De Hilbert y Gödel

Corría el año 1900; agosto, para ser más precisos; cuando en París, David Hilbert, uno de los matemáticos más reputados de su época, planteó una lista de veintitrés problemas a resolver. Tan grande fue su impacto que gran parte de la investigación matemática del siglo que nacía estuvo dada por sus problemas, los que él consideró más importantes. Dentro de quienes trabajaron en resolver sus problemas se cuentan premios Nóbel, medallistas Fields y otros ganadores de galardones prestigiosos. Algunos de esos problemas, como la hipótesis de Riemann, son tan difíciles que aún hoy siguen sin respuesta y se ofrecen grandes sumas de dinero a quien sea capaz de resolverlos. 

Corría el inicio de 1900. La Ilustración, la Iluminación, había llegado. La Edad Media, el Oscurantismo, había pasado. La revolución científica había traído progreso. Dios había muerto; reinaba el superhombre. El universo con su historia infinita no requería un Dios. Darwin había propuesto un mecanismo natural por medio del cual todas las especies biológicas habían surgido. El siglo veinte se perfilaba como el más prometedor de la historia. Sería el comienzo de una nueva era en la que por fin el hombre ocuparía el lugar que le correspondía en la historia, lejos del mundanal ruido que producían esos mitos sin sentido. La razón debía ser capaz de explicar todas las cosas. Cada evento debería tener una explicación natural de su ocurrencia. Toda proposición debería estar sujeta a una explicación lógica que verificara su estatus de verdad. Si los inicios de año traen consigo la alegría y la ilusión de un nuevo comienzo, de nuevas oportunidades, cuánto más los inicios de siglo. ¡Y cuánto más el inicio del siglo veinte! Uno que prometía tanto: el primer siglo que sería verdaderamente moderno de principio a fin. No era para menos el fervor.

De cierta forma el optimismo humanista era al menos entendible, si no justificable. Ni siquiera el mismo Hilbert pudo escapar a la efervescencia de los tiempos. Al menos dos de sus veintitrés problemas, el segundo y el sexto, revelaban el ideal moderno de sujetarlo todo a la razón. El segundo problema era demostrar que los axiomas de la aritmética eran consistentes: que los axiomas de los números naturales no llevaban a contradicciones. El sexto, axiomatizar la física, en particular la probabilidad y la mecánica.

El sexto problema guarda en sí el corazón moderno de Hilbert: la física misma debía sujetarse a la razón; ¡incluso el azar debía hacerlo! La forma de conocimiento más rigurosa que conocemos debía expandirse más allá de la abstracción para dominar el azar y la realidad física. En su encabezado del segundo problema deja clara su motivación:

Cuando nos ocupa la investigación de los fundamentos de la ciencia, debemos establecer un sistema de axiomas que contenga una descripción completa y exacta de las relaciones que subsisten entre las ideas elementales de tal ciencia. Los axiomas allí establecidos son, al mismo tiempo, las definiciones de aquellas ideas elementales; y ninguna declaración dentro del reino de la ciencia cuyo fundamento estemos evaluando ha de considerarse correcta a menos que pueda derivarse de estos axiomas por medio de un número finito de pasos lógicos…

[Y] por encima de las demás, entre las numerosas preguntas que puedan hacerse con respecto a los axiomas, deseo designar la siguiente como la más importante: Probar que estos axiomas no son contradictorios; es decir, que un número de pasos lógicos basados en los axiomas nunca puede llevar a resultados contradictorios.

Hilbert era un hijo de su tiempo, no queda la menor duda. Quería hacer que todo el conocimiento científico fuera derivado de axiomas elementales mediante «un número finito de pasos lógicos». Su ideal era una extensión de su sueño particular en las matemáticas, el llamado programa de Hilbert: fundamentar todas las teorías matemáticas en conjuntos finitos de axiomas que fueran completos y consistentes. A tal extremo consideraba importante Hilbert su labor que el epitafio en su tumba reza en alemán:

Debemos conocer,
conoceremos.

Hilbert epitafio.jpg

Era una respuesta a la máxima latina ignoramus et ignorabimus —«no conocemos y no conoceremos»—, que en 1880 usara el fisiólogo alemán Emil du Bois-Reymond en un discurso a la Academia Prusa de Ciencias en el cual planteó que había preguntas que ni la ciencia ni la filosofía podían responder.

Mirando las cosas desde la perspectiva de la época, desde lo que C. S. Lewis llamara «el clima de opinión», era entendible la aspiración de Hilbert. No habían acontecido las dos guerras mundiales; no se había usado la ciencia para crear armas biológicas; no se sabía que el siglo veinte sería el más violento de la historia, más que todos los anteriores juntos; el progreso y la industrialización no habían producido problemas ambientales detectables; la izquierda extrema no había producido su Gulag y la derecha extrema no había tenido su Auschwitz.

Todas las cosas anteriormente mencionadas (y otras más) derribaron el ideal moderno como la piedra en la visión del profeta Daniel derribara al ídolo con pies de barro. En todas ellas el problema fue uno solo: el ser humano. Es imposible hacer del hombre un superhombre. La muy iluminada modernidad, enceguecida por su orgullo, falló en ver lo que todas las religiones, incluso las falsas y las más primitivas, han visto: que es mucha la maldad del hombre y su pensamiento de continuo es solamente el mal, que todo en el ser humano es infección y podrida llaga, que el corazón del hombre es engañoso y perverso más que todas las cosas; en fin, que el problema del hombre no es otro que el mismo hombre.

Así las cosas, el problema pragmático de la Modernidad fue el hombre; pero el problema conceptual aún estaba por llegar.

Gödel

El lunes 8 de septiembre de 1930, Hilbert abrió la conferencia anual de la Sociedad de Médicos y Científicos de Alemania en Königsberg con un discurso muy famoso llamado Lógica y el conocimiento de la naturaleza, que culminaba con estas palabras:

Para el matemático no hay Ignorabimus, y en mi opinión tampoco lo hay en las ciencias naturales… La razón por la cual [nadie] ha tenido éxito en encontrar un problema irresoluble es, en mi opinión, que no hay ningún problema irresoluble. En contraste con el necio Ignorabimus, nuestro credo reza: Debemos conocer, habremos de conocer.

En una de esas ironías de la historia, en la misma Königsberg, durante los tres días anteriores a la conferencia que Hilbert con su discurso abriera, se llevó a cabo una conferencia conjunta llamada Epistemología de las Ciencias Exactas. El 6 de septiembre, durante veinte minutos, Kurt Gödel presentó su charla sobre sus teoremas de incompletitud. El domingo 7, en la mesa redonda que cerró el evento, Gödel anunció que se podía presentar ejemplos de proposiciones matemáticas que no fueran demostrables en un sistema formal matemático, aunque fueran verdaderas.

El resultado fue arrollador. Gödel demostró las limitaciones de cualquier sistema axiomático formal para modelar la aritmética básica. Sus dos teoremas mostraron que no existen sistemas de axiomas completos y consistentes en matemáticas.

¿Qué quiere decir que el sistema de axiomas sea completo? Quiere decir que con los axiomas dados es posible probar todas las proposiciones del sistema. ¿Qué quiere decir que el sistema sea consistente? Que sus proposiciones no se contradicen. En otras palabras, el sistema es completo si (usando los axiomas) toda proposición dentro del sistema se puede probar verdadera o falsa, y el sistema es consistente si (usando los axiomas) no existe ninguna proposición que pueda probarse al tiempo verdadera y falsa.

En palabras simples, el primer teorema de incompletitud de Gödel dice que ningún sistema formal consistente es completo. Es decir, que si el sistema no tiene proposiciones verdaderas y falsas al tiempo, existen otras proposiciones que no pueden demostrarse ni verdaderas ni falsas. Más aún, aunque usando el sistema no puedan probarse estas proposiciones, se sabe que son ciertas. O sea que existen proposiciones verdaderas del sistema que no pueden demostrarse verdaderas usando el sistema de axiomas.

El segundo teorema de incompletitud de Gödel es más fuerte: ningún sistema de axiomas consistente puede probar su propia consistencia. Al final de cuentas, esto implica que no podemos saber de ningún sistema que es consistente; solo podemos suponerlo.

Implicaciones para el programa de Hilbert

Recordemos una parte del encabezado del segundo problema de Hilbert citado anteriormente:

Ninguna declaración dentro del reino de la ciencia cuyo fundamento estemos evaluando ha de considerarse correcta a menos que pueda derivarse de estos axiomas por medio de un número finito de pasos lógicos.

Por supuesto que Hilbert diferenciaba entre matemáticas y ciencia. Entonces este encabezado en realidad se ajustaba perfectamente al sexto problema, el de axiomatizar la ciencia. En tal sentido el sexto problema era más ambicioso porque buscaba llevar a la ciencia —más allá de las matemáticas— lo que, en la cabeza de Hilbert, las matemáticas deberían estar haciendo. Pero es claro que si Hilbert estaba extendiendo sus conceptos de la matemática a la ciencia, con mayor razón debían ser ciertos en la matemática misma. Es decir, la frase anterior tiene sentido en la cabeza de Hilbert porque la siguiente la subyace (remplazando en la cita anterior la palabra ciencia con la palabra matemática):

Ninguna declaración dentro del reino de la matemática cuyo fundamento estemos evaluando ha de considerarse correcta a menos que pueda derivarse de estos axiomas por medio de un número finito de pasos lógicos.

No obstante, el primer teorema de incompletitud de Gödel echa por la borda este planteamiento: hay declaraciones matemáticas correctas que no pueden derivarse de determinados axiomas mediante un número finito de pasos lógicos. ¡La forma de conocimiento que consideramos más certera es, en el mejor de los escenarios, incompleta!

