Darwin —y su teoría— sobre los negros

At some future period, not very distant as measured by centuries, the civilised races of man will almost certainly exterminate, and replace, the savage races throughout the world.… The break between man and his nearest allies will then be wider, for it will intervene between man in a more civilised state, as we may hope, even than the Caucasian, and some ape as low as a baboon, instead of as now between the negro or Australian and the gorilla.

Charles Darwin, Descent of Man

Traducción a continuación:

En algún momento futuro, no muy lejano si lo medimos en siglos, casi ciertamente las razas humanas civilizadas exterminarán y remplazarán a las razas salvajes en todo el mundo… Entonces la brecha entre el hombre y sus más cercanos aliados se hará más amplia, porque sobrevendrá entre el hombre —en un estado más civilizado, cabe esperar, aún mayor que el del hombre caucásico— y algunos simios tan inferiores como el papio, no como la brecha actual entre el negro o el australino y el gorila.

Charles Darwin, El origen del hombre

Implicaciones teológicas del bosón de Higgs

La llamada «partícula de Dios» ha dado mucho de qué hablar en estos días debido a que los científicos del CERN anunciaron que habían detectado su huella, digamos, hace unos pocos días. Mucho trecho hay de aquí a confirmar que realmente se trata de la famosa partícula, pero por causa del argumento que aquí quiero presentar (sus implicaciones teológicas) supongamos que así es. Aclaro, eso sí, a modo de disclaimer que lejos estoy de ser un experto en la materia y no pretendo que mi opinión sea definitiva.

Lo primero que quiero aclarar es que el nombre «partícula de Dios», traducción de la expresión inglesa God particle, se ha prestado a malas interpretaciones, principalmente porque en inglés pareciera implicar que la partícula es Dios (luego que es la causa de todo lo que conocemos). No es así, el término proviene de un libro con idéntico título escrito en 1993 por el premio nobel Leon Lederman. La idea detrás del nombre era mostrar dos cosas: Primero, que la partícula subyace todo objeto físico que conocemos; segundo, que la partícula era muy difícil de encontrar: su existencia se predijo hace casi 50 años, pero solo hasta ahora se puede detectar su huella (véase este breve escrito al respecto del apologista cristiano William Lane Craig). Justo es decir que el nombre original de Lederman para su libro era La partícula maldita (The goddamn particle, en inglés), precisamente por lo complicado que era encontrarla; pero la casa editorial que publicó su libro, en una movida comercialmente brillante, lo convenció de cambiar el título por el que ya se mencionó, dándole así un efecto publicitario gigante.

Entrando en materia, si algo me ha gustado de todo el cubrimiento mediático del bosón de Higgs es que gracias a este las noticias se centran en la ciencia por las razones correctas, porque la ciencia está haciendo bien su tarea, está haciendo descubrimientos científicos interesantes y válidos. Pero, seamos claros desde el principio, el descubrimiento del bosón de Higgs tiene consecuencias teológicas mínimas, tendiendo a nulas, al menos directamente, por dos razones que pretendo explicar:

Una de las razones es que no prueba que Dios no exista o que no sea necesario. El modelo físico estándar —la teoría reinante en la física para entender la materia y sus interacciones en términos de unas pocas partículas elementales, una teoría muy coherente y que funciona muy bien—, establece que el bosón de Higgs es necesario para explicar la masa de otras pocas partículas que, a su vez, explicarían el resto de la materia y sus interacciones. Sin embargo, no se afirma que el bosón de Higgs sea condición suficiente para la formación de las partículas. Es decir, no se afirma que el bosón de Higgs es la causa de otras partículas elementales, sino que en ausencia del bosón de Higgs no tenemos cómo explicar (la masa de) esas partículas… al menos usando el bien ponderado modelo estándar.

