Young plantea. El universalismo es una creencia que la mayoría de la iglesia cristiana no adhiere, según la cual todos los seres humanos al final van a ser salvos. Es bueno saber, como Young reconoce aquí, que no adhiere al universalismo.

LO MALO

Ante tantas cosas buenas, el lector se preguntará si realmente La cabaña tiene cosas malas. Sí, las tiene. Y deben mencionarse. Hace poco, una persona cercana me cuestionaba por qué criticar La cabaña cuando podría estar acercando a tanta gente a Dios. La respuesta es que nuestra cosmovisión, es decir, nuestra concepción de lo que constituye la realidad, va a afectar directamente nuestra vida. Lo que hoy creemos los cristianos se ha forjado a un precio muy alto a lo largo de la historia. Un precio muy alto hasta para el mismo Dios, y también para los creyentes que a lo largo de la historia han entregado sus vidas para que el cristianismo sea hoy lo que es. Considérese por ejemplo la cantidad de herejías que menciona wikipedia en el cristianismo. La verdad es que en muchas de ellas siempre hubo cristianos dispuestos a ofrecer sus vidas para que usted y yo pudiéramos creer lo que hoy creemos. La sana doctrina merece defenderse.

LA IMPORTANCIA DE LAS COSMOVISIONES

¿Por qué son importantes las cosmovisiones, es decir, aquello que en el fondo de nuestro ser consideramos verdadero? Porque nosotros los humanos, seres inteligentes (aunque lo disimulemos muy bien en ocasiones), construimos el edificio de nuestra vida con base en lo que creemos, lo que aceptamos cierto.

En contravía con la Posmodernidad pero de común acuerdo con la lógica, la verdad es por definición exclusiva. 2 + 2 = 4 y es imposible que 2 + 2 sea 1, 5, 8 o 1534. El hecho de que 2 + 2 sea 4 excluye de inmediato las infinitas posibles soluciones restantes. Y está bien que la verdad sea excluyente. ¿Por qué?

Suponga que yo vendo manzanas y creo que 2 + 2 = 10, entonces cuando venda 2 + 2 manzanas voy a estar esperando la ganancia de 10 y terminaré enojado con la vida y con los clientes, además de frustrado, cuando no reciba sino la ganancia de 4. Por otro lado, si voy a comprar 2 + 2 manzanas de mi proveedor y espero 10, me voy a llevar una sorpresa grande cuando solo reciba las 4 que pedí y un posible gran problema con el proveedor porque va a pensar que soy deshonrado y lo quiero estafar. El ejemplo es trivial, pero ilustra la realidad.

La verdad es una sola (2 + 2 = 4), pero lo que yo considero verdad (2 + 2 = 10) no necesariamente coincide con lo que es verdad. Es ahí donde se presentan los inconvenientes… o se minimizan. Entre más apegada a la realidad esté mi cosmovisión, menos problemas voy a tener. Entre más alejada, más problemática va a ser mi existencia.

En otro ejemplo, suponga que el velocímetro de su carro se daña y apunta 10 millas por debajo de la velocidad real; cuando el policía de tránsito lo detenga y lo multe por exceso de velocidad, no va a poder usted justificarse porque la realidad es que iba por encima del límite, sin importar lo que su velocímetro dijera. Si creo que el cigarrillo no hace daño y fumo todo el tiempo en mi casa, es altamente probable que quienes conviven conmigo y yo terminemos gravemente enfermos de los pulmones. Si en mi cosmovisión bailar está mal y yo bailo, mis propias convicciones terminan haciendo que bailar no sea tan placentero porque mi conciencia me acusa. En el caso opuesto, si mi cosmovisión no enseña que bailar está mal y yo no bailo, me estoy restringiendo innecesariamente de una forma sana de diversión, lo cual puede terminar siendo frustrante para mí.

Si mi cosmovisión enseña a perseguir a muerte a quienes se opongan a ella (como sucede con el islam), entonces me va a parecer que está bien hacerlo. Si mi cosmovisión enseña que está bien ridiculizar y hacerles perder sus trabajos a quienes no piensen como yo (como ocurre con la ideología de género), entonces voy a hacer perder el trabajo a quienes no piensen como yo y los voy a ridiculizar. Si mi cosmovisión enseña que el sumom bonum es la búsqueda del placer por el placer (como en el hedonismo actual), entonces me va a parecer que matar bebés no nacidos es justificable y correcto: el placer de la sexualidad activa y de no frustrar los planes de vida están primero. Si a mi cosmovisión le parece que la felicidad está en la restricción del placer (como en el ascetismo), entonces voy a vivir una vida en la que restrinja los deseos y todo el que me divierta parecerá desviación. Si creo que Dios no existe y al final sí existe, de acuerdo con la apuesta de Pascal, me va a ir muy mal. Si creo que Dios existe, entonces soy responsable ante Él.

Lo que yo crea que constituye la realidad va a tener efectos importantísimos en mi forma de pensar; de actuar; de concebir a los demás, a Dios y la eternidad. Por eso es tan importante que lo que yo crea sea consonante con la realidad.

En particular, la forma en la que concebimos a Dios va a ser importante porque va a afectar nuestra concepción de la realidad, de lo que está bien o mal, y de nosotros mismos. Es a ese hecho y sus implicaciones que a continuación dirijo mi atención en el contexto de La cabaña.

¿Dios mujer?

El primero y más obvio de todos los errores es hacer imagen de Dios Padre y Dios Espíritu Santo. Llamar a Dios Padre y tratarlo en femenino, cosa que ocurre a lo largo de casi todo el libro, es una tergiversación difícil de ignorar. En el menor de los casos genera confusión sobre la identidad misma de Dios. ¿Por qué llamarlo Padre y tratarlo de ella? Dios no es Dios de confusión.

Esta es una de las razones para haber hablado tanto antes sobre qué es una cosmovisión. El judeo-cristianismo enseña que los seres humanos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. De modo que si el género de Dios no importa, entonces el de los humanos tampoco importa. Aquí veo un problema grave con cercana correspondencia al pensamiento liberal que busca imponer que en términos de género cualquier cosa es válida (LGBTI… ABCDEF…). Pocas cosas mejores se me ocurren para vender la ideología de género dentro del cristianismo que hacer que el Dios a imagen del cual estamos hechos los seres humanos pueda ser de cualquier sexo de manera cambiante, como ocurre en La cabaña.

En los círculos teológicos liberales tiene hoy fuerza un tipo de teología feminista. En la teología feminista uno de los objetivos declarados es respaldar «el uso de nombres de Dios que sean o independientes del género o de género múltiple argumentando que el lenguaje impacta poderosamente lo que creemos sobre el comportamiento y la esencia de Dios» (¡La teología feminista entiende la potencia de una cosmovisión!). Exactamente lo que hace La cabaña.

No obstante, lo que termina convirtiéndose en una curiosidad es que la teología feminista, en el intento de defender el feminismo, termina relativizando el concepto mismo de mujer. Dicho en otras palabras, la ideología de género es completamente contraria a la ideología feminista, como las mismas representantes del feminismo lo han reconocido en variadas ocasiones (por ejemplo aquí). En la ideología feminista el género importa: ser mujer es lo importante. Sin embargo, en la ideología de género, ser mujer (u hombre… o cualquier otra percepción sexual propia) no importa. Mientras que en el feminismo el género es lo más importante, en la ideología de género el género no importa y es maleable a la forma en la que quiera expresar mi sexualidad en el momento presente… que puede ser diferente a la futura y la pasada.

De manera que la aclaración teológica es relevante y tiene profundas implicaciones en términos de cosmovisión. Debe decirse entonces que encarnar al Padre y al Espíritu es un error doctrinal que viola el primer mandamiento. Hay una razón por la cual al Padre no se le suelen hacer imágenes en el judeo-cristianismo: sus atributos sobrepasan por lejos, como está el cielo de la tierra, como está distante la infinitud de la finitud, todo lo que sobre Él podamos expresar. Las imágenes implican necesariamente una reducción que solo menoscaba su santidad: el hecho de que Él esté más allá de toda su creación y todo lo que nos podamos imaginar.

