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Manifiesto de amor y perdón

Estos últimos tiempos han sido de una desilusión tras otra. He experimentado abandono y rechazo como nunca antes. Me he equivocado con otros y otros se han equivocado conmigo; varias de estas equivocaciones han sido recíprocas. Y me he dado cuenta de una constante: el ser humano se muere por recibir misericordia pero le cuesta mucho darla. Con una mano estamos tocándole los pies a Dios mientras le pedimos que nos perdone y nos restaure la relación íntima con Él, y con la otra estamos bloqueando a quienes nos ofendieron no permitiendo que se acerquen de nuevo. Todos hemos sido culpables de esto. No obstante, la situación tiene su lado bonito: nuestra propia dificultad para perdonar elucida en algo la profundidad del amor divino al habernos absuelto cabalmente de todas las ofensas a quienes ahora somos sus hijos. Es decir, ¡no solamente nos perdona, sino que nos acerca más haciéndonos parte de su familia!

Perdonar es una muestra muy grande de amor, quizás la más grande. Perdonar no es hacer de cuenta que no nos hirieron, sino ser completamente conscientes del daño que recibimos y aun así ofrecer restauración en cuanto dependa de nosotros. No es fácil. Quien diga que perdonar es fácil seguramente no entiende muy bien de qué se trata el perdón. Ni siquiera para Dios fue fácil: requirió la encarnación y muerte del Hijo, con lo que se vio interrumpida la más perfecta relación que ha existido en la eternidad, la única perfecta, de hecho; la de la Trinidad. Le dolió a Quien murió y les dolió a Quienes se les rompió el corazón viendo su agonía y experimentando por primera vez el rompimiento de una intimidad que por siempre había sido la más ejemplar e idónea que pudiéramos imaginar. El precio de lo que hizo Cristo por nosotros es todo menos chico. Por ello Dietrich Bonhoeffer insistía en que la gracia era gratis (gracia y gratis son casi sinónimas), no barata. En efecto, es tan costosa que nunca ninguno de nosotros hubiera podido obtener por nuestra propia cuenta la restauración con Dios que ella entrega, porque no tendríamos cómo pagarla.

Algunos de quienes me abandonaron o decidieron atacarme tienen razones para ello, otros —la mayoría me parece— no. Y el corazón me duele, obvio; experimentar rechazo es muy doloroso. He hecho todo lo que se me ha ocurrido en limpia conciencia para restaurar casi todas esas relaciones y en la mayoría de los casos no funciona. Solo hay juicio, que es más doloroso cuando viene desde adentro de la iglesia. Y aún más doloroso cuando no he cometido nada malo o cuando me han infligido un daño igual o mayor que el que en mis errores pudiera haber hecho yo; sin embargo. Pero solo acusan; no perdonan ni piden perdón.

Así que esta es mi conclusión: tenga o no la responsabilidad de los errores, no puedo obligar a otros a que me perdonen o muestren amor y restauración. El amor y el perdón han de entregarse libremente, no pueden ser exigidos. Pero sí puedo perdonar y amar yo en lo que esté al alcance de mis posibilidades. No sé cómo no hacerlo si después voy a llegar de rodillas a los pies de la cruz pidiendo perdón, gracia, amor y restauración para mí. Es difícil perdonar y amar así, claro. Cada vez se me complica más confiar hasta en quienes no me han hecho nada. Pero yo decido mostrar amor y gracia. Si en algún momento no es eso lo que estoy mostrando, oro que el Espíritu Santo me lo revele para poder corregirlo. Mi decisión es amar como Cristo me ha amado.

¿Me voy a equivocar amando? Por supuesto. No soy Dios. Soy un simple mortal lleno de debilidades. Yo, como todos los demás, peco. Pero si peco, me comprometo a pedir perdón; si pecan contra mí, me comprometo a perdonar; y en cualquier caso, me comprometo a buscar la restauración. Si no, no sé cómo podría acercarme a Dios. Y si no puedo acercarme a Dios, no tengo nada.