De modo que el descubrimiento es que el bosón de Higgs sí existe, como lo había predicho la teoría. No que el bosón tiene poder creador y menos aun que existía antes del inicio del universo, como su apodo parece sugerir. De hecho, se sabe que su comienzo debe ser posterior al Big Bang. Así las cosas, el bosón de Higgs no afecta el argumento cosmológico para la existencia de Dios, que tiene su mayor fortaleza en que el universo tuvo origen.

Por otro lado, el bosón de Higgs tampoco prueba que Dios exista o que sea necesario. En esto hay que ser claro. No tengo más que decir en este aspecto.

No obstante, quiero usar este resultado para argumentar algo que viene llamando mi atención hace algún tiempo. El hecho de que, parafraseando a Einstein, lo más incomprensible del universo sigue siendo cuán comprensible este es. El apego del mundo observable al modelo, a las matemáticas subyacentes, que son elegantísimas y profundísimas, además de incomprensible es sorprendente: hay una sumisión de la realidad al lenguaje, en este caso el lenguaje matemático; una realidad con contenido semántico (la expresión de esa matemática) que resulta ser completamente coherente con el Logos, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo que creó cuando habló (Sal. 33:9). La palabra creada, vemos en este caso de la confirmación del modelo estándar, está escrita en lenguaje matemático de una forma tan soberanamente elegante que, si tomamos en serio Juan 1, no refleja tan solo la inteligencia del Logos, sino el gran detalle y la fineza de su pensamiento. El universo y su compleja elegancia es lo que esperamos encontrarnos si nuestro punto de partida es la cosmovisión cristiana.

No quiero decir con esto que el modelo estándar esté completamente comprobado o que no pueda contener errores. A estas alturas, de hecho, el modelo está lejísimos de dar una descripción completa. Sí creo, sin embargo, que cada futura confirmación o corrección que se le haga continuará mostrando que no es posible la reducción materialista que muchos científicos supusieron. En su lugar, se necesitarán más matemáticas para continuar con esta descripción —matemáticas cada vez más profundas y elegantes, creo yo—, de modo que el contenido semántico se incrementará, haciendo claro que cuanto más nos adentremos en entender este mundo material, más información vamos a necesitar. Y esa cantidad tan grande de información es más coherente con el cristianismo y su Logos que con cualquier otra cosmovisión.

Cristo es la completez de la ciencia

En una de mis entradas anteriores me referí a la importancia del protestantismo como provocador de la ciencia. Quiero entonces en esta columna completar ciertas ideas que, a mi juicio, le dan soporte a la anterior, y extender un poco más los conceptos e implicaciones.

Múltiples historiadores de la ciencia, creyentes y no creyentes, coinciden en que el desarrollo de la ciencia habría sido imposible sin la cosmovisión cristiana y, en particular, el impulso del protestantismo. Aunque los argumentos son extensos, aquí hago un esbozo de ellos para aclarar la idea, época por época. La razón principal para ello es que, aun cuando en la Edad Antigua hubo algunos brotes de pensamiento científico (sobresale sobre todas las demás figuras la de Arquímedes, una mente solo comparable con Newton y Einstein), la cosmovisión politeísta impedía el surgimiento de la ciencia: para los antiguos el mundo estaba sometido al parecer de divinidades cuyas pasiones y emociones eran idénticas a las humanas, pero con más poder. En consecuencia, el mundo, sujeto a los caprichos de los dioses, no era un lugar muy apto para el descubrimiento científico (algo muy notorio en la astrología desde sus inicios, más preocupada por las variaciones que por las regularidades). No es del todo este el caso con las matemáticas que al fin y al cabo, por su abstracción, se acercaban bastante al platonismo, cosa que en gran parte permitió su desarrollo.

Por supuesto, Occidente es cristiano desde el inicio de la Edad Media, aproximadamente a partir del año 400 d.C., cuando cae Roma y el catolicismo termina heredando y convirtiéndose en el gran poder. Sin embargo, como argumenté en aquella oportunidad, el conocimiento (que siempre ha sido poder) estaba concentrado en unos pocos, generalmente nobles o sacerdotes… y no es que le interesara de a mucho a la iglesia católica que dicha situación cambiara. A inicios de la Edad Moderna, la Reforma tiene el efecto de introducir el conocimiento en la sociedad en general, no solo en unas pocas élites, de modo que el saber se esparce y su crecimiento rápido se vuelve un corolario algo obvio: son muchas cabezas pensando en los problemas que antes solo atañían a unos cuantos.