Segundo, es un error teológico difícil de pasar por alto. Tiene más de la ya mencionada teología liberal feminista tan en boga hoy en los círculos académicos, mejor caracterizados por sus ganas de someter el cristianismo a la cultura que por su efectividad en producir salvación y santidad. «Dios [Padre] es espíritu», es cierto. Y el Espíritu Santo… bueno, también es espíritu. De modo que las Personas Primera y Tercera de la Trinidad no son ni hombre ni mujer. No obstante, es claro en toda la Biblia que Dios siempre se identificó en términos masculinos. Los sustantivos Dios, Padre y Espíritu son claramente masculinos, de manera que el cambio parece obedecer más a una malsana asimilación de los dictados posmodernos que a la integridad doctrinal del cristianismo bíblico. Aunque haya partes del texto bíblico donde se utilicen símiles o metáforas de Dios con lo femenino —las hay—, todos los sustantivos (y sustantivo viene de sustancia) con los cuales la Biblia se refiere a Él (¡Él!) son exclusivamente masculinos.

Finalmente, cuando la Segunda Persona de la Trinidad decide encarnarse, lo hace en un hombre. Y Cristo nos dice que conocerlo a Él es conocer al Padre, que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre. Cristo —con perdón de la perogrullada— es hombre, masculino; en consonancia con los nombres que le da todo el Antiguo Testamento a Dios.

Es la Encarnación la razón fundamental por la cual no se suelen considerar problemáticas ciertas representaciones de Dios en el arte. Porque son imágenes de Cristo, Por ejemplo, Aslan corresponde a la Segunda Persona de la Trinidad encarnada.

EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA

—¿Es… es un hombre? —preguntó Lucy.

—¡Aslan un hombre! —exclama el Sr. Castor con seriedad—. ¡Claro que no! Te digo que él es el rey del bosque y el hijo del gran emperador allende los mares. ¿No sabes quién es el rey de las bestias? Aslan es un león… el león, el gran león.

—¡Ahh! —exclamó Susana—, yo creía que era un hombre. ¿Es él… lo suficientemente seguro? Yo me sentiría nerviosa de encontrarme con un león.

—Seguro que te sentirás así, querida mía, sin lugar a dudas —dijo la Sra. Castor—, si existe alguien que pueda aparecerse ante Aslan sin que le tiemblen las piernas, ese alguien es más valiente que la mayoría, o sencillamente un tonto.

—¿Entonces él no es seguro? —dijo Lucy.

—¿Seguro? —repitió el Sr. Castor—. ¿No estás escuchando lo que dice la Sra. Castor? ¿Quién mencionó la palabra seguridad? Por supuesto que no es seguro. Pero él es bueno. Él es el rey, te lo aseguro.

C. S. Lewis. El león, la bruja y el armario.

La cabaña, propio de la cultura pop que representa, menciona al Dios Trino como si fuera uno de nosotros, despojándolo de toda su santidad. Ser santo no significa ser místico o aburrido. Santo  significa separado. Todos los atributos de Dios están marcados por su santidad. La santidad de Dios lo separa en el resto de sus atributos de nosotros. Por ejemplo, su capacidad de amar es ilimitada, mientras que la nuestra no lo es ni con nuestros seres más queridos.

Pero la santidad de Dios tiene otra característica también: Él es grande; yo soy pequeño. Él, como lo reconoció Job, tiene plenitud de poder para crear todo este mundo, sus obras son para nosotros cosas demasiado maravillosas que no alcanzamos a comprender. Su grandeza, magnificencia, poder y la infinitud en sus atributos solo pueden describirse a ojos humanos como encanto aterrador. Él es sublime.

Por eso, cuando el Señor dio a Israel los Diez Mandamientos, el pueblo de Israel prefirió no verlo de frente y optó por dejar a Moisés como intermediario. Por eso el mismo Dios, aunque llama a Moisés su amigo, le dice que no puede verlo de frente y, en un muy ilustrativo antropomorfismo, Moisés solo puede verle la espalda; ¡el mismísimo Moisés! Por eso, cuando Dios llama a Isaías, la reacción del profeta fue decir «¡Ay, de mí, que estoy perdido!». Por eso cuando habla con Daniel, el sabio sintió que las fuerzas lo abandonaban. Por eso cuando apareció a los apóstoles tras la resurrección, ellos quedaron aterrorizados. Por eso cuando el Cristo ascendido se reveló a Pablo, él cayó al piso y quedó ciego solo logrando balbucear «¿Quién eres, Señor?». Por eso cuando Juan, ¡el discípulo amado!, tuvo la visión de los tiempos finales y vio al Hijo del Hombre, cayó como muerto.

El principio de la sabiduría es el temor de Dios. Y no. No es el «temor reverente» que muchos enseñan. Es el asustador reconocimiento de quién es Él y quién soy yo, la infinita diferencia entre su santidad y la mía, su amor y el mío, su pureza y la mía, su justicia y la mía, su poder y el mío… solo por su misericordia —que tampoco se parece en nada a la mía— no hemos sido consumidos. Lo que los personajes bíblicos descritos sintieron no fue el acomodado «temor reverente»; fue pavor de pensar que morirían porque sus ojos habían visto al Rey.

Así las cosas, es inexplicable la trivialización de la Divinidad en el libro porque Mackenzie, el personaje central, habla todo el tiempo con cada miembro de la Trinidad como quien habla con el vecino, «¡’Toes qué, Parcero!… ¿O Parcera?». Como le dijera el Sr. Castor a Sussie: tiene alguien que ser muy valiente o muy tonto para hacerlo… y ser la primera no excluye la segunda. El principio de la sabiduría es el temor de Dios. Luego no hay sabiduría ninguna en afrontar el problema del mal sin temor al Santo, Santo, Santo.

Aslan no es seguro, acercarse a Él requiere temor y reverencia. Pero es bueno.

LA AMBIGÜEDAD

Uno de los mayores problemas con La cabaña es la ambigüedad. Por ejemplo, con respecto al universalismo, recuerdo haber leído primero una cosa que me dio a pensar: Esto no me huele bien. Sin embargo, un poco más adelante recuerdo haber pensando: Ah, no, aquí está diciendo ya lo contrario. Dicha ambigüedad es para mí uno de los peores problemas de La cabaña, patente a lo largo de todo el libro; casi todas sus afirmaciones dan para pensar una cosa y después dice algo que llevaría a pensar otra cosa del todo opuesta.

Creo que casi todas las críticas que eruditos cristianos, celosos de la sana doctrina, han hecho (por ejemplo esta durísima de Albert Molher) se pueden explicar mejor así. Realmente en La cabaña rara vez es clara la posición del autor. En unas partes da a pensar una cosa y en otras, otra. Ante tanta ambigüedad, criticar la pureza doctrinal de La cabaña en gran parte de sus afirmaciones teológicas se vuelve complicado. Pero es indudable que Young parece moverse en arenas movedizas, en el mejor de los casos, o navegar a dos aguas, en el peor. La ambigüedad es peligrosa en cualquier ámbito y la teología no es la excepción.

Otro ejemplo de tal ambigüedad puede verse a continuación. Cuando Dios explica a Mackenzie, el personaje principal del libro, que decir «la verdad» sin amor en el fondo no es verdad, lo hace en los siguientes términos:

Muchas personas inteligentes pueden decir muchas cosas correctas con el cerebro, porque les han dicho cuáles son las respuestas correctas, pero no me conocen en absoluto. Así que, en realidad, ¿cómo pueden ser correctas sus respuestas incluso siendo correctas? No sé si entiendes a lo que me refiero —su juego de palabras le hizo sonreír—. En definitiva, aunque estén en lo cierto, están equivocados.

Aunque lo que quiere decir es correcto, la ambivalencia se presenta dos veces en un solo párrafo: «¿Cómo pueden ser correctas sus respuestas incluso siendo correctas?» y «En definitiva, aunque estén en lo cierto, están equivocados». 

Un último ejemplo, más grave, de tal ambigüedad ocurre cuando Young trata con la encarnación. El autor dice que no fue solo la Segunda Persona de la Trinidad quien se encarnó, sino también el Padre. Por lo tanto, como ella (¡el Padre!) se encarnó con el Hijo, entonces también comparte las cicatrices en sus manos de la cruz de Cristo. No obstante, pocas páginas más adelante, da a entender que aludir a la encarnación del Padre es solo en sentido figurado.