Y esa no es la peor parte. Volviendo al encabezado del segundo problema, dice Hilbert en el segundo párrafo:

Por encima de las demás, entre las numerosas preguntas que puedan hacerse con respecto a los axiomas, deseo designar la siguiente como la más importante: Probar que estos axiomas no son contradictorios; es decir, que un número de pasos lógicos basados en los axiomas nunca puede llevar a resultados contradictorios.

¡Pero el segundo teorema de incompletitud de Gödel también echa por la borda este planteamiento! Precisamente lo que hace el teorema de incompletitud de Gödel es mostrar todo lo contrario: que ningún sistema formal consistente puede probar su propia consistencia.

Si el programa de Hilbert es el Titanic, los teoremas de incompletitud de Gödel son el iceberg que lo hundió. Más aún, el primer teorema de incompletitud tumba también el positivismo de Comte, y de paso el moderno cientifismo: existen verdades que están por fuera del alcance de la matemática y de la ciencia.

Fe

El segundo teorema de incompletitud de Gödel es fuertísimo, arrollador e incluso desesperanzador desde la perspectiva racionalista. Si ningún sistema formal consistente puede demostrar su propia consistencia, las consecuencias son devastadoras para quien ha depositado su fe en la razón humana. ¿Por qué? Porque si un sistema es consistente, no podemos saber que lo es; y si es inconsistente, pues no es confiable. Lo máximo que podemos hacer es suponer (que es mucho más débil que conocer) que el sistema es consistente y trabajar con base en esa suposición. Pero probar dicha suposición es imposible. Al final, el ejercicio de conocimiento más formal es un acto de fe. El matemático se ve obligado a creer, sin ningún sustento matemático, que lo que está haciendo tiene sentido. El lógico se ve obligado a creer sin ningún sustento lógico, que lo que está haciendo tiene sentido.

Algunos críticos dirán que existen formas de probar la consistencia de un sistema. Por ejemplo, si uno lo incluye dentro de uno más grande. Es cierto. En ese caso, la consistencia del sistema menor quedaría demostrada dentro del sistema mayor. Pero una nueva aplicación del segundo teorema de incompletitud de Gödel a este sistema mayor nos dice que él mismo no puede probar su consistencia. Es decir, probar la consistencia del sistema menor requiere un nuevo paso de fe en el sistema mayor. Más aún, como la consistencia del primer sistema depende de la del segundo —que no se puede probar—, más está en juego al aceptar la consistencia del segundo sistema. Y si un tercer sistema de axiomas más grande prueba que el segundo es consistente, pues más importa la fe para creer que ese sistema tercero es consistente. La fe no desaparece entre más formales nos pongamos, solo se hace más relevante y más grande para aceptar lo que está sobre ella.

Al final, no sabemos si todo el edificio que estamos construyendo va a ser consistente, no tenemos ni la más remota idea. Solo esperamos que lo sea y debemos creer que lo es para seguir haciendo matemáticas. La fe es la más fundamental de las herramientas del matemático.

La pregunta no es si tenemos fe, sino en qué tenemos fe. La racionalidad de la matemática es lo que está en juego, su carácter de sentido. Pero no podemos apelar a la matemática misma para probar que ella tiene sentido. La misma realidad platónica, dado que exista, es dependiente de una realidad más grande que la abarque, una que esté más allá de lo razonable, una que sea la Razón.

La pretensión de que todo lo conoceremos es solo la lápida de una tumba.

Consideraciones finales en apologética cristiana

Aunque por años disfruté el acercamiento desde la filosofía analítica a la defensa del cristianismo, estas y otras consideraciones me han llevado a cuestionarlo cada vez más. A estas alturas no veo que tal enfoque sea una demostración definitiva de nada, sino a lo más una concesión en el pensamiento no cristiano que lleve al incrédulo a cuestionar su fe y consiguientemente a depositarla en Cristo.

Es lamentable ver que muchos apologistas han depositado su fe en la lógica, no en el Logos. Adoradores de Minerva antes que de Cristo. Al final de cuentas, la lógica no prueba nada pues está toda sustentada en proposiciones indemostrables. No se puede usar la lógica aristotélica para probar la lógica aristotélica porque caeríamos en un argumento circular; aceptarla requiere fe. Los axiomas son indemostrables por definición, y cada vez menos intuitivos; aceptarlos requiere fe. No se puede conocer la consistencia de ningún sistema formal axiomático; luego aceptarlo requiere fe. Todo el conocimiento está sustentado en la fe. Todo. To-do.

Querer sustentar la fe en la razón o la lógica, además de hacer una fe barata es una abdicación inaceptable al racionalismo, porque la razón y la lógica no sostienen nada, ni siquiera pueden sostenerse a sí mismas. La razón y la lógica se sustentan solo y solo en la fe. Más aún, para que la razón y la lógica se sustenten, ya no desde la epistemología sino desde la ontología, debe haber un algo que las sustente, un Sustento Primero que las mantenga en pie. No hay lógica sin Logos. La fe lo único que hace es creer que dicho Logos sí existe. Lo contrario es el desespero, lo contrario es el sinsentido.

***

En el principio era el Logos,
y el Logos era con Dios,
y el
Logos era Dios.
Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por Él fueron hechas,
y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En Él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres…
Y aquel Logos fue hecho carne,
y habitó entre nosotros
(y vimos su gloria,
gloria como del Unigénito del Padre),
lleno de gracia y de verdad.
Juan 1:1-4, 14

Él es la imagen del Dios invisible,
el primogénito de toda la creación.
Porque en Él fueron creadas todas las cosas,
las que hay en los cielos
y las que hay en la tierra,
visibles e invisibles;
sean tronos, sean dominios,
sean principados, sean potestades;
todo fue creado por medio de Él y para Él.
Y Él es antes de todas las cosas,
y todas las cosas en Él subsisten.
Colosenses 1:15-17

¡Feliz Navidad, intelectuales del mundo! Celebramos que el Logos nació, porque si no lo creemos, nada de lo que pensamos tiene sentido.

Eternidad

La eternidad no está dada en términos de tiempo, porque el tiempo comenzó a existir. Si definiéramos la eternidad temporalmente, tendríamos que darle un inicio a Dios y, con el correr de los segundos, aquello que llamamos Dios no lo sería, sino que estaría llegando a ser. Eternidad es otra cosa. Eternidad es la plenitud que se vive en el amor. Por eso Dios es trino, necesita serlo porque es también eterno: la eternidad de cada Persona de la Trinidad se encuentra en el amor —dado y recibido— con las Otras Dos.

En cuanto a nosotros, todo lo finito es corto. A este lado del cielo, ningún vínculo se va a asemejar a la intimidad con Dios. Nada más, nadie más, puede satisfacer la eternidad que nos arde y que llevamos dentro, sino Aquel que puede amar perfectamente. Solo Él.

No obstante, lo finito puede ser muy grande, ¡mucho!, con relación a otras cosas finitas. No serán perfectos nuestros lazos, pero tampoco serán por ello malos o menos deseables. Más bien, tanto más nos aproximaremos a la plenitud de allá cuanto mejor sea nuestro amor de acá.

Así, mientras llegamos allá, amamos acá; regalamos eternidad, aquella que Dios ha puesto en nuestros corazones, a quien tenemos acá (prójimo = próximo); con la esperanza de que nuestros amores serán potenciados allá y, en Él, también ellos se harán eternos.

La superficialidad no es una opción

A pesar de lo que muchos puedan pensar con respecto a la Biblia, los libros que la componen son obras maestras de la literatura universal. Por ejemplo, 1 Corintios posee una riqueza literaria superlativa. En particular, 1:17—2:2 es de tan alta facundia que abruma y revela la estatura intelectual de Pablo de Tarso. El texto es en realidad un poema. Como lo explica K. A. Bailey (en cuyas ideas basaré esta entrada), está escrito «en verso». Así que, con algo de transliteración del griego, voy a intentar hacer la profundidad literaria más clara:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.
     B.     1. Porque la palabra de la cruz es locura a los que son destruidos;
                   2.  pero a los que se salvan, esto es, a nosotros,
                   2′. es poder de Dios
              1′. Pues está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios»
              a.     («y desecharé el entendimiento de los entendidos»).
           C.     1. ¿Dónde está el sabio?
                         2.  ¿Dónde está el escriba?
                         2′. ¿Dónde el erudito de esta época?
                    1′. ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?
               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).
         C’.    1. No muchos de ustedes son sabios según la carne,
                      2.  ni muchos, poderosos;
                      2′. ni muchos, nobles;
                 1′. sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios
                                           d. (y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte)
                                           e(y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios,
                                               y lo que no es para deshacer lo que es).
     B’.     1. A fin de que nada en la carne se gloríe en la presencia de Dios,
                   2.  por quien ustedes están en Cristo Jesús,
                   2′. a quien Dios hizo sabiduría para nosotros
                        f. (esto es, justificación santificación y redención),
               1′. para que, como está escrito: «El que se gloríe, que lo haga en el Señor».
A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Los antiguos poetas, como los contemporáneos, no buscaban tanto la rima de sonidos (aunque a veces sí), sino la rima de ideas. Para esto recurrían a una figura literaria muy elaborada llamada paralelismo. Este poema tiene siete unidades, dadas por las letras mayúsculas en la separación anterior. En ellas se presenta el llamado paralelismo invertido: la primera unidad está asociada con la última; la segunda, con la penúltima; la tercera, con la antepenúltima; y así sucesivamente hasta llegar a un punto de pivote en el medio del poema:

A.     Predico la cruz
     B.     Ellos, que son destruidos
              nosotros, que somos salvos
           C.     El sabio (el erudito) hecho necio
               D.     La sabiduría de Dios y la ignorancia del hombre
                   E.     La predicación salva a los creyentes
                         F.     Los judíos y los griegos rechazan
                              G.     Predicamos la cruz
                         F’.    Los judíos y los gentiles rechazan
                    E’.     Cristo es poder y sabiduría para los llamados
               D’.     La sabiduría de Dios y la debilidad del hombre
         C’.    Los sabios (los fuertes) avergonzados
     B’.     Ellos, que se jactan
               ustedes, que están en Cristo
A’.     Yo predico la cruz

LAS SEIS UNIDADES EXTERNAS (A-B-C-…-C’-B’-A’)

A y A’

Las líneas de A y A’ forman conjuntamente otra forma de paralelismo llamado paralelismo escalonado.  Es decir, la primera línea de A está relacionada con la primera de A’; la segunda línea de A, con la segunda de A’; la tercera de A, con la tercera de A’; y la cuarta de A, con la cuarta de A’:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Las ideas explícitas de cada párrafo son, a saber:

1. La venida de Pablo.
         2. No con palabras sabias.
                3. La predicación.
                       4. La cruz de Cristo.