El cristianismo siempre ha aceptado que existen tres formas de revelación: la palabra creada (la naturaleza, el mundo; Ro. 1:19-20, Sal. 19:1-6), la Palabra escrita (la Biblia; Jn. 5:39) y la Palabra humanada (Cristo; Jn. 1:1, 14). Pero, como ya se dijo, durante la Edad Media poco importó la alfabetización, de modo que estas tres palabras eran, en mayor o menor grado, ininteligibles. Lutero corrige la situación y así la comprensión de la revelación natural, en particular, se vuelve importante. El Dios judeo-cristiano, inmutable y confiable, quien por definición es (YHWH), da sentido al estudio de una creación dotada de estabilidad, de regularidades… de leyes naturales. Más aun, ese mismo Dios es omnisciente e infinitamente inteligente. De modo que la teología natural, el estudio de la palabra creada, sirve como soporte y fundamento a la ciencia: podemos estudiar el mundo porque una inteligencia (afirmamos los monoteístas que Dios) le dio sentido. La ciencia no tiene sentido si no se supone la inteligibilidad del mundo, si no se supone que la naturaleza es comprensible. Esto era absolutamente claro para los científicos protestantes y cristianos en general desde comienzos de la Edad Moderna. En este contexto Newton entendía sus estudios y los avanzaba, a tan exagerado punto que aun sus errores de cálculo los solucionaba metiendo a la fuerza la mano divina.

Estas raíces de la ciencia se perdieron en algún momento de la Edad Moderna. Occidente comenzó a perseguir el conocimiento por el conocimiento (con el positivismo de Comte) queriendo volver dioses a los hombres («Dios ha muerto, viva el superhombre»; si la historia le suena conocida es porque es idéntica a la narración mosaica de la Caída de Gn. 3). Tanto se refundieron estas raíces que a Einstein —científico de la ya entrada Posmodernidad— le parecía eternamente incomprensible que el universo fuera comprensible (¡!). Una incomprensión obvia si no hay Dios.

Nada de esto quiere decir que no se pueda hacer ciencia sin ser cristiano y menos aun que no se pueda sin ser protestante. No. Pero a la larga sí tiene que ver con que ninguna otra cosmovisión da tanto sentido a la ciencia como el cristianismo: La información en el universo (y en la vida como la conocemos, en particular), vista desde su irreductibilidad al mundo material, hace que poco o ningún sentido tengan cosmovisiones donde la naturaleza es el principio de todas las cosas (ateísmo materialista, panteísmo, politeísmo, etc.), de modo que solo las cosmovisiones teístas, en las que Dios suele estar más allá del mundo natural (cristianismo, judaísmo e islamismo, principalmente; aunque es posible el teísmo sin referencia a ninguna de estas tres), sobrevivirían a este escrutinio.  Y entre estas, el cristianismo, por la segunda persona de la Trinidad, la Palabra humanada, el Verbo, el Logos (un concepto de la teología juanina, luego exclusivamente cristiano, no judío ni musulmán), no solamente hace comprensible la naturaleza sino que da sentido al concepto mismo de la información, por definición. Es decir, cuando observamos la naturaleza, ninguna otra cosmovisión pareciera tener más fuerza epistemológica, ninguna otra cosmovisión pareciera ser más consonante con lo observado, que el cristianismo.