Fe

¿Por qué no le creemos a Dios?

Hay dos razones por las cuales no confiamos en algo o alguien.

  1. Porque el objeto de nuestra confianza no es digno de ella.
  2. Porque, así sea digno de confianza, no lo conocemos lo suficiente para saber que podemos confiar en él.

Dios nunca nos pidió que confiáramos en Él a ciegas. Dios no es tonto y no nos creó tontos. Si vamos a confiar en lo que sea, en quien sea, ese algo o alguien tiene que ganarse nuestra confianza, y eso lo incluye a Él.

Contrario a lo que la mayoría de las personas considera, fe no es creer en contra de la razón o la evidencia, sino creer porque tenemos razones para hacerlo. Fe es confianza, y no podemos creer, confiar, en aquello que no conocemos. Creer sin motivos para hacerlo no es fe, es necedad.

A Dios no le complace la necedad, por eso no nos llama a confiar en Él sin conocerlo, sino a conocerlo para que podamos confiar en Él. Dios quiere dos cosas:

  1. Que veamos que es digno de confianza;
  2. Que, una vez nos demos cuenta de lo anterior, confiemos, le creamos.

Dios es un ser personal. El Padre es una Persona, el Hijo es una Persona, el Espíritu Santo es una Persona. Puede que Dios sea omnipotente, omnipresente, omnisciente y todos los omnis, pero sigue siendo un ser personal. Como tal, anhela y desea lo que desean las personas. Cuando nos gusta alguien y queremos que se enamore de nosotros, buscamos mostrarle lo mejor que tenemos para evidenciar que somos dignos de su amor. Con Dios no es diferente. David dijo:

Prueben y vean que el Señor es bueno;
dichosos los que en él se refugian.

Este prueben no es el de demostrar, como si fuese un teorema matemático, sino el de degustar, como cuando llegamos a una tienda de helados y nos dan cucharaditas de cada sabor. Dios quiere que degustemos del sabor de su bondad, nos demos cuenta de que nos gusta (el punto 1 de arriba) y pidamos el helado (punto 2). Él no está diciendo: «¡Pida todo este plato y le tiene que gustar!», sino: «Toma esta pruebita y te vas a dar cuenta cuán bien sabe».

A medida que el conocimiento va creciendo, la confianza también se va incrementando, hasta el punto que podamos decir con el salmista:

Tus promesas han superado muchas pruebas,
por eso tu siervo las ama.

Esperaríamos, pues, que la fe aumentara con el tiempo y, precisamente por ello, no podríamos pretender que una persona se encuentre en el mismo estadio de fe que las demás. Pablo también lo entendió así, razón por la cual escribió que a cada uno Dios le ha dado una medida de fe.

Esto, por cierto, anula las acusaciones de injusticia en el cristianismo cuando los detractores sostienen que Dios juzga a todas las personas con el mismo rasero. No. Dios va a pedirle cuentas a cada quien de acuerdo con lo que cada persona conoció de Él. Pablo en Romanos 1 dice que muchos se condenarán porque lo que pueden conocer de Dios por medio de la naturaleza les da cantidades de información sobre Él y lo rechazan. En el siguiente capítulo, Romanos 2, pasa a decir que el testimonio del propio corazón será el juez de quienes no fueron evangelizados. Romanos 1 y Romanos 2 defienden entonces que la naturaleza y el corazón del hombre atestiguan a favor de Dios y por estas cosas serán juzgados quienes nunca oyeron de Cristo. Es decir, de acuerdo a la medida de fe que les fue dada: a la cantidad de confianza que podían desarrollar con el conocimiento que tenían.

EL CONOCIMIENTO DE DIOS

Quiero pasar aquí a otro punto importante: el conocimiento de Dios. Finalmente, nuestra fe en Él va a incrementarse en la medida que lo conozcamos.