El lector atento notará que en la anterior descripción las líneas 2 y 3 de A están invertidas, y que la 1 está negada; a diferencia de lo que acontece en A’, que coincide en todo con la descripción explícita. La mejor forma de entender esto es que probablemente Pablo pasó mucho tiempo —quizás años— escribiendo este poema, y las líneas iniciales eran:

A.     1. Pues Cristo me envió,
              2. no con palabras sabias;
                   3. sino a proclamar el evangelio,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

Sin embargo, como antes del inicio del poema Pablo estaba contrarrestando divisiones relacionadas con el bautismo de algunos miembros de la iglesia de Corinto, para poder insertar su poema y mantener el contexto cambia la línea 1 de A. Esto lo forzó a cambiar el orden de las líneas 2 y 3, pues de otra manera la frase perdería todo sentido.

B y B’

Las unidades B y B’ son internamente paralelismos invertidos también:

B.     1. Los que se destruyen.
                   2.  Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
         1′. Está escrito: «Destruiré».

Las líneas 1 y 1′ coinciden, así como las 2 y 2′. Alguien dirá que la semejanza está un poco refundida entre 2 y 2′, y quizás tenga algo de cierto en la construcción semántica. No obstante, la teología paulina y todo el Nuevo Testamento enseñan que la salvación solo es por el poder de Dios y no por méritos humanos. De otro lado, para compensar un poco esta dispersión entre 2 y 2′, Pablo hace que las dos líneas mantengan ritmo y rima pues en el griego coincide  el sonido de las voces finales y las líneas tienen 8 y 7 sílabas, respectivamente.

En cuanto a B’, el paralelismo invertido puede verse así:

B’.     1. Los que se glorían.
                   2.  Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
          1′. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

Como si fuera poco el paralelismo invertido al interior de de B y B’, Pablo hace que las dos unidades funcionen como un paralelismo escalonado, tal como ocurrió con A y A’:

B.     1. Los que se destruyen.
              2. Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
                        1. Está escrito: «Destruiré».

B’.     1. Los que se glorían.
              2. Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
                        1. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

C y C’

Al igual que B y B’, las unidades C y C’ también manejan internamente paralelismos invertidos:

C.     1. El sabio.
                         2.  El escriba (sabio judío).
                         2′. El erudito (sabio griego).
         1′. La sabiduría hecha locura.

C’.    1. Los sabios.
                      2.  Poderosos.
                      2′. Nobles.
          1′. Los sabios hechos necios.

Y así como con A y A’, y B y B’, las unidades C y C’ también forman un paralelismo escalonado, en el que el asunto de C es el conocimiento, y el de C’, el poder (además, ha de añadirse que en la sociedad judía de la época, las clases dominantes eran las religiosas, los escribas ostentaban también poder político):

C.     1. El sabio.
              2. El escriba.
                   2′. El erudito.
                        1. La sabiduría hecha locura.

C’.     1. Los sabios.
              2. Los poderosos.
                   2′. Los nobles.
                        1. Los sabios hechos necios.

Por último, vale la pena mencionar que en estas 24 líneas de A-B-C-C’-B’-A’, la última línea de cada unidad es el tema con el que comienza la primera línea de la siguiente, excepto en una ocasión (B’2-A’1):

A1 – – – Fui enviado.
A4 – – – La cruz de Cristo.
B1 – – – El mensaje de la cruz.
B4 – – – Los sabios.
C1 – – – El sabio.
C4 – – – Sabiduría del mundo.
C’1 – – – Los sabios según la carne.
C’4 – – – Los sabios avergonzados.
B’1 – – – Nadie puede jactarse en la carne.
B’2 – – – Jactarse en el Señor.
A’1 – – – Vine (¿?)
A’4 – – – Cristo crucificado

LAS SIETE UNIDADES INTERNAS (D-E-F-G-F’-E’-D’)

En medio de las 24 líneas de A-B-C-…-C’-B’-A’, están las siete unidades D-E-F-G-F’-E’-D’. Catorce líneas («versos») que crecen desde D en 7 líneas hasta el punto de pivote G y luego decrecen desde G en 7 líneas hasta D’. Además, las dos líneas de G tienen cada una 7 sílabas en el original griego. De manera que el 7 está presente de 3 formas en el centro del poema:

               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).

D-E-E’-D’

Puede verse también que la línea D1 repite el asunto de las dos líneas externas de C (C1 y C4), y D2 repite el asunto de las dos líneas internas de C (C2 y C3). Igualmente ocurre en la comparación de C’ y D’ (D’1 sienta el patrón de C’1 y C’4; y D’2 sienta el patrón de C’2 y C’3). Y para continuar la tendencia las unidades D-E-E’-D’ están conectadas como sigue:

               D.     La sabiduría de Dios (y el mundo).
                   E.     La predicación: locura de Dios (y los salvos)
                   E’.     La sabiduría de Dios (y los salvos).
               D’.     La locura de Dios (y el mundo).

F-G-F’

Los tres pares de unidades centrales son el clímax del poema. Las dos líneas de F riman en el griego, y las cuatro líneas de G-F’ tienen 7 sílabas cada una, cosa claramente deliberada. Los temas centrales de estas tres unidades son:

               El mundo y la sabiduría de Dios.
                   La predicación (y los que creen).
                         Judíos y griegos (que no creen).
                              La cruz.
                         Judíos y griegos (que no creen).
                    Cristo: la sabiduría de Dios (y los llamados).
               El mundo y la sabiduría de Dios.

CONCLUSIÓN

Mucho más puede decirse con respecto al aspecto literario de este poema. Pero me parece que con lo expuesto acá la situación queda más que clara.

  1. Pablo es un genio desproporcionado.
  2. Debió pasar meses, probablemente años, escribiendo este poema antes de plasmarlo en la primera carta a los Corintios.
  3. Por lo tanto, la inspiración divina funciona de muchas maneras. No es solo que de repente «le cayó la moneda». Esto también puede verse al menos en otros documentos paulinos: a) En la defensa que hace el apóstol del evangelio que recibió del cielo en la carta a los Gálatas; es decir, Gálatas está plasmando ideas que él ya tenía claras en su cabeza. b) En Romanos, su obra maestra; pues en esta carta expone con muchísimo más detalle la idea de su evangelio, que años antes había comenzado a plasmar por escrito en la carta a los Gálatas.
  4. Las críticas al cristianismo por superficial lo único que revelan es la superficialidad de quienes lo critican. Es hasta entendible que a algunos les parezca difícil de aceptar, pero es incomprensible que se le deseche como una simple superficialidad.
  5. Cuando Pablo dice en el medio del poema que no habla con palabras de humana sabiduría, lo está diciendo en sentido figurado. Pues queda claro que estas líneas son una obra maestra de la lengua griega. Más bien, lo que está diciendo es que todo su extraordinario conocimiento e intelecto lo rinde a los pies de la cruz de Cristo.
  6. Es inconcebible entonces que haya supuestos expertos en Biblia que no quieran conocer el griego y se jacten desde sus altares de no conocerlo. Tienen la misma credibilidad que un experto en Shakespeare que no quiere conocer el inglés o un experto en Cervantes que no quiere conocer el español. ¡No se puede apelar a la superficialidad en nombre del Logos!
  7. Por último, este poema revela por completo el pensamiento y la vida de Pablo: renunció al honor y al poder del mundo, cosa que era una locura, con el fin de aceptar la locura del evangelio de la cruz de Cristo. Más aún, el poema comienza (A), termina (A’) y tiene su clímax (G) en la cruz de Cristo y en su consiguiente predicación. Lo demás, así al mundo le parezca locura, es paisaje.

Yo sé que mi Redentor vive

Yo sé que mi Redentor vive,
y al fin se levantará sobre el polvo;
y después de desecha esta mi piel,
en mi carne he de ver a Dios;
al cual veré por mí mismo,
y mis ojos lo verán, y no otro,
aunque mi corazón desfallece dentro de mí.
Job 19:25-27

Pocos textos bíblicos me arroban el alma con tanta fuerza como esta declaración del patriarca uzita Job. Aunque los eruditos datan el libro de Job del siglo 6 a.C., al parecer la historia como tal se remonta a una tradición oral al menos tan antigua como el mismo Moisés; cosa que la situaría como una de las más antiguas historias bíblicas, si no la más antigua. Job está tan bien escrito, es tan virtuoso su verso, que el gran poeta británico Alfred Lord Tennyson lo llamó «el más grande poema de los tiempos antiguos y modernos».

Y este preludio le da fuerza a dos cosas que quiero decir. Primero, el mensaje de Job es universal. ¿Por qué? Porque Job era de la lejana y extraña tierra de Uz y al parecer la historia es anterior a la formación del pueblo de Israel. Por lo tanto, su mensaje trasciende el judaísmo; la antigüedad y lejanía geográfica conllevan el contexto de sabiduría ancestral que apela más allá de un grupo nacional o cultural particular. Es decir, la metanarrativa de Job sitúa la historia en un contexto que abarca a toda la humanidad.