Es muy importante entender que no toda la Trinidad se encarnó y murió por nuestros pecados, sino solo el Hijo. Si toda la Trinidad se hubiera encarnado y hubiera sufrido la muerte, habría existido un momento en el cual no hubo Dios. Uno de los puntos más hermosos de la Trinidad cristiana cuando se compara con otras religiones monoteístas como el judaísmo y el islamismo es que al ser Dios tres Personas diferentes y un solo Dios verdadero, puede darse el lujo de que una de ellas muera físicamente un momento sin que Dios —y todo lo que Él creó— deje de existir. Si Dios fuera una sola persona y hubiera muerto, entonces no habría quién lo resucitara y el mundo que creó habría perecido con Él. No así en la Trinidad; el Padre ni se encarna ni muere en sacrificio por nuestros pecados. Si el Padre hubiera muerto, nadie habría podido resucitar a Cristo. Al contrario, lo que la Biblia enseña es que el Padre quedó satisfecho con el sacrificio del Hijo y por ello lo resucitó. Si el Padre y el Hijo hubieran muerto, Dios habría dejado de ser Dios y su nombre cambiaría de Yo Soy a Yo fui, en cuyo caso no podría salvar a nadie. Recuerde: la cosmovisión importa.

CONCLUSIÓN

En este momento estoy viviendo una de las crisis internas más fuertes de mi vida, tal vez la más fuerte; el resumen de la situación puede estar en que he perdido casi diez kilos de peso. Oro día tras día por un milagro que no ocurre. La mayoría de cosas que creía saber sobre la vida ya no las sé. En el mejor escenario, dudo de ellas; en el peor, las deseché por completo. Como Asaf, el director de alabanza del rey David, oro:

Cuando estoy angustiado, recurro al Señor;

sin cesar elevo mis manos por las noches,

pero me niego a recibir consuelo.

Me acuerdo de Dios, y me lamento;

medito en Él, y desfallezco.

No me dejas conciliar el sueño;

tan turbado estoy que ni hablar puedo.

Me pongo a pensar en los tiempos de antaño;

de los años ya idos me acuerdo.

Mi corazón reflexiona por las noches;

mi espíritu medita e inquiere:

«¿Nos rechazará el Señor par siempre?

¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad?

¿Se habrán agotado su gran amor eterno

y sus promesas por todas las generaciones?

¿Se habrá olvidado Dios de sus bondades,

y en su enojo ya no quiere tenernos compasión?».

Y me pongo a pensar: «Esto es lo que me duele:

que haya cambiado la diestra del Altísimo».

No obstante, tener que soportar a los creyentes de vidas perfectas con su palabrería y su superioridad moral lo ha hecho aún más difícil. Siempre tienen algo para decir: «Si hubieras hecho las cosas así, no te doloría», «No entiendo por qué te duele, ¿acaso Cristo no es suficiente?», «Si de verdad cambiaste, espero que hagas esto y aquello» o «Si de verdad estás arrepentido, vivir como yo es lo que deberías hacer». No hay consuelo, solo son sal en la herida. Por ellos, removerían este salmo de Asaf y casi que los otros 149, además de las Lamentaciones de Jeremías. ¿Qué parte de «me niego a recibir consuelo» no entienden? Eso sí, prefieren ver ciego a Bartimeo, y acusarlo de pecado a él y a sus padres que —¡Dios no lo quiera!— permitir su curación en día de reposo. El dolor ajeno les eleva la autoestima de creerse justos en su propia opinión. Cuando Elifaz, Bildad y Zofar, los amigos de Job, le cayeron encima por todo el dolor que estaba sobrellevando, ya aburrido de sus peroratas, el patriarca les respondió:

Muchas veces he oído cosas como estas;

consoladores molestos sois todos vosotros.

¿Tendrán fin las palabras vacías?

¿O qué te anima a responder?

También yo podría hablar como vosotros

si vuestra alma estuviera en lugar de la mía;

yo podría hilvanar contra vosotros palabras,

y sobre vosotros mover mi cabeza.

Pero yo os alentaría con mis palabras,

y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor.

Si hablo, mi dolor no cesa;

y si dejo de hablar, no se aparta de mí.

Por eso, aunque la doctrina de La cabaña no sea la más ortodoxa, últimamente ha llegado a entender su amplia aceptación. A partir de mi experiencia, he podido entender por qué ha a aliviado a personas a quienes los cristianos que las rodean han sido a lo más «consoladores molestos». Young está muy lejos de ser el Eliú (aquel joven que le habló a Job con sensatez, a diferencia de sus tres amigos sabios) tras el cual vino la misma voz de Dios, pero ofrece mucho más que Elifaz, Bildad y Zofar.

Si alguien está padeciendo enfermedad y ha ido a todos los médicos tradicionales sin que ninguno haya podido sanarlo, es al menos cuestionable no intentar métodos alternativos. He conocido bautistas y presbiterianos consumados que en el medio de crisis de salud propias o de familiares, una vez agotados los recursos de la medicina tradicional, corren raudos en busca del milagro hacia los pentecostales o los carismáticos. He conocido también ateos que consultan brujas para que les sanen las dolencias de cuerpo y alma. Porque la verdad es que si estamos muy enfermos, vamos a intentar lo que sea con tal de encontrar una solución. Nadie le pide al médico una declaración de fe antes de consultarlo. La mujer con el flujo de sangre que se acerca a tocar el manto de Jesús es un caso puntual (aquí). A pesar de que había gastado todo su dinero en los médicos de la época, siempre me ha llamado la atención que Jesús no le dijo primero: «Señora, antes de sanarla venga y me dice quiénes fueron los doctores que la vieron a ver si no se ha alejado usted de la ortodoxia». No. Jesús no hace eso. Él simplemente la sana de acuerdo a su fe. El Evangelio según San Marcos repite por todas partes que al Señor lo movía la compasión. Eran los legalistas fariseos quienes se indignaban por que Jesús rompía la ley de Moisés curando en día de reposo. ¡Sanas doctrinas de personas enfermas! ¡No les creo!

No obstante, la sana doctrina es importante, repito. Tanto que Pablo en todas sus cartas pasa la mayor parte del tiempo explicando la teología correcta para luego proceder a las implicaciones prácticas en un pedazo corto al final de ellas. Tales porciones finales sobre del diario vivir tienen sentido por el extenso y meticuloso desarrollo que el Espíritu Santo requirió para explicar el porqué de ellas a través del apóstol. Alguien me citará entonces a Pablo cuando les dice a los Filipenses lo siguiente:

Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad, pero otros lo hacen con buenas intenciones. Estos últimos lo hacen por  amor, pues saben que he sido puesto para la defensa del evangelio. Aquellos predican a Cristo por ambición personal y no por motivos puros, creyendo que así van a aumentar las angustias que sufro en mi prisión.

¿Qué importa? Al fin y al cabo, y sea como sea, con motivos falsos o con sinceridad, se predica a Cristo.

Y es cierto. Pero ni siquiera Filipenses rompe el molde de la típica carta de Pablo, en la cual los tres primeros capítulos los usa para explicar doctrina y el capítulo final, en en que pasa a explicar las implicaciones prácticas, lo inicia con un diciente «Por lo tanto». Es decir, la aplicación se deriva por completo de la doctrina enseñada en las primeras tres cuartas partes de la epístola. La conclusión de todo esto es que predicar a Cristo de la forma que sea es mejor que no predicarlo, pero predicarlo de acuerdo a la verdad es muchísimo mejor que predicarlo por (o con) razones cuestionables.

Por ello, desde que leí La cabaña, me he preguntado qué le costaba a Young haber sido más ortodoxo en la doctrina… o más claro en los conceptos. Cuando uno lee los agradecimientos al final del libro, el autor menciona su deuda intelectual con muchos de los más grandes nombres del cristianismo presente y pasado, de modo que no puede alegarse que desconozca de qué estaba hablando. La verdad es que ser más claro y más ortodoxo no hubiera cambiado el objetivo del libro, porque el alivio que el libro brinda proviene de la intimidad de las relaciones entre los miembros de la Trinidad y la de su relación con el hombre. Y esto es claro precisamente por el desdén con que Young trata la doctrina a la hora de enfatizar su punto. A él le importa la relación, no la doctrina.