Uno de los detalles más cálidos de toda la Biblia es que conocer no es una palabra que se utilice solamente en el sentido intelectual. Aunque claramente conocer siempre involucra la parte intelectual (por lo cual, el cristiano no tiene excusa para permanecer en la ignorancia), la Biblia lleva la connotación de la palabra a un lugar mucho más elevado.

Esto tiene todo que ver con que la verdad en la Biblia no es solo un concepto, sino una persona: Cristo (Jn. 1:1; 14:6). Si la verdad es solo un concepto, entonces el conocimiento no puede ser sino meramente intelectual. Pero si la verdad es una persona, el conocimiento intelectual es increíblemente reducido con respecto al conocimiento total que podemos tener de la persona.

Por ello, no es suficiente que leamos en un libro cómo se siente besar a la persona amada. Puede ser la descripción más pura, apasionada o vivencial del beso. Pero la descripción de un beso no se aviene con besar a quien amamos. Por esto inventamos el arte, la poesía: hay cosas que la literalidad de las palabras no alcanza a trasmitir; no obstante, ¡ni el poema más bello sobre un beso se compararía con besar a la amada!

¡Oh, si él me besara con los besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.

Ni siquiera Cantares puede eliminar aquella sensación. Más bien, cuando leo el poema de Salomón lo que en mí se despierta es un deseo inmenso de amar así, de ser amado así. La sola lectura no colma mis expectativas. El conocimiento intelectual de todo ese amor no me es suficiente. Yo quiero, anhelo, sueño, vivir todo ese amor.

Así es con Dios. Conocerlo es amarlo. Tal es la razón por la cual Cantares está en la Biblia, tal es la razón por la cual el Salmo 45 está en la Biblia. Son poemas de amor, pero ilustran una realidad más profunda: cómo quiere Dios que sea nuestra relación con Él.

Llegamos de este modo a uno de los detalles más interesantes de la palabra conocer en la Biblia. La Biblia utiliza conocer para referirse a la unión en intimidad sexual de la pareja bendecida por Dios (p. ej., Mt. 1:24-25). Esta comprensión de conocer me abruma, me trasciende. Embebe el simple conocimiento intelectual dentro del mucho más abarcador placer sexual en una relación de amor, que es el máximo placer que pudiéramos experimentar en nuestros cuerpos mortales. Nadie que haya amado así se atrevería a decir que prefiere el amor contado en un libro. El conocimiento de la persona amada trasciende por lejos el conocimiento intelectual.

¿Qué tiene que ver todo esto con la fe? ¡Todo! Es imposible amar sin confiar, sin tener fe en la persona amada. Y no tiene sentido amar lo que no conocemos (por eso el mandamiento es amar al prójimo, es decir al próximo; no al lejano que no conocemos). Una de las características que Pablo menciona del amor es que todo lo cree. Es imposible amar a otro sin tener(le) fe.

Así las cosas, conocer a Dios debería implicar amarlo, y si lo amamos es porque le creemos.

Cuando Dios nos está diciendo que lo conozcamos, no nos está pidiendo reducirlo a un teorema. Nos está diciendo: «Vengan y experimenten la intimidad conmigo como nunca la han experimentado; vengan y prueben que Dios es bueno; vengan y gusten el placer de estar conmigo, que mi mayor placer es amar; vengan y se dan cuenta de que conmigo hay delicias y plenitud de gozo; conózcanme, conózcanme hasta la intimidad, y vean que pueden confiar en mí; yo no soy como los otros amores, yo no los abandonaré».

Así quiere Dios que lo conozcamos. Por eso, repito, está Cantares en la Biblia. La enseñanza cristiana es clara: la plenitud que se vive por la confianza en Dios, la fe en Él, tiene una única analogía terrena: el placer sexual con la mujer amada… pareciera que vale la pena intentarlo.