Segundo, hay un clamor existencial profundo en las palabras de Job. La estructura poética, sobre todo esta tan bien lograda, trasmite un mensaje para el que la sola literalidad es inadecuada. Cierto, necesitamos como Job un Redentor que muera y resucite por nosotros, eso es claro de la literalidad. Pero el poema marca con increíble fuerza que, además de necesitarlo en medio de nuestros sufrimientos, lo anhelamos; y si ese anhelo no se hace realidad, la vida termina truncada, incompleta y sin sentido, como en un escrito de Jean Paul Sartre.

Por eso decía C. S. Lewis que si tenemos deseos y nada en este mundo puede satisfacerlos, es porque fuimos hechos para otro mundo. Y por eso Lewis y Tolkien concluyeron que el cristianismo es «el mito que se hizo realidad». Cristo resucitó, no le quepa la menor duda (para una introducción histórica a los argumentos vea aquí y aquí). Y al resucitar hizo la creencia de Job y de todos los cristianos no solo una historia que necesitábamos y anhelábamos cierta, sino una que es cierta.

La historia de Job, hace al menos 4500 años, tiene todo el mensaje del evangelio: necesitábamos un Redentor como nosotros —luego humano— para que muriera en lugar de nosotros, pero perfecto —luego divino— para que expiara nuestros pecados y Dios lo resucitara («Yo sé que mi Redentor vive // y al fin se levantará sobre el polvo»); y así después resucitarnos a nosotros en el cuerpo («en mi carne he de ver a Dios», «mis ojos lo verán, y no otro»).

La resurrección es completamente relevante para la historia de la humanidad. Como dijera el historiador Jaroslav Pelikan: «Si Cristo resucitó, nada más importa; y si Cristo no resucitó, nada más importa». Sobre lo segundo, en ausencia de la resurrección, la necesidad y el anhelo de Job —y de todos nosotros— quedarían insatisfechos. Y esto no solo en cuanto a lo individual, sino a lo social. De hecho, John Gray y Tom Holland, reconocidos intelectuales ateos británicos, han defendido que sin el legado del cristianismo nuestra sociedad perdería el sentido y el norte (aquí y aquí). Al fin y al cabo, ¿sobre qué principios edificaríamos una nueva sociedad poscristiana? Y en caso de encontrarlos, ¿en qué los sustentaríamos? Si no existe un Dios más allá de este mundo natural, la idea de bondad se vuelve subjetiva, maleable a nuestro antojo (fueron ateos, como el mismo Nietzsche, como el mismo Huxley, quienes plantearon que si Dios no existía, la moral objetiva tampoco existía). Pero si ese Dios que existe más allá no entra en contacto con nosotros acá, así exista no nos sirve de nada. Por lo tanto Cristo.

La Trinidad en el cristianismo hace posibles las dos cosas, cerrando el círculo de manera perfecta. La trascendencia (necesaria para que Dios sea Dios y nuestros principios morales sean objetivos, entre otras cosas), y la inmanencia (necesaria, entre otras cosas, para nosotros, para que nuestra vida tenga sentido y podamos tocar lo divino) están patentes en ella. El cristianismo genera un marco conceptual tan increíblemente consistente que los demás sistemas palidecen en congruencia y sustento. Por eso también dijera Lewis en la que es quizás su frase más célebre:

Creo en el cristianismo como creo que el sol se ha levantado: no solo porque lo veo, sino porque por él veo todo lo demás.

Gray y Holland consideran al cristianismo un mito necesario, pero uno que no se ha hecho realidad. Entienden su importancia histórica y social y, como Nietzche, no ven con qué más se pueda remplazar. Igualmente Richard Rorty, famoso filósofo ateo del siglo pasado, aunque mucho defendió la democracia, reconoció que no había nada sobre lo cual sustentarla; porque, como reconociera en otro lado, solo la creencia en un Dios trascendente produce verdades objetivas. Pero los Grays, Hollands, Rortys y Nietzches de este mundo fallan en llevar sus ideas hasta sus últimas consecuencias. Se tienen que engañar para seguir viviendo. Son más coherentes los Robin Williams, los Anthony Bourdains y los Aviciis. Pues de nuevo, si Cristo no resucitó, nada importa. Nuestra sociedad occidental se derrumba como un castillo de naipes y nuestra existencia queda sumida en la crisis existencialista que produce náuseas y un constante y válido cuestionamiento de por qué no el suicidio. ¡Cuánto desasosiego en mantener una mentira útil! Si Cristo no resucitó, nada más importa. Pablo lo reconoció también así desde el principio cuando dijo que si Cristo no había resucitado, lo que creíamos los cristianos no nos serviría de nada y solo seríamos dignos de conmiseración. Si Cristo no resucitó, la angustia del corazón de Job no halla reposo y no tiene justificación. Si Cristo no resucitó, su deseo de redención y trascendencia queda eternamente insatisfecho.

Pero si Cristo resucitó, nada más importa. En particular, los sufrimientos de este mundo se vuelven tan solo pasajeros en comparación con la gloriosa eternidad que viene más adelante. Porque «mi corazón [que] desfallece dentro de mí» sabe que hay algo más allá de la muerte física, que la realidad no termina en este sufrimiento terrenal. El amor queda sellado para siempre por un Dios que lo dio todo, hasta su vida, sin importarle que por ello lo despreciaran, para acercarme a Él. La justicia se mantiene viva, porque Él es nuestra justicia ante Dios. Y la poética esperanza de verlo a Él, de entrar en contacto con lo divino, de por fin satisfacer ante una eternidad de plenitud de gozo y delicias junto a Él aquellos anhelos que nada en este mundo podía satisfacer, hace que todo, hasta el peor sufrimiento terrenal, tenga sentido. Entonces puedo amar (es decir, hacer el bien) abnegadamente y lleno de auténtica felicidad, ¡aunque duela!, porque la recompensa que por Cristo viviré allá hace este sufrimiento de acá infinitesimalmente irrelevante.

La resurrección de Cristo, vemos en Job, responde a un anhelo tan antiguo como el hombre mismo. Cristo muerto y resucitado es la respuesta para toda la humanidad. La resurrección de Cristo es la prueba de que este sí fue el mito que se hizo realidad.

Particularismo cristiano

El cristianismo es bien diferente a todas las demás religiones. Esa es quizás la mayor motivación detrás del comentario usual según el cual «el cristianismo no es una religión, sino un estilo de vida». La explicación con que suele continuar la anterior afirmación es que en la religión el hombre busca acercarse a Dios, pero en el cristianismo es Dios mismo quien se acerca al hombre. Y es cierto, así es.

El cristianismo es la religión más patas arriba que existe porque me dice que no tengo que hacer nada, excepto creerle que ya todo lo hizo Él por mí. Todo. Lo único que yo tengo que hacer es creerle y entonces disfrutar lo que Él ya me regaló.

Es mi opinión que, en cuanto a planteamiento, el cristianismo es el único sistema coherente en el mercado de las ideas: si el Sumo Bien existe, ningún ser humano va a ser capaz de alcanzarlo por sí mismo. A pesar de que muchos se engañen, la verdad es que el Sumo Bien está fuera de nuestro alcance humano porque no somos tan buenos; mejor dicho, sin tanno somos buenos.

La gente suele decir que es buena porque no le hace mal a nadie. Aparte de que me resulta muy difícil tragarme ese sapo (no creo que exista alguien que no le haya hecho mal a nadie), la verdad es que, en estricta rigurosidad, la proposición «no le hago mal a nadie, luego soy bueno» no se sigue. De no hacer el mal lo único que podría deducirse —¡y eso asumiendo cierto pragmatismo moral!— es que uno no es malo; no que es bueno. Así que no solo es una afirmación de dudosa rigurosidad conceptual, sino imposible de creer en la práctica.

La realidad es que no somos buenos y, como no lo somos, pues no podemos alcanzar el Sumo Bien por nuestra propia cuenta. ¡Estamos tan separados del Sumo Bien como cualquier número lo está del infinito! (El infinito, por cierto, no es un número). Esto nos deja en un dilema terrible, porque si el sumo bien existe, por supuesto que querríamos y deberíamos estar allí, pero no tenemos cómo alcanzarlo. C. S. Lewis lo pone en estos términos en Mero cristianismo:

Este es el terrible dilema en el que nos hallamos. Si el universo no está gobernado por una bondad absoluta todos nuestros esfuerzos, a la larga, son inútiles. Pero si lo está, entonces nos estamos enemistando todos los días con esa bondad, y no es nada probable que mañana lo hagamos mejor, de modo que, nuevamente, nuestro caso es desesperado. No podemos estar sin ella ni podemos estar con ella.

He ahí la falla de todas las religiones: no se trata de hacer y hacer cosas para ver si al final en promedio soy mejor que peor, porque el promedio es por definición mediocre. Y mediocre en términos de moral es realmente malo (piense qué pasaría si en su próxima entrevista de trabajo usted tuviera la franqueza de decir: «Me considero moralmente mediocre»). En términos de moral, todo lo que caiga por debajo del perfecto estándar de bondad, por definición, no es bueno. La calificación definitiva en moral viene dada en dos posibilidades: o todo lo hago perfecto y mi calificación definitiva es 100, u obtengo un redondo y regordete 0 si en alguna cosa, por pequeña que fuera, me equivoqué. Porque si falto a un punto de la ley moral, ya falté a toda la ley. Seamos honestos, nuestra conciencia lo sabe, nuestra almohada y nuestro pasado atestiguan contra nosotros. Así las cosas, no importa qué hagamos, nunca vamos a dar la talla. Infinito menos cualquier número es infinito. La religión es un fracaso desde su concepción.