De modo que todos los aspectos tan sumamente rescatables del libro en términos de relación se habrían podido enfatizar sin comprometer la doctrina. Si alguien lee el libro con calma, se dará cuenta de que su énfasis en la relación es tan fuerte que mantener la doctrina pura realmente hubiera elevado el argumento, no menoscabado el objetivo. Mostrar que el dolor y Dios coexisten en este mundo presente y que Él puede sanar nuestras heridas no necesita encarnar al Padre y al Espíritu (por referir solo uno de varios ejemplos de doctrina cuestionable) y menos poner al Padre a expiar nuestros pecados. El cristianismo habla de la presencia real del Dios trino en determinado lugar sin necesidad de encarnar al Padre y al Espíritu, luego nada habría cambiado de fondo si el Padre y el Espíritu se mantienen reales, no encarnados y cálidamente presentes en aquella cabaña, de manera que Mackenzie pudiera hablar con ellos y obtener sanidad.

Cristo no critica a la mujer con el flujo de sangre por haber gastado todo lo que tenía en médicos sin importar lo que creyeran, es cierto; pero al final es Cristo quien la sana, no los médicos. La cabaña habría podido ser mucho más que un éxito de ventas y una pomada para el dolor del alma; La cabaña habría podido brindar real sanidad. 

Sobre las traducciones modernas de la Biblia

INTRODUCCIÓN

Apareció un anónimo que se volvió viral en redes sociales criticando duramente y con toda ignorancia las traducciones modernas de la Biblia, argumentando que son satánicas porque omitieron versículos que aparecían en la Reina-Valera. Omar Daldi, presidente de la editorial cristiana Peniel respondió de manera muy clara y cita el anónimo completo, pero yo también quiero añadir una respuesta desde otro ángulo.

Así que empecemos por el principio: La Biblia está escrita en 3 idiomas: hebreo, arameo y griego. Casi todo el Antiguo Testamento (AT) está en hebreo, con la excepción de ciertas partes en los libros de Esdras y Daniel que están escritos en arameo. Es mayoritariamente aceptado entre los entendidos que el Nuevo Testamento (NT) se escribió originalmente en griego.

De los manuscritos originales, que suelen llamarse autógrafos, no poseemos ninguno; seguramente se perdieron; si no se perdieron, no los hemos encontrado. Como sucede con todos los escritos de la Antigüedad ocurre también con la Biblia: los eruditos tienen que intentar reconstruir el texto original a partir de los textos posteriores que tienen a disposición. Solo poseemos copias de copias de copias de los autógrafos. La gran diferencia entre la Biblia y otros textos de la Antigüedad es que de la Biblia poseemos múltiples referencias y muy tempranas. Por ejemplo, en 1947 se descubrieron los rollos del Mar Muerto, que contienen manuscritos del AT datados hasta del s. II a.C. Por otro lado, del Nuevo Testamento, hoy poseemos una cantidad casi exagerada de textos que son copias cercanas a los originales. Volveremos sobre este punto más adelante.

REVELACIÓN E INSPIRACIÓN

Empecemos por la revelación. No busco referirme aquí los tipos de revelación (especial o general), sino a la definición como tal. Puede entenderse la revelación bíblica en dos sentidos: Primero, el literal: revelar es quitar el velo de algo que antes estaba oculto. Así se entienden partes de la revelación bíblica como Apocalipsis y las profecías veterotestamentarias. De hecho, la palabra griega apocalipsis significa exactamente eso: revelación. El libro del Apocalipsis es la revelación de los tiempos finales que obviamente nos estaban ocultos y no podríamos haber conocido si Dios no se los hubiera mostrado al apóstol Juan. Tal aspecto de la revelación es real pero no abarca la totalidad de la Escritura. Para ver esto considérese por ejemplo 2 Timoteo 4:9, donde Pablo, encarcelado en Roma, dice a Timoteo: «Haz todo lo posible por venir a verme cuanto antes». No hay aquí una enseñanza tipo Apocalipsis y sin embargo los cristianos también aceptamos que este pasaje es parte de la revelación de Dios. ¿Por qué?

Porque así como en el ejemplo citado de 2 Timoteo, las cartas de Pablo —y muchas otras porciones de la Biblia— están llenas de mensajes que no pueden catalogarse como quitar el velo a una enseñanza oculta, mas no quiere esto decir que en tales porciones no esté buscando Dios comunicarnos un mensaje. De modo que cuando nos referimos a la revelación queremos decir sobre todo comunicación de Dios.

Ahora pasemos a la inspiración. Cuando decimos que la Biblia es inspirada, queremos decir literalmente que es respirada por Dios. La inspiración tiene varias características pero me centraré solo en dos. Primero, es plenaria: Pablo le dijo a Timoteo que toda la Escritura es inspirada por Dios (2 Ti. 3:16); es decir, la inspiración abarca la totalidad de la Escritura. Segundo, es verbal: cada palabra del texto bíblico es inspirada por Dios. Para ver esto, considérese por ejemplo el argumento de Pablo en Gálatas 3:16:

Ahora bien, las promesas se le hicieron a Abraham y a su descendencia. La Escritura no dice «y a los descendientes», como refiriéndose a muchos, sino: «y a tu descendencia», dando a entender uno solo, que es Cristo.

Nótese que aquí el punto de Pablo no solo pende completamente de una palabra sino de una letra: la diferencia la hace que una palabra aparece en singular, no en plural. La razón por la cual hago referencia a estos dos puntos —la inspiración plenaria y verbal— es porque implican que todas y cada una de las palabras de la Biblia están inspiradas por Dios. Sin embargo, no quiere esto decir que el cristianismo acepte, como lo hacen los musulmanes con el Corán, una teoría de dictado: que Dios haya pasado por encima de las facultades de los autores humanos para hacerlos escribir lo que Él quería; aunque explicar este punto me haría desviarme y no es tal el interés de este escrito, la aclaración es importante.

La fuertísima implicación de la inspiración verbal y plenaria es que aunque toda traducción contenga la revelación, ¡ninguna traducción es inspirada por Dios! En particular, ninguna versión en ningún idioma traducido es inspirada por Dios. Más particularmente, en español tampoco lo es ninguna versión: ni la Reina-Valera ni la Nueva Versión Internacional ni la Biblia de las Américas ni la Nueva Traducción Viviente ni la Dios Habla Hoy… ¡ninguna!

DEL TEXTUS RECEPTUS

Erasmo de Rotterdam fue un reconocido teólogo católico y filósofo holandés del siglo 16 d.C., experto en latín y griego. Erasmo tuvo la ambiciosa idea de producir una versión de la Biblia en latín mejor que la famosísima Vulgata Latina, traducida por San Jerónimo en el siglo 4 d.C. Llegó a decir que «era apenas justo que la carta de Pablo a los romanos estuviera en mejor latín». No porque Pablo hubiese escrito Romanos en latín — pues todo el NT se escribió en griego—, sino porque siendo la lengua más importante del Medioevo y principios de la Modernidad, era apenas natural que Erasmo quisiera honrar a Pablo con una bella traducción de su carta a la iglesia de Roma, la tierra del latín. A la postre, en lo que parece haber sido un arranque de vanidad, el holandés también tradujo, medio a las carreras, una versión griega, para poder contrastar su latín con el de la Vulgata. En una de esas grandes curiosidades de la historia, a pesar de su esmerado trabajo en la traducción latina y de su apresurada versión griega, la segunda fue la que se convirtió en un arrasador éxito de librería (pocos, de hecho, saben que él hizo una traducción latina) pues nunca antes se había imprimido un NT en griego. Este NT griego es el que hoy conocemos como Textus Receptus (TR)… que en otra curiosidad, tiene nombre latino.

El TR a su vez estuvo basado en otros manuscritos (de nombres más bien esotéricos como 1, 1rK, 2e, 2ap, 4ap, 7 y 817) entre los cuales el más antiguo data del siglo 11 d.C. Esto implica que las referencias que Erasmo usó fueron tardías, considerando que el NT se terminó de escribir antes del final del s. 1 d.C.. Es decir, Erasmo, usando manuscritos del siglo 11, traduce a comienzos del siglo 16 un libro escrito en el siglo 1: su base de traducción es 1000 años posterior al momento en que se había terminado de escribir el NT. Esto no es en sí mismo un error de Erasmo, pues en aquella época había pocos manuscritos antiguos y eran de difícil acceso: en Basilea, donde llevó a cabo su proyecto, contó principalmente solo con 6 de estos.