EL TEMOR DE DIOS

En un ensayo bellísimo de Immanuel Kant, diferenciaba el filósofo lo bello y lo sublime. «La emoción en ambos es agradable, pero de muy diferente modo». Las dos atraen, pero lo sublime es más grande: «la emoción de lo sublime es más poderosa que la de lo bello». Mozart es bello, mucho; Bach, sublime. La ciencia es bella; la matemática, sublime. El placer es bello; el amor, sublime. Los alisios son bellos; los huracanes, sublimes. Lo inmanente es bello; lo trascendente, sublime. Lo bello es pequeño; lo sublime, grande. Lo bello atrae; lo sublime aterra y atrae. Lo bello es bello; lo sublime es también bello.

Cuando Job habló sobre las cosas demasiado maravillosas, aludía a la sublimidad de la mente de Dios. Cuando David expresó en sus salmos que al contemplar el cielo y las estrellas se sabía minúsculo, se refería a la sublimidad de la creación divina.

Ahora, Dios sí es bello, como tanto se enfatiza en nuestras iglesias hoy día. Pero Dios es mucho más que bello. Es sublime. Su grandeza atrae y al tiempo repele. Su perfección me hace querer acercarme y al mismo tiempo me espanta al revelar toda la impureza de mi corazón. Su brillo es tal que sería imposible mirarlo de frente y no quedar ciego. Su santidad es tal que es imposible verlo cara a cara y quedar vivo. Nuestra finitud no tiene cómo asir la infinitud de su belleza, de su pureza, de su amor. Sus atributos nos trascienden. Él es Santo, Santo, Santo; nosotros, finitos, profanos.

Cuando Isaías vio a Dios, su primera reacción fue temer por su vida y por ello exclamó:

¡Ay de mí, estoy perdido!
Soy un hombre de labios impuros,
yo, que habito entre gente de labios impuros,
y he visto con mis propios ojos
al Rey, Señor del universo.

Cuando Daniel vio al Hijo del Hombre cayó de bruces y le dijo:

Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza.
¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi Señor hablar con mi Señor?
Porque al instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento.

En caso de que alguien crea que son cosas del Antiguo Testamento, el asunto no es muy diferente en el Nuevo. Cuando el orgulloso Saulo, lleno de sí mismo, de su abolengo y credenciales, se encontró con Jesús, era alrededor del mediodía, pero una luz más refulgente que el sol lo envuelve, lo tumba y lo ciega, según él mismo lo relata al rey Agripa. A lo cual, desde el piso, solo puede preguntar humillado: ¿Quién eres, Señor?

Y cuando Juan, el mismísimo discípulo amado, que se debía sentir muy cómodo en la presencia de su Señor, contempló al Jesús glorificado —cuya descripción es tan bella como aterradora—, cayó como muerto.

Por esta razón es incomprensible la tendencia a considerar el temor de Dios como simple respeto o reverencia. No, no. El temor de Dios es exactamente eso: temor. La Biblia nos llama a temerle y tal cual debemos hacer: debemos temerle. Necesitamos entender que nada más por su misericordia no hemos sido consumidos. Si Dios es Dios, no hay otra posibilidad que morir si estamos frente a Él. Por eso necesitamos quien le dé la cara al Padre por nosotros; por nuestra propia cuenta no tenemos cómo sobrevivir a su encuentro.

La Biblia repite vez tras vez que temer a Dios es el principio de la sabiduría. Es de necios no asustarse ante su presencia. Es imposible intentar asir en nuestra mente la grandeza de Dios y no sentir terror. Nada hay más grande que Él, nadie es más poderoso que Él. Solo al Señor hemos de temer. Temor por otra cosa que no sea Él tiene solo un nombre: idolatría.

Temer a otra cosa, cualquiera que sea, implica que no hemos entendido del todo quién es Dios, por lo tanto, no confiamos en Él, no tenemos fe en Él. Porque también es imposible acercarse y no sentir su amor. Y su amor nos hace entender que esa Fiera Salvaje, con todo su inconmensurable poder, nos quiere proteger.