Por otro lado, como escribiera también en una entrada reciente, la información específica proporciona uno de los mayores respaldos a la idea de este Logos. Esto es, si partimos de la concepción cristiana de los orígenes, esperamos encontrarnos un universo entendible y plagado de información como el nuestro. Estas dos cosas quieren decir que al observar el mundo esperaríamos encontrarnos detrás suyo a una divinidad como el Logos, y que al partir de un concepto cristiano de los orígenes también esperaríamos encontrarnos una naturaleza entendible —más aun, con lenguaje estructurado, como en el caso de la información biológica— precisamente por causa del Logos.

Tendríamos entonces que la información sí es coherente con el Logos cristiano. Cristo es la completez de la ciencia, tal como los números reales completan los números racionales; así lo afirma William Dembski en su libro Diseño inteligente (Vida, 2005). Sin Él es posible hacer ciencia, sí; al igual que el matemático aplicado puede trabajar solo con los números racionales (los números cuya expansión decimal es finita o se repite indefinidamente), el científico puede trabajar sin referencia directa a Cristo y obtener resultados buenos e importantes. Pero los números racionales son insuficientes en lo conceptual; por ejemplo, un cubo de lado racional siempre tendrá una diagonal que no es racional; no importa cuánto lo aproxime el matemático aplicado, el resultado siempre escapará a su mejor aproximación (por este motivo los pitagóricos arrojaron al mar en su tiempo a quien les mostró que un cuadrado de lado 1 tiene diagonal que mide √2, un irracional). De ahí la necesidad de los números reales. Bajo esta analogía, el científico puede seguir trabajando como venía y nada cambia en su labor, como el matemático aplicado siempre trabajará con los racionales y no con todos los reales. Pero la ciencia solamente tendrá sentido, solo será completa, a la luz del Logos. Él, el Verbo, la Palabra, es quien hace comprensible el universo desde su creación. Cristo es la completez de la ciencia.

Inferencia de teísmo a partir de la ciencia

Hace varios meses escribí una entrada llamada Stephen Hawking: ¿Un universo generado por leyes? en la cual argumentaba que el Big Bang sugiere con mucha fuerza la existencia de Dios. En esta entrada quiero continuar con una idea más fuerte aún. La evidencia de la ciencia no solo sugiere que Dios existe, sino que otros descubrimientos recientes se avienen más con una perspectiva teísta que con una deísta. Para tal propósito se harán necesarias varias definiciones y precisiones preliminares.

La primera de ellas es aclarar que no se trata de una demostración de la existencia de Dios, no al menos en el sentido más matemático de certeza epistemológica. Por eso se usó intencionalmente en el párrafo anterior el verbo sugerir. Sin embargo, la información es tan abundante que, a juicio del autor, concluir que Él existe no conlleva a un salto en el vacío sino, a lo sumo, a un paso menos que incómodo en un suelo desnivelado. Y en ese suelo veo mayor posibilidad de tropiezo para el ateo o el agnóstico que para el teísta o deísta.

Vale la pena entonces en este párrafo hacer una distinción de estos últimos cuatro términos. Ateo es quien no cree en la existencia de Dios. Agnóstico es quien cree que no existe evidencia ni a favor ni en contra de la existencia de Dios. Deísta es quien cree que Dios existe, pero es un ser desentendido del universo. Teísta es quien cree en la existencia de Dios y que Él interactúa con el universo.

Así pues, en la anterior entrada sobre Hawking se dieron las bases de lo que podría ser uno de los argumentos científicos más fuertes en contra de la no existencia de Dios. A los razonamientos de este tipo se les suele llamar argumentos cosmológicos para la existencia de Dios. No constituyen una nueva forma de argumentación, pero desde que conocimos de la ocurrencia del Big Bang es mucho más fácil sustentarlos y esgrimirlos. Más aun, el Big Bang hace conceptualmente complicado y casi insostenible el ateísmo e incluso quita prácticamente todo soporte epistemológico al agnosticismo. Luego, si consideramos lo anterior con seriedad, vemos las opciones reducidas a dos posibilidades: teísmo o deísmo, y entre estas dos opciones parecería que la ciencia se inclinara más a favor del teísmo que del deísmo por dos desarrollos científicos recientes: la física cuántica y la teoría de la información. A continuación intentaré explicar esta afirmación.