Sobre la particularidad del cristianismo

Cristo, por el contrario, plantea que solo por medio de Él es posible alcanzar el cielo, que Él es la verdad y la fuente de vida. Por eso nos tachan a los cristianos de discriminadores. ¡Cómo así que solo hay un camino! ¡Cómo así que solo hay una verdad! ¡Cómo así que solo Él es vida! ¡Es el colmo!

Pero esta objeción es problemática al menos en un par niveles: Primero, toda afirmación de verdad es, por definición excluyente:  2 + 2 = 4 excluye todas las demás posibilidades, que son infinitas no contables; ese solo hecho produce que todo el que diga cualquier otra cosa diferente a 2 + 2 = 4 está equivocado. Yo no discrimino; más bien, el error excluye de la verdad. Segundo, bajo el mismo criterio, quien afirme que todas las opciones son verdaderas, termina discriminando a quien piense que no todas lo son, con lo cual la crítica se cae por reducción al absurdo.

Las religiones, los sistemas filosóficos y las cosmovisiones suelen afirmar proposiciones enfrentadas, de manera que terminan excluyendo casi todas las demás posibilidades. Por ejemplo, el budismo surge en completa oposición al hinduísmo, luego las dos se contradicen (motivo de cruentas guerras por muchos siglos); el judaísmo dice que solo la práctica de sus incumplibles e insufribles leyes da vida (Lv. 18:5; como también lo reconoce Pablo en Ro. 10:4-5 y Gá. 3:12, y el mismísimo profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento: Ez. 20:25) y basa su justicia en la herencia de sangre, con lo cual excluye a todo el que no es judío; el islamismo llama a la muerte de todos los infieles que no practiquen el islam; el politeísmo excluye al monoteísmo y viceversa; el neoateísmo es soberbio, grotesco y discrimina a todo el que sea teísta, en particular al cristianismo, al cual ataca con saña; las religiones politeístas, con sus dioses inmanentes, excluyen las monoteístas, cuyas divinidades son trascendentes; el hedonismo y el estoicismo se oponen entre sí. Y para terminar, la posición que afirma que todas las opciones existentes están erradas es en sí misma una cosmovisión que se presenta en franca contención con… todas las demás opciones existentes.   

Está en la naturaleza de toda afirmación —religiosa o no— excluir cosas, si es que con ella realmente se está informando algo. De hecho, en la construcción matemática de la teoría de información un evento informa más que otro en tanto excluya más posibilidades (entre más improbable un evento, mucho más informa, y viceversa). De otra parte, la palabra intelecto proviene de las dos raíces latinas inter y legos; es decir, escoger entre [opciones]. Es apenas natural que uno espere que una persona inteligente informe, que cuando diga algo deseche opciones. Más aún, aquella raíz latina legos proviene a su vez de una raíz indoeuropea de la cual también se deriva la palabra griega logos, que significa conocimiento o saber. Al final de cuentas, es imposible construir conocimiento, saber e instruir, sin excluir opciones.

Resulta entonces insostenible que una proposición cualquiera sea falsa solo porque excluya otras proposiciones. Las ideas se sostienen o se caen por el peso de sus ideas; por lo que excluyan, no porque excluyan. En particular, es insostenible que el cristianismo sea falso porque afirme que solo hay un camino al Sumo Bien: que Dios se acerque a nosotros, porque nosotros no podemos acercarnos a Él. Más bien, parece bastante obvia la carencia de las demás religiones cuando afirman que estamos en capacidad de alcanzar la excelencia moral por nuestra propia cuenta, porque un análisis de muy pocos segundos de nuestro pasado nos revelará a cada uno que hace tiempos nos quedamos cortos de ese estándar.

La verdad del cristianismo

Ahora, la falsedad de las otras religiones no hace verdadero al cristianismo porque se oponga a ellas, pero sí hace su mensaje internamente consistente. Necesitamos la ayuda de Dios para alcanzar a Dios. Necesitamos que quien satisfaga el estándar sirva de puente entre la tierra y el cielo, entre los humanos y Dios. Pero por definición quien satisfaga el estándar de perfección moral, quien alcance el Sumo Bien, tiene que ser Dios mismo. ¡Esa exactamente era la afirmación de Cristo sobre sí mismo!

La realidad es que el único castigo justo por mi incompetencia moral (es decir, mi pecado) es la muerte: si Dios es por definición Vida y Sumo Bien, pues no alcanzar el Sumo Bien significa no alcanzar la Vida. O sea, mi incompetencia moral significa la muerte; la paga del pecado es muerte. Sin muerte, no se sirve la justicia. Si no se sirve la justicia, Dios sería injusto, luego no sería Dios. Por eso no se equivocaban las religiones antiguas al ofrecer sacrificios (o algo o alguien pagaba por ellos o pagaban ellos). Se equivocaban en lo que sacrificaban —por naturaleza imperfecto—, mas no en sacrificar. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Si no he de pagar yo, alguien como yo pero sin mis errores tiene que pagar. Por lo tanto, el único sacrificio válido por mi pecado debe ser humano como yo, pero perfecto y por ende también divino.

Ese es Cristo. ¿Cómo lo probó? Con su resurrección. Su resurrección no es solo un milagro físico con amplia documentación histórica (tema sobre el cual se puede decir mucho, pero no es el objeto de este escrito), sino la demostración de que Dios Padre aceptó el sacrificio: fue perfecto y por lo tanto, en cuanto humano, no merecía quedarse muerto; y en cuanto divino, no podía quedarse muerto. por lo cual el Espíritu Santo lo resucitó. La Trinidad completa obra en toda su capacidad en el momento cumbre de la historia: la Segunda Persona encarnada se ofreció en sacrificio por los pecados de los humanos y la Primera Persona aceptó el sacrificio, por lo cual la Tercera Persona la resucitó.  

El cristianismo parece entonces una locura, debemos conceder eso. Pero que parezca locura no lo hace falso y menos inconsistente. La verdad es que la única opción de subir al cielo es es que el cielo baje primero a la tierra y nos suba con él. Por lo tanto, si el cristianismo no es cierto, solo queda desesperanza. Al fin y al cabo, ya sabemos que las otras religiones son falsas. De modo que si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.

Pero si Cristo resucitó, significa que Él es quien dijo ser y que sus palabras son verdaderas. La esperanza de la humanidad pende de una cruz y una tumba vacía (una introducción a la evidencia histórica de la resurrección de Cristo puede encontrarse acá). Él pagó por mis pecados para que yo tenga acceso al Sumo Bien, a la Vida, a la presencia de Dios. Lo único que tengo que hacer para estar en comunión con Él es aceptar el regalo que me hizo. Mi parte es pasiva: aceptar su regalo. Tengo comunión con Dios por lo que Cristo hizo por mí, no por nada que yo haya hecho o llegue a hacer. 

 

 

La duda

Hace pocos días ciertos estafadores me robaron quinientos dólares. Con certeza, la incredulidad me hubiera podido salvar de semejante «tumbada», como decimos en Colombia… y de semejante oso tan peludo de sentirme —saberme— tan idiota. La incredulidad puede salvarnos, eso es incuestionable. Todos sabemos que la duda puede librarnos de decepciones amorosas, de estafas, de accidentes, etc.

Se nos ha enseñado que dudar es malo, pero no. Dudar puede salvarnos del desastre, incluso puede salvarnos la vida. La duda nos puede salvar del error, como lo explica el filósofo John Mark Reynolds en este bellísimo escrito. Dudar no es malo. La duda es un mecanismo de protección legítimo… por ejemplo, para que no lo tumben, no le duela o no se muera. Por eso dice Alfonso Ropero, quien desde hace casi 20 años inspirara en mí estas ideas, que «dudar es un virtuosísimo acto de prudencia» (p. 21). La duda tiene el poder grande de limpiar lo que estorba, de remover las manchas como un blanqueador.

DUDA Y LIBRE ALBEDRÍO

Más aún, dudar se constituye en un acto del libre albedrío, pues este consiste en la capacidad de decir no; es decir, de no aceptar todas las cosas. William Lane Craig refiriéndose al libre albedrío dice lo siguiente:

La libertad nada más requiere que, dado un conjunto de circunstancias, uno sea capaz en algún sentido de abstenerse de hacer lo que haría.

Del mismo modo, William Dembski escribe:

Un acto del libre albedrío presupone la habilidad controlada racionalmente de actuar de otra manera, de modo que distintos cursos de acción constituyen posibilidades genuinas, opciones reales, no reducibles a fuerzas puramente irracionales.

Y añade de manera definitiva:

El libre albedrío es el poder del no… El libre albedrío se ejerce siempre como un acto de negación.

De modo que, en particular, abstenerse de creer lo que sea es un acto de la libertad, un ejercicio del libre albedrío. Dudar es, por lo tanto, un acto muy humano. Esta es la razón por lo cual tiene sentido 1984, la distopía de Orwell, pues aquella deshumanizante policía del pensamiento era capaz de lavar el cerebro para remover toda duda sobre el Gran Hermano, despojando así a los hombres de su libertad de pensamiento. A la vista de este mundo orwelliano se puede entender mejor a Agustín de Hipona cuando decía que la duda es la libertad misma. Por esta misma razón, para Hegel «el escepticismo es la experiencia efectivamente real de lo que es la libertad del pensamiento», según cita Ropero.

Pero la libertad siempre trae consigo responsabilidad. Y esto precisamente porque el libre albedrío implica que podemos responder a las situaciones; no solo reaccionar a ellas, como en un acto reflejo. Ser responsable es literalmente estar en capacidad de responder. En particular en lo relativo a la creencia, somos responsables de lo que aceptemos y lo que desechemos.