Una vez más me parece apropiado cerrar con la asombrosa descripción que hace C. S. Lewis de Aslan en El león, la bruja y el armario de sus geniales Crónicas de Narnia:

—¿Es… es un hombre? —preguntó Lucy.
—¡Aslan un hombre! —exclama el Sr. Castor con seriedad—. ¡Claro que no! Te digo que él es el rey del bosque y el hijo del gran emperador allende los mares. ¿No sabes quién es el rey de las bestias? Aslan es un león… el león, el gran león.
—¡Ahh! —exclamó Susana—, yo creía que era un hombre. ¿Es él… lo suficientemente seguro? Yo me sentiría nerviosa de encontrarme con un león.
—Seguro que te sentirás así, querida mía, sin lugar a dudas —dijo la Sra. Castor—, si existe alguien que pueda aparecerse ante Aslan sin que le tiemblen las piernas, ese alguien es más valiente que la mayoría, o sencillamente un tonto.
—¿Entonces él no es seguro? —dijo Lucy.
—¿Seguro? —repitió el Sr. Castor—. ¿No estás escuchando lo que dice la Sra. Castor? ¿Quién mencionó la palabra seguridad? Por supuesto que no es seguro. Pero él es bueno. Él es el rey, te lo aseguro.

Por supuesto que Cristo no es seguro. Pero Él es bueno. Él, solo Él, es el Rey. Se lo aseguro.

Tres libros y el perdón

El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos (Pr. 17:9).

Hace un par de meses leí tres libros en dos semanas y en ese momento hice un escrito conjunto sobre los tres. Así que en vez de hacer el usual comentario individual que suelo hacer de cada uno en Goodreads, pienso resumir mi pensamiento de los tres aquí. Nada tienen que ver con un análisis literario. Solo son mi excusa para hablar sobre el perdón.

El primero de los libros fue Barabbas de Pär Langerkvist, el segundo fue Redeeming Love de Francine Rivers y el tercero fue Oíme bien, Satanás del evangelista argentino Carlos Annacondia… nadie podría decir que no soy de lecturas variadas.

BARRABÁS

Pär Langerkvist fue un escritor sueco, obtuvo el premio Nobel en 1951 precisamente por su novela Barrabás. Aquí narra una historia de ficción sobre la vida de Barrabás desde el momento en que Pilato lo liberó en lugar de Jesucristo. Barrabás es la historia del perdón que Cristo le ofrecía al asesino. El Cristo inocente muere por Barrabas y el culpable asesino queda libre. El relato bíblico de Barrabás es la historia de la redención humana: en Barrabás está representada toda la humanidad: el justo murió por los injustos.

En la novela, después de que Barrabás escapó a su sentencia de muerte, se reunió con algunos de sus secuaces y con una prostituta en una cantina, los pensamientos de ella al ver al asesino meditabundo resumen bien la situación:

No sorprendía que [Barrabás] pareciera un poco extraño después de haber estado encadenado en un pozo por tanto tiempo, tan cercano a la muerte; si un hombre es sentenciado a muerte, está muerto; y si se le deja ir y se le indulta, todavía está muerto, porque así era como estaba y solo se levanta de nuevo de entre los muertos, lo cual no es lo mismo que estar vivo y ser como el resto de nosotros [Traducción mía].

¡Qué barbaridad! (Entre otras porque la prostituta parece haber definido con claridad lo que significa en el cristianismo el nuevo nacimiento). Barrabás, quisiera o no quisiera, debía vivir con el hecho de que Cristo había muerto por él, en su lugar. Tal vez a ningún ser humano se le han anunciado las buenas nuevas de la salvación con tanta claridad como a Barrabás; sin embargo, lo que fuera él a hacer con respecto al sacrificio de Cristo por su vida era cuestión suya.

Y así transcurre el libro, los pensamientos sobre el Galileo se arremolinan en la mente de Barrabás mientras en cada circunstancia de su vida tortuosa Cristo busca acercarse a él y él se niega. Al final, en la historia de Langerkvist, Barrabás muere también crucificado junto a Pedro y otros cristianos. Pero hasta la crucifixión no se ha entregado a Cristo. Como Barrabás era el más fuerte de todos los crucificados, fue el último en morir y así culmina el libro:

Solo Barrabás quedó allí colgando, aún vivo. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, aquello a lo cual siempre había temido tanto, exclamó en la oscuridad, como si a ella le estuviera hablando, «A ti entrego mi alma».