Resultados conocidos de la física cuántica nos permiten saber que las partículas elementales no poseen propiedades intrínsecas sino que tales propiedades solo existen de manera relativa: dependen de que haya un observador. De hecho, suponer lo contrario, que las propiedades de las partículas son inherentes a ellas, lleva a contradicciones matemáticas insalvables. Por tal razón —porque las matemáticas son coherentes y se ajustan a la realidad— los físicos han concluido que ciertas propiedades importantes de las partículas (de la materia) solo existen cuando las partículas pueden observarse, que tales propiedades son relativas a la observación y por ende al agente observador (el lector interesado puede encontrar una explicación más rigurosa de este hecho aquí).

Puesto que cualquier forma de vida en el universo estaría compuesta por las partículas que en este habitan, es obvio que ni los seres humanos ni ninguna otra posible forma de vida en el universo pueden ser los observadores de estas partículas desde su inicio (las partículas de las que estamos compuestos existen mucho antes que nosotros). La teoría requiere un observador externo al universo capaz de determinar las propiedades de tales partículas. Y en este acto (hay una acción) de observar es donde se evidenciaría una interacción de tal agente externo con nuestro universo. Los cristianos consideran de manera natural que tal agente es Dios (aunque no se necesita ser cristiano para suponerlo así), luego su interacción con el mundo, su acto de observarlo, se constituiría en una fuerte prueba de teísmo.

De otro lado, está la teoría de la información. El primero en sistematizar una teoría de la información fue Claude Shannon mientras trabajaba en los laboratorios Bell; pero la teoría de la información ha alcanzado nuevos niveles, más allá de Shannon, al punto de considerar hoy la información parte fundamental de la naturaleza, como la materia y la energía. Más aun, se considera que la información es la que da orden a la materia y a la energía (suele decirse que la materia es como el hardware y la información como el software) y que es entendible, como un idioma que se aprende a hablar. Einstein decía que lo más incomprensible del universo es que es comprensible (esto es, que hay información estructurada). El astrónomo Guillermo González ha mostrado en un libro llamado The Privileged Planet [El planeta privilegiado] que las mismas condiciones que hacen habitable la tierra —por su posición en el universo, la vía láctea y el sistema solar, y por el momento de la historia universal— también la hacen estudiable; más aun, González argumenta que difícilmente podría haber existido vida compleja, como la humana, en otro momento de la historia. Es decir, el universo parece estar diseñado para que lo pudiéramos entender en el momento breve de la historia universal en que íbamos a existir los humanos en la tierra. González muestra que en otra posición y tiempo ni habríamos podido existir ni habríamos podido entender el universo.

Tal capacidad de estudiar el universo, de entenderlo, justo en este momento sugiere que hubo un diseñador que intencionalmente quiso dejarnos las instrucciones para comprenderlo. Una vez más, un concepto completamente acorde con el cristianismo. A juicio de quien esto escribe, esa información, en el lenguaje de la ciencia, es un manual de instrucciones de cómo funciona este producto llamado universo y que permite entender en algo al diseñador; por lo menos nos deja claro que se trata de un ser inteligentísimo, dada la complejidad de este universo en el que vivimos y la precisión que se requiere para su funcionamiento. La cosmología parece estar descubriendo hoy las notas del Salmo 19 que David escribió hace tantos miles de años: «Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos». En esa información hay comunicación, un acto de comunicar, lo cual sugiere muy fuertemente que, más que deísmo, hay teísmo.

De esta manera, la información y la física cuántica, además de permitirnos entender un poco más este mundo, nos permiten también entender desde la ciencia que el teísmo no está tan lejos de las conclusiones científicas como pudiera pensarse. El agnosticismo es una forma sana y honesta de comenzar a razonar, pero una vez se acumula evidencia contundente a favor de una de las dos posturas, debe ir haciéndose a un lado para dar paso a la evidencia dondequiera que ella lleve; lo contrario sería deshonestidad intelectual. Así, los pasos desde el agnosticismo hasta aceptar la existencia de Dios y luego el teísmo no parecen saltos al vacío sino avances en tierra firme, gracias a la herramienta de la ciencia.