LA DUDA COMO CAMINO A LA CREENCIA

Así, la duda debe ser tan solo el primer paso. Es prudente, en ausencia de más información, suponer que todas las hipótesis tienen el mismo peso (tal manera de pensar es análoga al principio de máxima entropía en la termodinámica y en la teoría de información). En esta instancia, el escepticismo, el agnosticismo, no solamente es natural, sino aconsejable.

Pero es rara la situación en la cual después de haber sopesado las posibilidades, todas terminen con el mismo nivel de incertidumbre que al principio. O, para ponerlo por el lado positivo, es común que, una vez analizadas las opciones, la balanza se termine inclinando a favor de al menos una de ellas, en cuyo caso lo prudente y lo sabio es actuar con base en el nuevo conocimiento que tenemos, desechando las que no salieron favorecidas. Por eso, Julian Marías, discípulo de Ortega y Gasset, decía que el escepticismo consistía en «mirar con cuidado a todos lados, estar atento a toda la realidad circundante, hacerse cargo de las cosas, y entonces seguir adelante».

Sí: es sano, aconsejable, sabio, prudente, mirar la calle antes de cruzar. Pero no: no nos quedamos todo el tiempo parados o no vamos a avanzar. Una vez nos cercioramos de que no vienen carros, cruzamos. No avanzar también es una decisión, tanto como atravesar la calle; una decisión por la cual somos responsables, precisamente en virtud de la libertad que tenemos de optar —o no— por ella.

Entonces la duda se perfila como una excelente herramienta que debería llevarnos al conocimiento y a la creencia (y me atrevería a decir que los dos, el conocimiento y la creencia, son formas de epistemología, donde la creencia es una forma sublimada del conocimiento). Por eso decía Aristóteles:

El que quiera instruirse debe primeramente saber dudar, pues la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad.

Antonio Machado decía que «dudar de la propia duda es la única forma de empezar a creer algo» (¡y me fascina que haya sido un poeta quien tuviera la lucidez de decirlo!). He aquí un punto maravilloso, pues la integridad intelectual requiere que dude tanto de mi duda como de aquello que comencé a dudar. No hacerlo sería deshonesto. Por eso dice Ropero que dudar de la propia duda nos deja muy cerca a la creencia.

De este modo, me parece más conveniente postular la duda con cierta implicación pragmática como la pausa momentánea que lleva a la acción y no la pausa permanente que paraliza. Este es para mí el problema fundamental con el agnosticismo como filosofía de vida: o no se ha dado a la tarea de evaluar si Dios existe o no, o le da miedo ser consecuente con el conocimiento o la creencia adquirida, en cualquiera de las dos direcciones.

De hecho, en estricto rigor lógico, la máxima socrática «solo sé que nada sé» es una flagrante contradicción. Si sé que no sé, entonces sé algo. Y si sé algo, entonces sé que sé algo; dos veces. Y si sé que sé algo, entonces sé que sé que sé algo; tres veces. Y así sucesivamente (mi razonamiento es análogo a la construcción de los números naturales en teoría de conjuntos a partir del vacío, que en este caso estaría dado por la contradicción socrática). ¡Termino conociendo un sinfín de cosas! No solamente una, como el solo de la máxima afirma. Para nosotros los humanos es imposible no conocer nada en absoluto. Son las piedras las que no saben que no saben.

Para reforzar este punto, debo añadir que hay además una gran cantidad de conocimiento en la ignorancia, pues como tan bien lo pusiera Chesterton: «No sabemos suficiente sobre lo que no sabemos como para saber que no se puede saber más de ello». Es decir, para decirlo en términos positivos de lo que aquí nos incumbe, que no puedo hacer afirmaciones categóricas sobre lo que no conozco. De nuevo, sé algo.

Nótese que no hay contradicción en Chesterton, como sí la hay en Sócrates. Chesterton dice: «Sé que no sé algo»; Sócrates dice: «Sé que no sé nada». En conclusión, la completa ignorancia socrática es insostenible. Más aún, la realidad es que en la mayoría de asuntos particulares algo se puede conocer, como lo deja claro Chesterton.

EL PASO A LA CREENCIA

Ahora, si la duda puede librarnos de la muerte, es menester también añadir que solo la fe puede darnos vida. La duda puede funcionar como un blanqueador, pero solo la fe da color a la existencia.

La posibilidad de creación, de creatividad, de generar belleza solo es posible en la presencia de la creencia. Miguel Ángel debía tener fe en que podía sacar su David del mármol o no hubiera comenzado a esculpir; para ponerlo en sus palabras, debía remover de la piedra todo lo que no era David. Es decir, Miguel Ángel debió creer primero: tener la convicción de lo que no veía, llamar al David que no era como si fuese, sostenerse como viendo oculto en la piedra al aún invisible David para poder hacer su magnífica escultura. Si Miguel Ángel se detiene en lo que podían ver sus ojos —el bloque de mármol—, nos hubiéramos quedado sin una de las manifestaciones de creatividad humana más egregias.

Quizás en ninguna parte es más notorio esto que en el amor. Amar requiere creer. Es imposible amar sin creer. El amor todo lo cree. Quien duda, no puede amar. Reynolds dice lo siguiente:

Con el escéptico extremo la situación es diferente. En lugar de creer todo lo que pudiera, él prueba, sopesa y duda al punto de perder la oportunidad. Prefiere perder el amor que ser engañado alguna vez. Piensa: «Mejor no haber amado nunca a un perdedor que haber cometido un error y haber perdido».

Es triste.

Así, el escepticismo es cobardía, como dijimos antes. Y la fe es entonces de valientes. Solo los valientes experimentan el amor. Y nada, ni siquiera la libertad de pensamiento, nos hace más humanos que el amor, nada llena la vida más de sentido, de propósito.

Nunca vamos a tener completa certeza de nada. Pero la duda puede terminar destruyendo todo lo que vale la pena. Si yo le entrego un anillo a la mujer de mis sueños y ella en sus dudas cree que no es de oro lo puede llevar a cierto orfebre para que pruebe si verdaderamente lo es. El orfebre a la larga no puede probar si es de oro, solo si contiene oro, para lo cual deberá remover una parte del anillo y ver si no es imitación. Y entre más persista la duda, más pedazos tendrá que arrancarle al anillo; al fin y al cabo, puede ser que justo el pedacito que revisó el orfebre fuera de oro pero el resto no, de modo que para estar seguros sería mejor remover otro pedazo. Así, la duda de ella desde el mismo comienzo va corrompiendo el regalo, mi acto de gracia, y puede llegar a arruinarlo por completo.

¿Qué puedo yo decir? Escojo creer que soy amado, sobre todos los demás y todo lo demás, por Dios. Esa creencia me ha cambiado la vida para bien. Mi vida está llena de significado desde que acepté no solamente que Dios existe (porque, racionalmente, todo me indica que el Dios cristiano es real), sino que me ama. Mis días se llenaron de color, de luz, de vida. Estoy lejísimos de ser perfecto —¡y no me importa serlo!— pero, como resultado de ese amor, soy mejor persona. Y no soy mejor porque el cristianismo me pida ser bueno. No lo hace; de hecho, todo el punto del cristianismo radica en mi completa incapacidad de serlo. Soy mejor persona porque Él es bueno y me ama. ¿Me entiende lo que le digo? ¡Es bueno y me ama! ¡A mí, que no soy bueno, el Dios que creó el cielo y la tierra, y que sí es bueno, me ama! No me cabe en la cabeza, pero Él me dice que me ama, y yo decidí creerle que sí. Para probarme que de tal manera era amado, Dios dio por mí a su único Hijo —Cristo, que sí era bueno—, para que creyera en Él y junto a Él tuviera vida. Su Hijo es el anillo de valor incalculable que Dios me regaló. Su vida perfecta por la mía imperfecta.

La transformación en mí es la respuesta a creer en su amor. Decido amar porque Él me amó primero. Lo amo a Él y doy —o procuro dar— a los demás el amor que de Él primero recibí. Me da mucho miedo hacerlo, ¡amar duele mucho!, pero mi decisión de fe es amar. Dar un poquito del amor que recibí puede cambiar a una persona y de paso me cambia a mí, porque cuando amo estoy reflejando a Dios, estoy siendo todo lo que fui creado para ser y, por lo tanto, para hacer. Y si mi amor puede cambiarle la vida a una sola persona, entonces la mía ya valió la pena; ya cambié el mundo.

¿Y usted, amigo lector, decide creer? ¿Decide vivir? ¿Decide amar?

¿Se pierde la salvación?

Es difícil relacionarnos con quienes se creen mejores. Primero, porque nunca van a aceptar que necesitan ser amados y, por lo tanto, no van a recibir nuestro amor; segundo, porque les cuesta amar debido a que en su mundo imaginario nadie les da la talla. Por supuesto, creerse mejor, más, en cualquier sentido es fariseísmo puro y duro, orgullo. El orgullo nos deshumaniza, pues nos impide dar y recibir amor. Y el amor es, sobre todas las cosas, lo que más humanos nos hace. Por eso nadie quiere estar en una relación con una persona orgullosa, porque el orgulloso solo se ama a sí mismo. El orgulloso se aliena y nos aliena.

En medio de tantas cosas complicadas que tiene el sufrimiento, hay una que siempre me ha llamado la atención y me ha tenido perplejo ya por varios años: el sufrimiento mide como nada más nuestra capacidad de amar. Si la distancia se mide en metros y el peso en gramos, la medida del amor es el sufrimiento. Usted se da cuenta de qué tanto ama por la cantidad de sufrimiento que está dispuesto a sobrellevar por el objeto de su amor. De la misma manera se da cuenta de qué tan amado es.