Y rindió su espíritu [Traducción mía].

Debe concederse que es un final magistral a una muy bien contada historia que admite dos posibles fines: o se entregó a la oscuridad en un final que parecería increíblemente frío y fatalista o se entregó a Cristo para salvación en el último suspiro de su vida.

En cuanto a la primera posibilidad, me recuerda a Charles Templeton, un evangelista que en 1946 acompañara a Billy Graham en sus campañas. Dos años más adelante Templeton comenzó a tener dudas sobre su fe y diez años después se declaró públicamente escéptico. Billy Graham narró todo esto en su autobiografía Just as I am. Cuando Lee Strobel preparaba el material para su libro El caso de la fe, entrevistó a Templeton y le preguntó su opinión sobre Jesús. Dice Strobel que todas las facciones del exevangelista se suavizaron al hablar de Él; se deshizo en halagos y terminó diciendo cosas como «¡Yo… lo adoro!» y «Yo… lo extraño,» mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Pero no se rindió a Él (si tiene tiempo lea en este enlace la historia de este encuentro como la cuenta Strobel). Me es difícil no encontrar cierta similitud entre Charles Templeton y el Barrabás fatalista de Langerkvist. Juntos muriendo de sed al pie de la fuente.

El otro final admisible de la novela es que Barrabás haya orado al Cristo que se sacrificó por él y se haya rendido ante el Nazareno después de haber pasado su vida dando coces contra el aguijón. Un final que se me antoja deseable. Porque más allá del final de la novela, no estamos destinados a perdición. La voluntad de Dios es que todos seamos salvos y lleguemos al arrepentimiento, así sea en el último suspiro de nuestras vidas.

El sueco fue deliberadamente ambiguo en su cierre del libro. En el primer caso el fatalismo es obvio. En el segundo, la historia se transforma en otro bellísimo relato de redención.

AMOR REDENTOR

Y es este segundo caso el que me lleva ahora a hablar de Amor redentor, de Francine Rivers. Amor redentor es la novela más famosa de Rivers. En ella se hace un recuento de la historia del profeta Oseas trasladada a la California del siglo 19 en plena fiebre del oro. Durante todo el libro un hombre íntegro, también llamado Oseas, ama a una prostituta con la cual se casa y que vez tras vez lo abandona porque o no le cree al amor de su esposo o no se siente digna de dicho amor. La última vez que ella huyó, lo dejó por varios años. Rivers describe así el sentimiento de Oseas en aquella ocasión:

Bajando su cabeza, lloró.

Sí, había aprendido su propia impotencia. Había aprendido que un hombre puede vivir después de que una mujer le rompe el corazón. Había aprendido que podía vivir sin ella. Pero, oh, Dios, voy a extrañarla hasta que muera…

Mientras los tumultuosos pensamientos se acumulaban en su cabeza, se remontó a una Escritura sencilla a la cual se aferró: «Confía en el Señor de todo tu corazón, y no en tu propia inteligencia» [Traducción mía].

Lloré. Lloré mucho leyendo esta historia (en una curiosidad, como bien los saben mis amigos de mi iglesia local, Dios no ha dejado de recordarme y repetirme esta referencia bíblica en todo este tiempo).

Después de todos los intentos de Oseas, era de ella la decisión tanto de aceptar el amor como de amar. Al final vuelve por el resto de su vida con Oseas, quien siempre la amó.

OÍME BIEN, SATANÁS

Y así quiero terminar con este tercer libro. Annacondia, su autor, es un evangelista argentino y el responsable del tremendo avivamiento espiritual que ha vivido su país. Como me dijera mi pastor, «es un libro pequeño pero aleccionador». Annacondia es un tipo sencillo con mucho poder del Espíritu Santo que se manifiesta en sanidades, liberaciones de demonios y conversos al cristianismo por los miles. La forma en la cual Dios lo usa es admirable y deseable.