La provocación protestante de la ciencia

Han surgido debates recientes al interior del protestantismo acerca de su influencia en ese concepto —algo etéreo— de lo que hoy llamamos ciencia. Por ejemplo, en el portal de internet español Protestante digital, donde escriben reconocidos pensadores protestantes ibéricos, se presentó hace poco un cruce de columnas entre sus opinadores por las posiciones divergentes al respecto.

Todo empezó con una entrada de César Vidal llamada Protestantismo y revolución científica en el blog La voz, cuya lectura recomiendo al lector. En ella argumenta que el protestantismo provocó (y nótese que el verbo es provocar, no originar) la revolución científica. Dice Vidal que las naciones que adoptaron el protestantismo eran en general más pobres que las naciones católicas a finales del Medioevo, momento en que se inicia la Reforma. Y, sintetizando la idea, esa situación se volteó gracias al impulso de la Reforma a la sociedad y en particular a la ciencia.

No carece de razón Vidal en su afirmación. Cuando estaba en mi pregrado tuve la oportunidad de asistir a un curso llamado Introducción a la modernidad: Reforma, dentro de una serie de varios cursos semestrales que dictó Rubén Jaramillo Vélez. Recuerdo haber leído allí unas afirmaciones de Lutero sobre el cambio sustancial que vivió Alemania gracias a la Reforma. Decía Lutero que, entre muchas otras cosas, incluso en las ropas se veía la mejoría en la Alemania de inicios del s. XVII. Y realmente así era. La Reforma tuvo un efecto básico importantísimo que se expandió rápidamente por toda la Europa protestante: la alfabetización de los países que afectó, impulsada por el mismo Lutero para que cada persona pudiera leer la Biblia en su idioma.

La alfabetización tiene resultados directos tangibles… por ejemplo, que al leer se aprende a hacer los mejores vestidos que vio Lutero, claro. Otro resultado es que un grupo no pequeño de los alfabetizados quiere conocer cada vez más; y en aquel momento coyuntural muchos de ese grupo, como también lo señala Vidal en su columna, fueron cristianos protestantes que vieron en la ciencia una forma de entender a Dios por sus obras en la naturaleza, su palabra creada; por eso en sus orígenes la ciencia moderna también se llamó teología natural. El más grande de estos científicos protestantes —y de toda la historia— fue sin duda Isaac Newton, quien escribió más sobre teología que sobre ciencia y quien fuera además el creador del cálculo, la mecánica y la óptica.

Por supuesto, Newton no fue el único; como menciona Vidal hubo otros protestantes con grandes contribuciones para la ciencia. Lineo (taxonomía), Euler (matemático, quedó ciego muchos años antes de morir pero aun así continuó haciendo grandes contribuciones y podía recitar gran parte de la Biblia de memoria), John Dalton (la teoría atómica), Michael Faraday (electricidad) y JC Maxwell (electromagnetismo) son solo algunos de ellos.

Sin embargo, a todo esto responde Pablo de Felipe (aquí y aquí), protestante, bioquímico y también columnista de la mencionada publicación, que la ciencia no fue casi un monopolio protestante, como lo afirma Vidal. Para ello recurre correctamente a ejemplos de grandes científicos católicos de la época —y, obviamente, tratándose de Europa Occidental, en aquel momento histórico no había sino las opciones de catolicismo y protestantismo— que difícilmente pueden pasarse por alto: Copérnico (heliocentrismo), Veselius (anatomía moderna), Descartes (filósofo e implementador del plano cartesiano) y Fermat (matemático), entre muchos otros; más recientemente, los grandes Mendel (padre de la genética), Pasteur (microbiólogo y químico francés) y Lemaître (padre de la teoría del Big Bang).