Así, nuestra humanidad nos impulsa a amar y hace necesario que seamos amados. Por ello en el fondo todos anhelamos estar en una relación en la que nos acepten a pesar de nuestros errores y defectos. Semejante nivel de aceptación nos haría sentirnos vivos y libres. Nada nos da más libertad que ser amados a pesar de nosotros mismos; saber que, aunque nos equivoquemos, ahí estará la otra persona para acompañarnos y levantarnos. En medio de una relación de este tipo, el miedo a que mis errores me descalifiquen simplemente no existe, precisamente porque soy tan amado que ningún error me sacaría de ella. Ahora, es obvio que esto hace completamente canalla probar el límite del amor de la otra persona, puesto que requeriría hacerla sufrir innecesariamente solo para satisfacer un capricho de mi egoísmo; quien así actúa no ama.

El caso es que lo único que puede romper esta relación que venimos describiendo no son los errores internos de las partes, sino la decisión libre de cualquiera de ellas para acabar con la relación; es decir, la decisión de no amar más a la otra persona. Por ello no tiene sentido prohibir el divorcio. El divorcio tiene que ser una posibilidad real que ninguno de los dos toma voluntariamente porque ama al otro. El divorcio tiene que existir porque el amor es un decisión del libre albedrío.

El matrimonio es la decisión voluntaria entre dos personas que se aman de mantener su lazo de amor durante todo lo que les reste de vida. Es una relación en la que el uno busca el bienestar y la felicidad del otro. El matrimonio es una relación en la cual cada uno de los dos involucrados decide permanecer en amor para el otro a sabiendas de que este va a cometer equivocaciones, ¡y muchas! Es decir, el matrimonio es una relación en la que ninguno de los dos va a negarle al otro el privilegio del amor, aunque el otro se equivoque, aunque la vida duela.

La Biblia utiliza precisamente el matrimonio como analogía de la relación de los creyentes con Dios. Hay todo un libro de la Biblia —el Cantar de los Cantares— que describe en verso el estado ideal de esta relación apasionada de amor. Por eso les dice Pablo a los efesios que los maridos deben amar a sus esposas así como Cristo amó a su iglesia y se entregó a sí mismo por ella.

Es una analogía realmente profunda. Por ejemplo, hay una relación cercana entre los sacramentos de la ceremonia de bodas y el bautismo. En la ceremonia de bodas se oficializa la unión de la pareja; en el bautismo se oficializa la unión con Dios. También hay una relación cercana entre el disfrute sexual en el matrimonio y la plenitud de gozo y las delicias que se experimentan en la intimidad con Dios.

Ahora, aunque en las relaciones humanas es problemático estar con quien se cree perfecto, en la relación con Dios su perfección no es un problema precisamente porque Él sí es perfecto. Y su perfección nos garantiza en particular la perfección de su amor por nosotros. Dios no solamente ama. Dios es amor. Su esencia es amar, su esencia es amarnos. No podemos hacer nada para que Dios nos ame más o nos ame menos. Por su propia naturaleza ya nos ama y lo hace perfectamente. Esta es la garantía que tenemos de que Él no nos va a abandonar en nuestra relación con Él, así nos equivoquemos, así pequemos. El amor que Dios tiene por nosotros es precisamente el estándar bajo el cual deberían funcionar todas las relaciones humanas. Es su amor lo que lo hace un Dios perdonador. Es el amor lo que debería hacernos a nosotros perdonadores también.

Ahora, así como en la relación matrimonial existe la posibilidad del divorcio, en la relación con Dios también existe la posibilidad de terminar la relación. Pero sabemos que una de las partes no va a claudicar: Dios. Él nos va a amar y va a querer seguir sin importar lo que pase, lo que hagamos. Sin embargo, nosotros sí podemos tomar la decisión de terminar nuestra relación con Él. Así, el divorcio tiene también su análogo en la relación con Dios: la apostasía. La decisión consciente de rechazar su gracia y su amor. Tal vez es esta analogía la que también explica entonces lo terrible que resulta un divorcio.

Una vez Él ha ofrecido su gracia, la decisión de aceptar o rechazar su regalo es potestad nuestra, pertenece a nuestro libre albedrío. La salvación no es otra cosa que pasar a tener comunión con Dios. Si no queremos esa comunión, no somos salvos. Pero si decidimos entrar y permanecer, nada nos va a separar de Él; no hay pecado que pueda romper el lazo que ahora compartimos. Así como las vicisitudes de un buen matrimonio (¡y los buenos matrimonios han pasado muchas pruebas!) no lo van a destruir, mis errores con Dios no van a destruir mi relación con Él. Lo único que pudiera romper esa relación es que yo decida salir de esa relación, que me divorcie de Él, que apostate.

Más aún, en el desproporcionado amor de Dios, ¡Él está dispuesto a aceptar de vuelta al apóstata arrepentido! Esa es la increíble historia del profeta Oseas, que se casó con una prostituta llamada Gómer y que en repetidas ocasiones lo abandonó para irse en pos de sus amantes. También es la historia del hijo pródigo. Y no sé a usted, pero a mí esto me abruma, me trasciende en todos los sentidos; yo no encuentro la forma de entender tanto amor derrochado. Me conmueve hasta las lágrimas. Que aun si yo lo abandono —¡y yo lo abandoné!—, Él me reciba en sus brazos si llego arrepentido de mi apostasía; que aún si lo cambio y lo remplazo por otros ídolos, Él esté dispuesto a recibirme, como Oseas a Gómer, como el padre al hijo pródigo. No lo alcanzo a asir desde ningún punto de vista. Yo he estado en la posición de Dios en situaciones menos graves y no he podido amar más, se me ha acabado el amor. No entiendo cómo puede amar Él tanto, no me alcanza la vida para comprenderlo, solo puedo disfrutarlo. ¡Bendito sea mi Señor y Dios por extenderme sus brazos de amor y aceptarme de vuelta en su regazo! No sé qué sería de mí en otro escenario.

La apostasía es entonces lo que la Biblia llama el pecado imperdonable, la blasfemia contra el Espíritu Santo. Y lo es porque cualquier otro pecado de los hijos de Dios, pasado, presente o futuro, ya fue perdonado en la cruz. La deuda está saldada para nosotros de forma vitalicia si permanecemos en Él. Si decidimos desechar nuestra relación con Dios, menospreciando la sangre de Cristo derramada por amor a nosotros, entonces quedamos por fuera de la relación. Pero en ese caso no perdimos la salvación; más bien, la rechazamos. No obstante, si nos arrepentimos como el hijo pródigo (y nótese que lo que él hizo fue apostatar, pues desechó su relación con su padre pidiéndole incluso su herencia), el Señor en su misericordia nos estará esperando para darnos la bienvenida a su familia una vez más.

Así las cosas, ni el calvinismo ni el arminianismo tienen la razón en su maniquea disputa, que para colmo de males parece entre dos extremos errados. El calvinismo, aparte de representar a un dios injusto y caprichoso que escoge a unos para condenación y a otros para salvación, niega que el hombre tenga responsabilidad en aceptar o rechazar la gracia que se le ofrece. Por otro lado, el arminianismo se la pasa condenando y expulsando de la gracia al creyente por cada pecado cometido, cosa contraria al mensaje neotestamentario.

La salvación ha de entenderse como una relación entre dos personas que libremente han decidido entregarse el uno al otro. Cierto es que la preeminencia la tiene Dios: si no hubiera decidido acercarse, nada que nosotros hiciéramos pudiera habernos llevado a Él. Si Él no se hubiera hincado para ofrecerme el anillo, yo no hubiera tenido la forma de casarme nunca con Él. Pero una vez Él me ofrece ese anillo, el más fino de todos, comprado con el precio de su sangre inocente en el Calvario, es potestad mía recibirlo o rechazarlo. Yo, como la novia a quien se le propone matrimonio, puedo decir «Sí, acepto» o «No, gracias; no me interesa».

Y yo a Él le diría mil veces sí. Nunca más me voy a alejar de Él. Nunca. Él es mi sueño de amor hecho realidad.

¿Por qué la Tierra es redonda?

¿Sabes por qué la Tierra es redonda?

Los astrofísicos te dirán que así no era cuando nació. Tenía cualquier forma, pero la fuerza de gravedad, que presiona para el centro desde todos los lados le fue dando a este planeta —y a todos los demás— su esfericidad.

Y sí, es cierto. Esa es la causa formal. Pero hay algo más de fondo. La causa final.

Dios nos regaló el esplendor de sus amaneceres para que no olvidemos que sus misericordias hacia nosotros se renuevan junto con ellos; así como el sol sale cada mañana, su fiel amor está disponible a cada instante para nosotros. Y como nuestro planeta es redondo, siempre está amaneciendo en alguna parte; continuamente hay un lugar de este mundo en el que el sol está saliendo, sin interrupciones. Siempre. Si la Tierra tuviera otra forma —por ejemplo, si fuera cuadrada — esto no ocurriría.

Pero tal como el sol despunta siempre en algún lugar y sale para todos, así también la luz y el calor de su misericordia alcanzan nuestra vida recordándonos que no importa cuánta haya sido la oscuridad de la noche —de nuestro dolor, de la angustia de nuestro corazón, ¡de nuestro propio pecado!—, el fiel amor de nuestro Dios nunca se acaba y sus misericordias no tienen fin.

Por eso la Tierra es redonda.

¡El fiel amor del Señor nunca se acaba!
Sus misericordias jamás terminan.
Grande es su fidelidad;
sus misericordias son nuevas cada mañana.
Lamentaciones 3:22-23

Yahvé

Él es.

Él era en el principio y antes del principio, Él sigue siendo en el presente y Él será en el futuro. Todo lo demás ha llegado a ser, mas Él es; cuando todas las cosas dejen de ser, Él seguirá siendo. Antes de que existieran el cielo, el mar y las estrellas, Él ya era. Él es quien llama a cada estrella por su nombre porque fue Él quien les dio nombre, a todas las conoce. No obstante, cuando el cielo, el mar y las estrellas dejen de ser, Él seguirá siendo.