Pero más que el poder del Espíritu tan evidente en su vida (que me ha hecho clamar al Señor por una unción semejante en la mía), me llamó la atención la importancia que da al perdón: en su experiencia, la falta de perdón es responsable por que Satanás tome el control de la vida de las personas (¡incluso creyentes!):

Setenta por ciento de las personas que ingresan a la carpa de liberación lo hacen con tremendas posesiones demoníacas, pero en su mayoría el problema espiritual deriva de la falta de perdón.

Narra además cómo también la falta de perdón afecta la salud física:

La mayoría [de las personas] recibe sanidad física al encontrar sanidad interior por medio del perdón… El odio y el resentimiento traen castigo. Muchas veces son la causa de enfermedades que no sabemos de dónde provienen.

Y pasa a decir la siguiente frase contundente:

El perdón no es un sentimiento, es una decisión. Si usted quiere perdonar, el Señor le ayudará a hacerlo (énfasis mío).

El perdón, como el amor, es una decisión. De hecho, perdonar es uno de los más grandes actos de amor, quizás el más grande. Puede decirse que el perdón es condición suficiente del amor: perdonar implica amar.

Lo anterior tiene una doble implicación:

1. Si perdonamos es porque amamos, lo cual es equivalente a que si no amamos entonces no vamos a perdonar.

2. Si creemos que amar es una emoción, vamos a terminar creyendo que perdonar también lo es. El problema con esta mala creencia es que nadie perdona así porque nadie nunca siente ganas de perdonar. Todo en nuestra naturaleza nos lleva a no hacerlo. ¡No! El perdón es un acto de amor y como tal es una decisión.

Perdonar es una decisión porque perdonar es una forma de amar. Y amar es una decisión.

Más adelante dice Annacondia lo siguiente:

El apóstol Pablo nos enseña en Romanos 5.10,11, que «si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación». De la misma manera que al recibir a Cristo en nuestro corazón nos reconciliamos con Dios, dice también Pablo que Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, nos dio el ministerio de la reconciliación. No solamente con Él, sino con todos los que nos han ofendido o lastimado.

La palabra reconciliación proviene del latín reconciliatio y se refiere a la acción de restituir relaciones quebrantadas. A su vez, se traduce a la voz griega katallage, que significa cambiar por completo. Hay varios ejemplos de perdón y reconciliación, pero los más claros los llevó a cabo Jesús que perdonó a Judas, a Pedro y también a los que lo crucificaron, al decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

El mismo Espíritu Santo que ungió a Cristo es el que hoy está morando en nosotros. Cuando predico acerca del perdón, en varias ocasiones veo personas gritar: «¡Señor, perdono!». En ese instante reciben el milagro que con tanto anhelo y fe piden, y son llenas del Espíritu Santo. Esto lo podemos ejemplificar de la siguiente manera: si quiere llenar una botella con agua pero la sumerge con el tapón puesto, pueden pasar horas y horas que no entrará ni una gota de líquido. Debe sacar ese tapón y la botella se llenará. Lo mismo sucede en nuestras vidas, usted debe perdonar. Saque ese tapón que no deja que el Espíritu de Dios fluya con libertad en su vida.

La ilustración de la botella es impresionante. Certera. Pero me llamó la atención también que habla de la forma en que el perdón implica reconciliación, es decir «restituir relaciones quebrantadas». Es aquí donde corresponde la cita bíblica con que empecé este escrito: «El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos». Es difícil creer que haya habido perdón cuando no hay reconciliación porque insistir en la ofensa (o sea, no perdonar) divide.

CONCLUSIÓN

Al final, el cristianismo se trata de perdón en tres formas: El que nos ofrece Dios, el que solicitamos a Dios y a quienes hemos ofendido, y el que otorgamos a quienes nos han ofendido.