Como ya se dijo, Erasmo produjo el TR de afán, y por ello la primera edición estuvo plagada de errores tipográficos; la segunda edición (1519) corrigió muchos de estos errores, aunque muchos quedaron; y en la tercera (1522), aunque todavía quedaban errores, cometió la barbaridad de añadir la llamada coma juanina en el texto a pesar de que sabía que no pertenecía a los originales (más adelante volveremos a este asunto). De todas maneras, el TR se convirtió en la base de traducción de los NT en los movimientos reformados de diferentes lenguas durante casi toda la Modernidad. Hasta el mismísimo Martín Lutero lo usó para traducir la Biblia al alemán. La versión King James, que podría considerarse análoga a la Reina-Valera en el idioma anglosajón; la versión de Tyndale, también en inglés; la Biblia rusa Sinodal; la traducción de Diodati al italiano y la Statenvertaling al holandés son algunos ejemplos, entre muchos más, de la versiones que se basaron en el TR.

DE LA REINA-VALERA

¿Por qué es importante hablar del TR? Porque el TR también es la base griega sobre la cual se fundamenta la traducción al español del NT en la Reina-Valera (RVR). La versión RVR recibe dicho nombre porque fue traducida por Casiodoro de Reina en el año 1569, y posteriormente revisada y publicada por Cipriano de Valera en 1602.

Ha llegado a ser de alta estima en el pueblo evangélico hispano pues fue casi la única traducción con la que, marginados por el catolicismo, los evangélicos contamos durante siglos. La única que hasta hace muy pocos años podríamos llamar propia. Una de las características más notorias de la RVR es la belleza majestuosa de su español, ejemplo sobresaliente del llamado Siglo de Oro de la literatura española, al punto que Marcelino Menéndez Pelayo, filólogo y erudito español del s. XIX, exaltó su calidad literaria y la consideró superior a varias versiones católicas.

CRÍTICA TEXTUAL

Con la llegada de la Modernidad y la Ilustración, surgieron nuevas ciencias o se dio formalidad a ciertas ramas del conocimiento ya existentes. Una de ellas fue la crítica textual. La tarea de la crítica textual es reconstruir los manuscritos antiguos de forma tal que los que hoy tenemos se asemejen cada vez más a los autógrafos. Como solo contamos con copias de copias de copias… de los manuscritos originales bíblicos, la crítica textual es una tarea importantísima: nos permite conocer con mayor exactitud el contenido de los textos originales. El problema es que dichas copias suelen tener errores —a veces inocentes y a veces no tanto— que oscurecen la labor.

Es importante mencionar aquí que la mayoría de obras de la Antigüedad plantean dificilísimas labores a los críticos textuales. Por ejemplo, los eruditos están fuertemente divididos hoy en cuanto a la existencia de Homero, el supuesto autor de la Iliada y la Odisea: una escuela grande, quizás mayoritaria, cree que tales historias son recopilaciones —y mejorías— llevadas a cabo durante varios siglos que decantaron en las bellísimas obras que hoy conocemos. Otro ejemplo digno de mencionar es el de Alejandro Magno (siglo 4 a.C.), de quien solo tenemos noticia por biografías entre 3 y 8 siglos posteriores a su muerte (la más antigua siendo de Diodoro Sículo en el siglo 1 a.C., y la más confiable, la de Arriano en el siglo 2 d.C.), biografías que citan a su vez a los biógrafos originales y contemporáneos de Alejandro, como su general Ptolomeo; pero de tales escritos contemporáneos al heleno no tenemos siquiera una copia.

Por circunstancias que solo pueden atribuirse a la Providencia, con la Biblia, en particular el Nuevo Testamento, la situación es diferentísima: aunque los autógrafos están perdidos, en la actualidad poseemos más de 5800 manuscritos griegos, 10 000 manuscritos latinos y 9300 manuscritos de otras lenguas antiguas que son copias completas o fragmentarias de los originales, algunos tan cercanos a los autógrafos como el papiro en griego P52, datado del 125 d.C., y que contiene un fragmento del Evangelio de Juan. Sorprendente si se tiene en cuenta que los académicos datan el cuarto Evangelio entre 80-90 d.C. ¡El papiro dista entre 35-45 años del original! La cantidad y calidad de textos que hoy poseemos solo puede calificarse de desbordante y abrumadora. Aunque todavía hay preguntas abiertas en cuanto al contenido de ciertos pasajes, tales preguntas tienen que ver más con el orden de las palabras o la interpretación que les dio el traductor o escriba antiguo y no comprometen ninguna doctrina fundamental del cristianismo.

Con base en los mejores y más antiguos manuscritos a disposición hoy, se ha compilado un gran texto que algunos llaman Textus Criticus (texto crítico, TC). El TC sirve de base para todas las traducciones modernas de la Escritura en todos los idiomas. En particular, en español es la base para versiones como la Nueva Versión Internacional (NVI), la Nueva Traducción Viviente (NTV), la Biblia de las Américas (BLA), la Biblia La Palabra Hispanoamericana (BLPH) y la Biblia Textual (BTX), entre otras.

COMPARACIÓN DE LAS TRADUCCIONES MODERNAS Y ANTIGUAS

Con todo el conocimiento que hoy tenemos, sería una necedad rayana en el absurdo no considerar los mejores manuscritos para hacer nuevas traducciones. El problema de las traducciones más antiguas es que los copistas de antaño a veces cometían errores tipográficos; otras veces añadían sus propias opiniones o comentarios al texto. Al tener tan poco material a disposición, los amanuenses o traductores de futuras versiones simplemente perpetuaban los errores de aquellos copistas. Hoy, gracias a Dios, sabemos mejor. Tenemos una crítica textual boyante y los hallazgos arqueológicos y filológicos nos permiten acercarnos con altísima precisión al contenido de los autógrafos. En general esto explica por qué las versiones modernas no contienen ciertos versículos que las antiguas versiones como la RVR sí tenían. ¡Tales versículos no figuran en los textos más antiguos y confiables, sino que fueron añadidos por algún traductor, copista o comentarista en algún momento posterior de la historia! Estos versículos no figuraban en los autógrafos… autógrafos que eran la Palabra inspirada de Dios.

Las fallas que tienen todas estas versiones basadas en el TR no se pueden atribuir a los traductores modernos (Lutero, Tyndale, Reina, Valera, etc). Los traductores hicieron lo mejor que pudieron con la versión griega que tenían disponible en su momento (el TR) y grande corona les espera en el cielo por su labor. No obstante, como ya se explicó, el texto base de Erasmo sí tenía fallas, incluso para el estándar de la época. Para ilustrar esto, vale la pena hacer algunas comparaciones entre el Textus Receptus (TR) y el Textus Criticus (TC):

  • El TR fue escrito con base en 6 manuscritos; el TC por su parte está hecho con base en más de 5800 manuscritos griegos (sin contar los latinos y de otras lenguas que suman alrededor de 20 000).
  • El manuscrito más antiguo que usó Erasmo databa de 1200-1300 d.C.; por contraste, el TC usa manuscritos tan antiguos como el 125 d.C.
  • El TR tiene múltiples adiciones que no existen en el TC porque no figuran en los manuscritos más antiguos y más confiables. Para un recuento véase este enlace (en inglés).
  • Increíblemente, el TR omite palabras o frases que son importantes y que aparecen en el TC (por ejemplo, Mt. 24:36; 1 Co. 9:20; 1 Jn. 3:1).

Mención aparte merece la adición de la llamada coma juanina en el TR y que, sin ninguna mala intención, también copiaron Reina y Valera. La coma juanina es un comentario parentético en 1 Juan 5:7-8, una adición posterior de algún copista que quería reforzar la Trinidad. Para entenderlo más claramente, veamos el texto en RVR:

Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan (1 Jn. 5:7-8).

La coma juanina es la parte que aparece subayada y no figuraba en los manuscritos más antiguos. Tal inserción ha sido fuente de muchos problemas. Erasmo sabía que no era parte del texto bíblico y sin embargo decidió incorporarla en su traducción. No ha faltado quien haya defenestrado la Trinidad y la divinidad del Hijo afirmando que las dos son inventos posteriores de la iglesia para divinizar a Cristo. Por ejemplo, Isaac Newton con todo su poder intelectual se dio cuenta del asunto y lo utilizó como pretexto para justificar su conversión al arrianismo.