Él es quien tiene poder para suspender la luna y el sol en el firmamento; Él es quien habla al viento y al mar y le obedecen. Él calma los mares, Él separa los mares. Los días y las noches se sujetan a Él. La naturaleza se hinca sometida, dócil, domesticada, a Él. Porque Él es quien hizo la naturaleza.

El universo explotó a su nacimiento y Él ya era. Él es la causa de todo, Él es el sustento de todo; en Él vivimos, somos y nos movemos. Nosotros llegamos a ser por Él, somos en Él, pero Él es en Él. Él es la causa suficiente y necesaria de mi existencia, mas Él es la causa suficiente y necesaria de su propia existencia, porque no necesita nada externo para ser. Él es su propio sustento.

Él es.

Él es Dios porque es. Todos los demás dioses son creados por la imaginación, pero Él es el Dios que crea la imaginación. Los demás dioses salieron de la creación, pedazos de madera labrada, metal fundido, carne que se pudre y hiede; pero Él es el Creador.

Él es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Porque cuando Abraham, Isaac y Jacob fueron, Él ya era. Él es quien sujeta el tiempo en su mano y lo arquea como alfarero, porque Él es Señor del tiempo, Él es más allá del tiempo, Él creó el tiempo. Él creó la materia. Él creó la energía. Él es la información, porque Él es el Logos, Él es el Verbo, Él es la Palabra.

Él es el Logos, Él es quien da sentido a todas las cosas, pues todas existen para darle gloria porque Él es. Él es quien da sentido a la existencia. Por eso negar que Él es hace de la vida una náusea: sin Él nada tiene sentido; con Él, todo lo tiene. Todo razonamiento hubiera sido imposible sin Él, porque Él es la Razón, Él es el Logos.

Él es la Palabra, lo que Él habla es verdad. Él no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. Todo lo que sea verdadero proviene de Él. Él es la verdad.

Él es el Verbo porque sus palabras siempre se convierten en acciones; lo que Él dice, así es. Su sí es sí y su no es no. Sus palabras son y son amén. Él habló y todo fue creado. Él le dice al cojo que camine y el cojo camina, Él le dice al ciego que vea y el ciego ve, Él le dice al sordo que oiga y el sordo oye.

Él dice que me perdona los pecados y quedo limpio, sin mancha; no me imagino que quedó limpio y sin mancha, sino que quedo limpio y sin mancha porque Él es la Palabra, Él lo dice, y lo que Él dice así es. Solo Él es quien tiene poder para perdonar pecados. Yo no puedo perdonar pecados, tan solo puedo no usarlos en contra de quienes me han ofendido. Pero Él es quien tiene poder para perdonarlos, Él los desaparece arrojándolos al fondo del mar, alejándolos tanto de sí como lejos está el oriente del occidente porque Él es.

Él es.

Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Es la causa de todo. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que existe llegó a existir. Él es el final de todas las cosas, el telos al cual caminamos todos. La causa primera y el fin último. Todo es de Él, todo existe por Él y todo existe para Él.

Él es el Camino por el que transitamos; si nos desviamos a izquierda o a derecha, percibiremos su voz diciendo: «este es el camino, síguelo». Él es el pan que bajó del cielo, el pan que como y no se agota, y sacia mi hambre. Él es el agua de la cual bebo y nunca vuelvo a tener sed, el agua que no me hace desear otras aguas, el agua que salta en mi interior como una fuente para vida eterna.

Él es la resurrección. Él es quien resucitó, Él es las primicias de la resurrección. Él es quien levanta a los muertos. Él es quien dice «Lázaro, sal fuera» y Lázaro sale fuera cubierto en vendas. Él es quien dice talita cumi y la niña otrora muerta se yergue sobre su cama. Él es quien da vida a todo lo que estaba muerto. Él es quien resucita sueños, quien renueva sueños, regalando cosas que ojos no han visto, que oídos no han oído, cosas tan buenas que a nuestro corazón ni siquiera se le había ocurrido pedirlas.

Él es la luz, Él desaparece las tinieblas, En Él vemos. Él es quien desapareció mi miedo a la noche, porque Él es quien todo lo ilumina. Él es el buen pastor que da su vida por sus ovejas, para que ellas tengan vida abundante y nadie, ¡nadie!, ¡nadie!, las arrebate nunca de la palma de su mano, nadie nos arrebate nunca de la palma de su mano. ¡Él es quien tiene tatuado mi nombre en su mano! Él es la puerta de entrada al cielo, la puerta que me da vida eterna, la puerta que no se cierra y me permite entrar y salir con libertad. Él es la vid, yo soy la rama; en Él doy fruto, separado de Él nada puedo hacer.

Él es quien todo lo puede, nada hay imposible para Él; Él es Aquel en quien todo lo puedo. Él es quien nunca me desampara porque siempre está presente, Él siempre está. Él es quien todo lo sabe, nada le es oculto. Ni la más densa oscuridad de un hoyo negro escapa a su mirada; tampoco se esconden de Él mis más profundos pensamientos, angustias, emociones o pecados. Él es quien me examina y conoce mis pensamientos; la palabra no ha llegado a mi boca y Él ya la conoce. Nada le puedo esconder porque todo de mí Él ya lo sabía desde antes de la creación.

Él es Santo, Santo, Santo. Trascendente por naturaleza e inmanente por amor, porque Él es amor. Él es quien por amor murió y resucitó. Él es quien por ello no se acuerda más de mis pecados. Él es Aquel que la muerte no pudo detener porque es Dios incluso sobre la muerte. La muerte se inclina sometida ante Él y lo llama Señor. Él es el Dios ante el cual toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que es Señor de señores, Rey de reyes. Toda rodilla, toda lengua; todas en la tierra, todas sobre la tierra y todas debajo de la tierra. Porque Él es el único digno, Él es el único y sabio Dios, Él es Fiel y Él es Verdadero.

Él es único, no hay otro como Él. Él es la vida, Él es mi vida. Él es Dios, Él es mi Dios.

יהוה

Manifiesto de amor y perdón

Estos últimos tiempos han sido de una desilusión tras otra. He experimentado abandono y rechazo como nunca antes. Me he equivocado con otros y otros se han equivocado conmigo; varias de estas equivocaciones han sido recíprocas. Y me he dado cuenta de una constante: el ser humano se muere por recibir misericordia pero le cuesta mucho darla. Con una mano estamos tocándole los pies a Dios mientras le pedimos que nos perdone y nos restaure la relación íntima con Él, y con la otra estamos bloqueando a quienes nos ofendieron no permitiendo que se acerquen de nuevo. Todos hemos sido culpables de esto. No obstante, la situación tiene su lado bonito: nuestra propia dificultad para perdonar elucida en algo la profundidad del amor divino al habernos absuelto cabalmente de todas las ofensas a quienes ahora somos sus hijos. Es decir, ¡no solamente nos perdona, sino que nos acerca más haciéndonos parte de su familia!

Perdonar es una muestra muy grande de amor, quizás la más grande. Perdonar no es hacer de cuenta que no nos hirieron, sino ser completamente conscientes del daño que recibimos y aun así ofrecer restauración en cuanto dependa de nosotros. No es fácil. Quien diga que perdonar es fácil seguramente no entiende muy bien de qué se trata el perdón. Ni siquiera para Dios fue fácil: requirió la encarnación y muerte del Hijo, con lo que se vio interrumpida la más perfecta relación que ha existido en la eternidad, la única perfecta, de hecho; la de la Trinidad. Le dolió a Quien murió y les dolió a Quienes se les rompió el corazón viendo su agonía y experimentando por primera vez el rompimiento de una intimidad que por siempre había sido la más ejemplar e idónea que pudiéramos imaginar. El precio de lo que hizo Cristo por nosotros es todo menos chico. Por ello Dietrich Bonhoeffer insistía en que la gracia era gratis (gracia y gratis son casi sinónimas), no barata. En efecto, es tan costosa que nunca ninguno de nosotros hubiera podido obtener por nuestra propia cuenta la restauración con Dios que ella entrega, porque no tendríamos cómo pagarla.

Algunos de quienes me abandonaron o decidieron atacarme tienen razones para ello, otros —la mayoría me parece— no. Y el corazón me duele, obvio; experimentar rechazo es muy doloroso. He hecho todo lo que se me ha ocurrido en limpia conciencia para restaurar casi todas esas relaciones y en la mayoría de los casos no funciona. Solo hay juicio, que es más doloroso cuando viene desde adentro de la iglesia. Y aún más doloroso cuando no he cometido nada malo o cuando me han infligido un daño igual o mayor que el que en mis errores pudiera haber hecho yo; sin embargo. Pero solo acusan; no perdonan ni piden perdón.

Así que esta es mi conclusión: tenga o no la responsabilidad de los errores, no puedo obligar a otros a que me perdonen o muestren amor y restauración. El amor y el perdón han de entregarse libremente, no pueden ser exigidos. Pero sí puedo perdonar y amar yo en lo que esté al alcance de mis posibilidades. No sé cómo no hacerlo si después voy a llegar de rodillas a los pies de la cruz pidiendo perdón, gracia, amor y restauración para mí. Es difícil perdonar y amar así, claro. Cada vez se me complica más confiar hasta en quienes no me han hecho nada. Pero yo decido mostrar amor y gracia. Si en algún momento no es eso lo que estoy mostrando, oro que el Espíritu Santo me lo revele para poder corregirlo. Mi decisión es amar como Cristo me ha amado.

¿Me voy a equivocar amando? Por supuesto. No soy Dios. Soy un simple mortal lleno de debilidades. Yo, como todos los demás, peco. Pero si peco, me comprometo a pedir perdón; si pecan contra mí, me comprometo a perdonar; y en cualquier caso, me comprometo a buscar la restauración. Si no, no sé cómo podría acercarme a Dios. Y si no puedo acercarme a Dios, no tengo nada.