1. El perdón ofrecido. Dios nos ofrece el perdón de nuestros pecados. Pero es decisión de cada quien (con consecuencias eternas) si recibe o no el perdón que Dios ofrece. Una posibilidad es ser el Templeton que aun admirando a Cristo se negó a recibirlo o el fatalista Barrabás que peleó toda la vida contra Él y no lo aceptó.

La otra posibilidad es el Barrabás redimido que en su hora final se entregó, o la esposa de Oseas en la novela de Rivers (¡también redimida!) que al final volvió decidida a amar y dejarse amar. Amar y dejarse amar son cosas que requieren humildad.

2. El perdón pedido. Aceptar el perdón de Dios es obviamente reconocer que lo he ofendido. Si no, ¿de qué me está perdonando? Por lo tanto, el perdón pedido implica reconocer que hemos pecado contra Dios y por ello le pedimos perdón. El perdón pedido también nos lleva a reconocer que hemos pecado contra otros y a pedirles perdón.

Arrepentimiento significa empezar a obrar conforme al perdón que pedimos. Trascender las palabras y dejar de hacer lo que estábamos haciendo para ofender a Dios y a otras personas, e intentar restituir en la medida de lo posible.

3. El perdón otorgado. Es notorio que cuando Cristo enseña a orar en el Sermón del Monte, pudo haberse detenido a explicar cualquier punto del Padrenuestro, pero la única explicación que dio fue sobre la frase «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». En efecto, cuando Cristo terminó de enseñar este modelo de oración, lo único que añadió con respecto a ella fue: «Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros su ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas». Es decir, si no perdonamos, nuestras oraciones no son escuchadas. Es más, si no perdonamos, estamos rechazando también el perdón de Dios para nuestra vida.

Hace poco también leía en Proverbios 16:6 que «con amor y verdad se perdona el pecado». Me impresionó. Se requieren las dos (por eso dice Juan que el Logos venía lleno de gracia y de verdad). Perdonar no es hacer de cuenta que la falta no pasó o restarle importancia, lo cual faltaría a la verdad. Perdonar requiere comprensión de la gravedad de la ofensa (verdad) y aún así decidir no usar la falta contra el ofensor e incluso amarlo y restituirlo. La medida de la verdad revela el alcance del amor en el perdón.

Amigo lector, llore delante de Dios ante el abrumador peso de las ofensas que le ha tocado vivir. Pero entienda que su Dios es más fuerte: el poder para amar a pesar de ellas (perdonar) es el regalo que el Señor nos dio en la cruz del Calvario.

Yo sé que duele. Sin contar las pequeñas faltas de otros contra mí, a mí también me ha tocado tomar la decisión de perdonar a quienes me han hecho mucho daño: he vivido el desprecio y la soberbia de unos que me han alejado de los que amo, las traiciones de otros que me han derrumbado todas las ilusiones y la voluntad de vivir, y la violencia familiar que ninguna persona debería vivir. Pero yo decidí perdonar. No porque yo sea muy bueno, pues tengo muy claro que mi capacidad viene de Dios.

Además, para ser sincero, en retribución o por intentar protegerme, hice casi lo mismo con otros en el pasado. Y también tuve que ser lo suficientemente hombre para pedir perdón a Dios y a quienes había ofendido con mis grotescas faltas. Si no perdonaba y no pedía perdón, no iba a disfrutar nunca mi relación con Dios (y piénselo: si Dios existe y su amor y su bondad son infinitos, nada hay en esta vida mejor que estar en comunión con Él). No perdonar a otros y no pedirles perdón a ellos y a Dios habría sido rechazar el sacrificio de Jesucristo en la cruz por mí, me habría privado de lo mejor que he vivido en toda mi vida: caminar de la mano de Dios y experimentar el increíble poder que levantó a Cristo de entre los muertos.

No pretendo entender todo lo que usted ha vivido. No tendría cómo. Pero de acuerdo con lo que yo he vivido sí puedo decirle que es posible perdonar. El poder del Espíritu Santo que resucitó al Señor de entre los muertos va a respaldarlo.

Oro en este momento por usted.