CONCLUSIÓN

Más allá de la belleza literaria, las comparaciones no dejan bien paradas a las traducciones existentes que usan el TR como base. El TC ha dejado claro que versículos como Mateo 17:21; 18:11; 23:14; Marcos 7:16; 9:44; 9:46; Lucas 17:36; 23:17; Juan 5:4; Hechos 8:37, entre otros, no hacían parte de los manuscritos originales.

Las diferencias son tan grandes que el gran teólogo y apologista cristiano William Lane Craig, considerado uno de los 50 más grandes filósofos vivos hoy día, sostiene que no es bueno usar las traducciones basadas en el TR (como la RVR y la King James) para estudios bíblicos serios, pues el TR se basa en «la familia bizantina de textos, que es la peor y la más corrompida de todas las familias de textos del NT». No pretende Craig una prohibición del uso de las versiones antiguas como la RVR, como si fuera la Inquisición. Sin embargo, más allá de su inherente belleza literaria, estos textos resultan poco útiles a la hora de estudiar la Biblia.

Yo en particular entiendo el apego a la RVR: aprendí a leer con ella y conozco de memoria largas porciones en esta versión. Sin embargo, cada vez que estoy estudiando textos en español, voy a las mejores traducciones protestantes modernas con base en el TC como las ya mencionadas anteriormente: NVI, NTV, BLA, BLPH (que por la belleza del idioma se está convirtiendo en una de mis favoritas) o BTX, entre otras.

La conclusión de Craig es que si no queremos aprender griego y hebreo, quedaremos a merced de los traductores de las versiones, sean antiguas o modernas. Por lo tanto, quienes estamos interesados en profundizar en la Palabra de Dios, deberíamos procurar el aprendizaje de las lenguas en las cuales nuestra Biblia se escribió.

Sobre héroes y tumbas y el cristiano anárquico

Aunque Ernesto Sábato fuera doctor en física y trabajara en los laboratorios Curie de Paris y en MIT, pasaría con el tiempo a descreer de la ciencia porque notó, acertadamente, que esta era incapaz de responder las preguntas más importantes del ser humano. Llegó a decir que mientras trabajó en los laboratorios Curie se encontró «vacío de sentido [y] golpeado por el descreimiento». Como explicando su pensamiento, dice en Sobre héroes y tumbas:

Toda consideración abstracta, aunque se refiriese a problemas humanos, no servía para consolar a ningún hombre, para mitigar ninguna de las tristezas y angustias que puede sufrir un ser concreto de carne y hueso, un pobre ser con ojos que miran ansiosamente (¿hacia qué o hacia quién?)… no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario.

A un periodista le diría alguna vez que lo que percibimos con los sentidos no es lo único que existe. También se dio cuenta por la misma época de sus años de físico, al vivir entre las dos guerras mundiales en Europa y conocer los excesos de Stalin —lo que produjo su rompimiento con los ideales comunistas—, de que la ciencia era amoral, pues los mismos descubrimientos sirven para hacer bien o para hacer mal a la humanidad, dependiendo de la motivación de quien los use. Para un hombre que estuvo tan enamorado de la ciencia y que escaló con éxito por sus montañas hasta llegar a tan altos picos intelectuales, comprender esta realidad debió ser un golpe muy fuerte. Y con toda la razón, porque se pregunta uno: ¿de dónde la insistencia de la Ilustración, la moderna y la posmoderna, en que educar al ser humano va a hacerlo más moral? Tal afirmación no es sino una de las grandes falacias de nuestros encopetados iluminados intelectuales de hoy día.

Continua Sábato, en el mismo párrafo de su anterior cita:

Si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba… la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación.

¡Qué cerca se encontraba Sábato de los grandes pensadores creyentes sin saberlo! Su cambio de carrera de la ciencia a las letras pareciera estar siguiendo el consejo de G. K. Chesterton en su famosa Ortodoxia:

La imaginación no produce demencia. Lo que produce la demencia es la razón. Los poetas no se vuelven locos, los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos se vuelven locos, y los cajeros; pero rara vez ocurre así con los artistas creativos… El poeta solo anhela meter su cabeza en los cielos. El lógico es quien busca meterse los cielos en la cabeza. Y es su cabeza la que explota… Loco no es quien ha perdido su razón. Loco es quien ha perdido todo excepto su razón… Tal es la experiencia del demente; usualmente es él un razonador, con frecuencia uno muy exitoso. Vive en la muy bien iluminada y limpia prisión de una idea.

Y como para terminar de darle la razón a la experiencia de Sábato, añade Chesterton:

En cuanto a explicación del mundo, el materialismo [la doctrina según lo cual solo el mundo material existe] tiene una especie de simplicidad demencial. Tiene la cualidad precisa de los argumentos del orate; tenemos al tiempo la sensación de que lo cubre todo y la sensación de que todo se le queda por fuera.

Volviendo a Sábato, llama la atención la respuesta del argentino al argumento que se planteara en el párrafo ya mencionado. Y llama la atención por partida doble. Primero, porque es completamente racional, llena de sentido. Segundo, porque aunque el físico y escritor resultara muy influenciado por el existencialismo durante sus años en París, particularmente por Jean Paul Sartre, responde en el mismo párrafo tajantemente a la pregunta por excelencia que, según Albert Camus, debía plantearse la filosofía: ¿Por qué no el suicidio? La pregunta es completamente consecuente: si todo lo que existe es el impersonal y frío dato científico, si no hay nada más allá, si no existe Dios, si todo es una vomitiva náusea, ¿por qué no el suicidio? Responde Sábato (y nótese que el mismo Camus encomendaba los libros del argentino):

[El hombre es] una criatura que solo sobrevive por la esperanza. Porque felizmente… el hombre no está solo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no solo de muerte sino de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede…. [los hombres poseen] aquellas insensatas esperanzas, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.

Es decir, la respuesta a por qué no el suicidio es: porque la fe, la esperanza, el anhelo de vida, los momentos de comunión y amor, son todas cosas que apuntan a algo mucho más allá de las suposiciones que planteaban los existencialistas ateos (el adjetivo se justifica porque el existencialismo nace como corriente filosófica en el muy creyente Søren Kierkegaard, y milenios atrás Salomón lo usó para sustentar su libro bíblico de Eclesiastés). Así lo reconoció Sábato, que pasó a decir:

Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (que siempre triunfa sobre ella, porque si no todos nos suicidaríamos), ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?

¡Qué tremendo argumento! La realidad es que si el existencialismo ateo fuera cierto, y si toda la realidad pudiera enclaustrarse en teoremas, experimentos científicos y materia, nada podría aferrarnos a esta vida de manera constante. Sin embargo, el suicidio sorprende porque es la excepción, no la regla. Porque a lo largo de millones de años de existencia del ser humano son solo unos pocos, no muchos, los que se han quitado la vida. Si Sartre estaba en lo cierto, si la vida era una náusea, entonces la pregunta de Camus (existencialista como Sartre pero enemigo intelectual suyo) se seguía directamente de dicho razonamiento.  Pero la respuesta de Sábato desmorona el fundamento sobre el cual se había edificado la pregunta: hay esperanza y ello probaría ontológicamente que hay un Sentido Oculto de la Existencia, así con mayúsculas.

Sobre héroes y tumbas se publicó por primera vez en 1961. Nueve años antes, en 1952, había publicado C. S. Lewis su espectacular Mero cristianismo, donde tiene el famoso argumento de la esperanza al que aludí en la entrada pasada:

Si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo.

Si Sábato no había leído a Lewis al momento de escribir su libro (¡que casi bota a la basura pero su esposa, gracias a Dios, se lo impidió!), sorprende la increíble sintonía del escritor latinoamericano con el anglosajón.

Dice Salvador Dellutri, pastor argentino, en una maravillosa serie de dos programas sobre el autor (aquí y aquí) que Sábato fue un «hombre extremadamente lúcido… en su concepción de la realidad» y poseía «una gran convicción ética». Fue esa gran convicción ética la que al final de sus días, después de trasegar el mundo de las ideas, lo llevó a reconocerle a Dellutri que se había convertido en un «cristiano anárquico». Cristiano porque creía en Cristo y en sus enseñanzas; anárquico porque no se veía perteneciente a ninguna de las iglesias que lo representaban. De hecho, pidió a Dellutri que oraran por él en su iglesia porque creía en la oración de fe. Elvira González, su compañera de sus últimos días corroboró a Dellutri al instante las palabras de Sábato: les gustaría congregarse de vez en cuando porque sabían que les hacía bien, pero la salud del escritor se lo impedía.

Sábato, como hombre ético cabal que era, llegó a concluir que había una ley moral objetiva y que dicha ley inclinaba la balanza fuertemente hacia la existencia de Dios. Cuando Sábato se dio cuenta de que la ética de Cristo en el Sermón del Monte (de la que le habló a Dellutri) era aquello que su alma había buscado por tantos años pasó a entender el Sentido Oculto de la Existencia, el Logos. En Cristo, al final de sus días, descansó su angustia existencial, sabiendo que, como dice Dellutri, Cristo «realmente le estaba dando la razón en cuanto a los valores y en cuanto a la ética, eso que había sido su lucha desde siempre».

Dice Dellutri que el impulso ético de Sábato fue en realidad su intento de buscar a Dios aunque por mucho tiempo el segundo no lo supo. Sábato experimentó en carne propia el argumento moral y siguió la evidencia hasta sus últimas consecuencias, donde la evidencia lo llevó. ¡Qué grande fue Sábato! ¡Qué genio fue Sábato!

Nota final de self indulgence: He escrito en otras ocasiones en este blog sobre varios de los puntos de Sábato referenciados en esta entrada. Se siente uno bien de haber llegado a las mismas dos conclusiones de semejante genio.

El amor en los tiempos del cólera y Gabo

Mi calificación: 5.0/5.0.

Sabía que iba a ser mi favorito de Gabo desde antes de leerlo, quizás porque Florentino tiene mucho de autobiográfico.

Gabo me dañó la cabeza desde quinto de primaria, cuando leí en mi libro de Español y Literatura una frase suya en la que aseguraba pelearse ferozmente con cada palabra que ponía en el texto y, decía él, las palabras siempre le terminaban ganando. Y me sesgó. Porque a mí me arrolla leer a Gabo por la precisión minuciosa con la que seleccionaba cada palabra, cada frase. Al leerlo siempre tengo la sensación de que no podría ir otra palabra en el texto diferente a la que usó, y que no podría ubicarse la palabra elegida en ningún otro lugar de la frase.

Creo que mi relación literaria con Gabo nunca ha estado fundamentada tanto en los relatos desarrollados en sus libros (que suelen ser interesantísimos, divertidísimos y muy bien contados), como en el cariño que tenía por el español, la capacidad que poseía para moldearlo a su albedrío con la maestría de un domador que lo hacía dócil a su pluma. Gabo no trataba el idioma como Picasso a sus amantes. Trataba el español con tanto respeto, cuidado, pasión, precisión y ternura, como lo hiciera Florentino Ariza con Fermina Daza. Y a mí, que soy un romántico del buen español, son esas las historias que me enamoran.

The Wolf at the Door, Jack Higgins. Y sobre los libros virtuales

The Wolf at the Door, Jack Higgins (Penguin Books).

Mi calificación: 2.3/5.0.

Hace años, por ahí unos quince, no leía un libro de Jack Higgins. Tal vez el último fue Year of the Tiger, pero no me pregunte de qué se trata porque no me acuerdo (En comparación con otros tipos de literatura, he leído muy pocas novelas desde que salí del colegio). El caso es que Higgins es uno de mis autores de novelas de acción-suspenso favoritos, así que solo por eso disfruté volver a leerlo después de tanto tiempo.

The Wolf at the Door es un libro más de la famosa saga de Higgins con Sean Dillon, uno de sus personajes consentidos. El libro sí tiene algo de suspenso, entendido como aquella ansiedad de seguir leyendo para saber qué viene. No obstante, en lo poco que tiene de acción es lento y soso. Nada parecido a Night of the Fox, el primer libro del autor que se me cruzó a los doce años y uno de mis favoritos desde entonces.

Por otro lado, este es el primer libro que termino oficialmente en formato electrónico y eso me ha dejado con más impresiones que el contenido del libro como tal. Primero, es el único libro que he comprado por iBooks —la aplicación de Apple para comprar libros— y no pretendo comprar más; por Kindle —la aplicación respectiva de Amazon— sí tengo varios porque son muchísimo más baratos.

Segundo, me molestan las políticas a las que uno accede, al menos con Apple, por la compra de sus contenidos virtuales. Parecen más las políticas de un arriendo perpetuo, con todas las limitaciones que eso conlleva. Si yo pago por un libro, quiero tener derecho a usarlo como quiera. Pero no sucede eso con los libros virtuales, cuyo uso es restringidísimo. Por ejemplo, si el comprador quiere copiárselo a otra persona, exactamente igual a que le sacara una fotocopia al físico, no puede hacerlo. Si lo que preocupa a editoriales y distribuidores es la piratería, sin estar yo de acuerdo con ella, creo que por ahí ya perdieron porque cualquier persona consigue pirateado en la red el libro que se le venga en gana. De modo que quienes compramos lo hacemos por honradez o por la satisfacción de saber propio el material del que disponemos (a mí, lo reconozco, lo segundo me ayuda bastante con lo primero)… pero ese es precisamente el punto: que no disponemos. Por ejemplo, en iBooks es imposible copiar y pegar una cita, mientras que en Kindle es imposible hacerlo sin boletearse por toda la red.

Y tercero, está el problema del formato exclusivo. Me parece que los libros deberían venir en un formato único que pudiera leerse en cualquier aplicación de lectura. Me refiero a que no se puede leer un libro para Kindle en iBooks —o Nook— o viceversa. Este sistema actual es más similar al de un libro amarrado al estante de una biblioteca. Y ese es precisamente el punto: Ni es una biblioteca ni es un préstamo; se trata de una librería a la que yo le compré un libro que ahora es mío. En la práctica, sin embargo, no sucede así con los libros electrónicos. En la práctica nos venden la idea de lo segundo, pero una vez hecha la compra quedamos anclados en lo primero. Una tumbada. ¿Qué pasa por ejemplo si alguna vez quiebran Amazon o Apple? ¿Perdemos nuestros libros?

Aun así, me ha gustado leer libros en este formato. Tiendo a pensar que los problemas mencionados se resolverán con el tiempo, no sé si esté siendo muy optimista. Eso sí, lo tengo claro: prefiero los libros físicos y sigo soñando con tener una biblioteca gigante que adorne mi casa, ojalá con un par de antigüedades bien bonitas: La Biblia del oso y el Principia.

Gifted hands, Ben Carson

Gifted hands, Ben Carson (Zondervan, 240 páginas).

Mi calificación: 4.2/5.0.

Supe por primera vez de Carson gracias a un listado en el que aparecen los 20 científicos y pensadores cristianos más reconocidos en el mundo anglo (también aparece en otro listado de 20 cristianos influyentes en la academia). Por eso me interesé en conocer más de él y terminé comprando su libro.

El libro, autobiográfico, me gustó mucho: La historia de cómo Ben Carson, un negro de familia muy pobre, que atravesó circunstancias complicadas, gracias a la disciplina y a la religión (protestante adventista), dos cosas que le inculcó su madre, llegó a convertirse en el mejor neurocirujano del mundo por logros que lo ubican muy por encima del resto de personas en su profesión.

Gracias a la disciplina y a su religión, como lo enfatiza él mismo en todo el libro, Carson pasó de ser el peor estudiante del colegio a convertirse en el mejor. Entró becado a Yale para hacer luego un fellowship en Johns Hopkins, donde ha permanecido hasta hoy. Dentro de sus logros profesionales se cuenta el de ser el primer médico en separar a dos siameses unidos por la cabeza y dejarlos vivos a los dos. Fue además pionero exitoso en un método llamado hemisferectomía, consistente en la extracción de medio cerebro en niños que sufren ataques y aun así dejarlos vivos y funcionales. Su carrera impresionante está llena de logros como estos. El libro tiene su versión en el cine, protagonizada por Cuba Gooding Jr., se puede ver completa aquí.

Carson es claro en enfatizar el papel de la disciplina y la religión en todo el libro. En un ejemplo de autoridad bien ejercida, la madre les prohíbe a él y a su hermano ver más de dos programas de televisión a la semana y, en cambio, les exige que todas las semanas lean dos libros de la biblioteca pública y le presenten los resúmenes de esos respectivos libros. La disciplina que Carson aprendió gracias a esto demostró ser una bendición en su vida y por ella desarrolló un gusto por el estudio que lo puso por encima de los demás.

Carson reconoce que su historia de vida tiene un alto efecto motivacional y la comparte con muchos jóvenes. Quiere sobre todo motivar a los jóvenes de su raza: que se interesen más por la academia, no solo por los deportes o la música, para salir adelante y volverse reconocidos o exitosos.

Mi edición, conmemorativa de los 20 años de lanzado el libro, tiene un mensaje de Sonya Carson, madre de Ben. Trascribo en español el párrafo final de su carta porque me gustó mucho:

Recuerde esto en tanto recorre la vida. ¡La persona que más tiene que ver con lo que a usted le sucede es usted! Usted toma las decisiones; usted decide si se va a rendir o a pagar el precio cuando la situación se torne complicada. Al final, es usted quien decide si usted será un éxito o no, haciendo todo lo legalmente necesario para llegar adonde quiere. Usted es el capitán de su barco. Si no tiene éxito, solo puede culparse a usted.

Impresionantes palabras de una mujer que en la niñez de sus hijos prácticamente no sabía leer ni escribir y que, con mucho sacrificio, los sacó adelante. Por ese enfoque es que no clasificaría el libro como una biografía de autoayuda, pues no dice que todo e perfecto, bonito y rosa, sino que enfatiza la responsabilidad «personal e instrasferible» a la hora de procurar la excelencia.

Es un libro cuya lectura recomiendo definitivamente a jóvenes y padres.

El gran diseño de Stephen Hawking: ¿Un universo generado por leyes?

Ningún otro descubrimiento científico tiene la fuerza conceptual del Big Bang para defender la existencia de Dios. Dirá alguien que la vida y las biociencias pueden tener la misma fuerza epistemológica a favor del teísmo o deísmo, pero no es así. A diferencia del universo y su Big Bang, nuestro conocimiento de la vida y sus orígenes es completamente limitado. A nivel biológico, lo mejor que tenemos son teorías sobre el origen de las especies, teorías cuya validez se sigue discutiendo a estas alturas. Pero, lo que es peor, lo poco que sabemos sobre el origen de las especies hasta pareciera conocimiento sólido si se compara con el origen de la vida, que no deja de ser la más oronda especulación. Al punto que Simon Conway Morris, profesor de Cambridge y uno de los investigadores más famosos del mundo en los orígenes biológicos, ha propuesto declarar la vida como axioma y dejar de perder el tiempo intentando descubrir su origen.

Pero el Big Bang, al determinar el inicio del universo mismo, tiene grandes implicaciones en los cuestionamientos filosóficos y teológicos sobre la existencia de Dios. Esto es claro de un editorial de John Maddox en la prestigiosa revista Nature hace poco más de 20 años. Decía Maddox: «El Big Bang, además de ser filosóficamente inaceptable, es una postura sobresimplificada del origen del universo y es poco probable que sobreviva de aquí a una década» (Nature [1989], 340, p. 425). Aunque la inviabilidad filosófica a la que alude Maddox hablaba más de sus prejuicios metafísicos que de la veracidad del Big Bang, el punto a resaltar aquí es que aun los círculos más ateos entienden cuán pequeño es el salto conceptual de un universo con origen a una deidad que lo haya creado. Por eso dijo Christopher Isham:  «Tal vez el mejor argumento a favor de la tesis de que el Big Bang respalda el teísmo es la ansiedad obvia con la cual la reciben algunos de los físicos ateos».

Ahora, cuando de ciencias se trata, no se puede considerar la motivación del científico para juzgar sus resultados. Si bien las motivaciones suelen ser determinantes a la hora de los descubrimientos, la veracidad de los hallazgos no depende de ellas. Comentado esto, es menester entender que la motivación del físico Stephen Hawking siempre ha sido dar soporte a su ateísmo. A él siempre le ha molestado el Big Bang porque todo efecto implica una causa, y como el Big Bang sería el primer efecto natural, es intuitivamente obligatorio escribir su causa, también primera, con mayúscula inicial. Sin duda, un golpe duro a la (in)creencia del cosmólogo inglés.

Sin embargo, el problema con las teorías de Hawking sobre el inicio del universo no es la motivación; es que son falsas. Antes, por ejemplo, ya había intentado una teoría en la que negaba el Big Bang; pero al hacerlo, su argumento matemático eliminaba también las leyes de la termodinámica; algo impermisible, por eso se cayó.

Ahora vuelve en su libro The Grand Design con una teoría en la cual afirma que el universo surgió a partir de las leyes naturales, en particular de la ley de la gravedad. El problema con esto es que, si asumimos cierto el materialismo por el cual Hawking aboga, las leyes serían incidentales a nuestro universo, inherentes a él, pertenecientes a él. Si Hawking quiere leyes que hayan formado el universo (no solo que lo rijan), tiene la necesidad de declararlas externas a este para evitar los razonamientos circulares («el universo hizo las leyes y las leyes hicieron el universo»). Pero al hacerlo, al ubicar las leyes fuera del universo, está haciendo que su afirmación se asemeje más a filosofías especulativas que él mismo desprecia que a la ciencia materialista rigurosa como tal a la cual pretende defender. Porque si las leyes naturales están más allá del universo físico, están más allá de la ciencia. Diez años antes de El gran diseño de Hawking, el matemático y filósofo David Berlinski lo explicó en los siguientes términos en Newton’s Gift, su biografía de Newton:

Si la gravedad explica gran cantidad de cosas que de otra forma serían muy confusas, esta explicación se da por medio del misterio. La gravedad actúa a distancia y de inmediato. Ninguna otra fuerza de la naturaleza pareciera comportarse así. Difícilmente puede llamársele mecánica a una fuerza con tales propiedades, aunque se transmita por cuerpos materiales. Lo que resulta tan confuso es el carácter irreducible de la gravedad. Dentro de la mecánica de Newton no hay explicación para la fuerza de la gravedad en términos de otras fuerzas, como el movimiento y la distribución de las partículas. La gravedad es lo que es; y no se puede explicar en términos más simples ni apelando a los constituyentes más elementales de la materia. Conocemos la gravedad por sus efectos, la entendemos por medio de su forma matemática. Más allá, no entendemos nada.

Así era cuando Newton escribió y lo sigue siendo hoy [traducción mía, énfasis mío].

Después de asimilar la idea de Newton en sus Principia, una de las principales conclusiones a extraer es la bancarrota de la reducción materialista en las ciencias. La ley de la gravedad, la más ubicua de las fuerzas del universo, no se puede reducir a la materia; actúa en la materia pero no se puede reducir a ella.

Por tanto, Hawking está determinando la causa del universo a leyes tan ajenas al universo, tan trascendentes, como el Dios cristiano de Karl Barth. Es decir, en últimas, la teoría nueva de Hawking no es otra cosa que la divinización de las leyes, con lo cual el cosmólogo termina avalando lo que tanto quería negar: rechaza la deidad de un ser personal, creador y absolutamente otro, para afirmar la deidad de las leyes naturales. Hawking podrá ser ateo en un Dios personal, pero es absolutamente deísta en las leyes impersonales. Es solo una transposición de la divinidad en cuanto a agente creador. Y, lo que es peor, llega a sus conclusiones científicas solo a partir de indemostrables suposiciones metafísicas que son, por ende, anticientíficas; cosa que a mí particularmente no me incomoda (suscribo por completo la indemostrabilidad kuhniana de los paradigmas), pero que sí echa por la borda la proposición positivista, velada en su argumento, de que toda verdad es científicamente demostrable.

La ciencia funciona así: postulamos leyes que están más allá de la naturaleza para entender la naturaleza. No sorprende entonces que los intentos ideológicos por reducir nuestra comprensión del universo a materia y nada más que materia tengan la ciencia anquilosada. Si queremos explicar este mundo natural, necesitamos apoyarnos en algo que esté más allá de la naturaleza misma.