Estos son datos incontestables. Sin embargo, lo que no puede negarse es que lo que hoy llamamos revolución científica habría sido imposible sin el protestantismo, pues vale la pena añadir que, antes de la Reforma, el conocimiento estaba restringido al clero y a los poderosos, de modo que la democratización del conocimiento solo se hizo posible gracias a la ya explicada alfabetización de la Europa protestante, que terminó ampliándose a todo el continente gracias a la revolución social que significó la Reforma. Sin este cambio social nunca habría ocurrido la llamada revolución científica, pues para ser verdadera revolución, de efectos sociales notorios, necesitaba ir mucho más allá del clero católico y, de no haber sido por el protestantismo, los pocos científicos católicos de la época no habrían podido generar una revolución social en nombre de la ciencia… sobre todo si se considera la forma en que Roma trataba las ideas que consideraba contrarias y «peligrosas»: la Inquisición.

En resumen, no puede afirmarse con base en la historia que el protestantismo sea algo así como el padre de la ciencia, pues también existieron muchos científicos anteriores a la Reforma. Pero tampoco puede negarse que la ciencia moderna usó y requirió del protestantismo para llegar a ser. No podemos decir que sin protestantismo habría existido una ciencia (o no) porque eso nunca lo sabremos; pero repito: esto que hoy llamamos ciencia, la ciencia —y que no sabemos muy bien cómo definir— no habría existido sin el protestantismo, sin la Reforma.

Far better is to dare mighty things…

It is not the critic who counts; not the man who points out how the strong man stumbled or where the doer of deeds could have done better. The credit belongs to the man who is actually in the arena, whose face is marred by dust and sweat and blood, who strives valiantly; who errs, and comes short again and again, because there is no effort without error and shortcoming; who does actually try to do the deed; who knows the great enthusiasm, the great devotion, and spends himself in a worthy cause; who, at worst, if he fails, at least fails while daring greatly.

Far better is it to dare mighty things, to win glorious triumphs, even though checked by failure, than to rank with those poor spirits who neither enjoy nor suffer much because they live in a gray twilight that knows neither victory nor defeat.

Theodore Roosevelt from the speech “The strenuous life”, Hamilton Club, Chicago, April 10, 1899.

El gran diseño de Stephen Hawking: ¿Un universo generado por leyes?

Ningún otro descubrimiento científico tiene la fuerza conceptual del Big Bang para defender la existencia de Dios. Dirá alguien que la vida y las biociencias pueden tener la misma fuerza epistemológica a favor del teísmo o deísmo, pero no es así. A diferencia del universo y su Big Bang, nuestro conocimiento de la vida y sus orígenes es completamente limitado. A nivel biológico, lo mejor que tenemos son teorías sobre el origen de las especies, teorías cuya validez se sigue discutiendo a estas alturas. Pero, lo que es peor, lo poco que sabemos sobre el origen de las especies hasta pareciera conocimiento sólido si se compara con el origen de la vida, que no deja de ser la más oronda especulación. Al punto que Simon Conway Morris, profesor de Cambridge y uno de los investigadores más famosos del mundo en los orígenes biológicos, ha propuesto declarar la vida como axioma y dejar de perder el tiempo intentando descubrir su origen.

Pero el Big Bang, al determinar el inicio del universo mismo, tiene grandes implicaciones en los cuestionamientos filosóficos y teológicos sobre la existencia de Dios. Esto es claro de un editorial de John Maddox en la prestigiosa revista Nature hace poco más de 20 años. Decía Maddox: «El Big Bang, además de ser filosóficamente inaceptable, es una postura sobresimplificada del origen del universo y es poco probable que sobreviva de aquí a una década» (Nature [1989], 340, p. 425). Aunque la inviabilidad filosófica a la que alude Maddox hablaba más de sus prejuicios metafísicos que de la veracidad del Big Bang, el punto a resaltar aquí es que aun los círculos más ateos entienden cuán pequeño es el salto conceptual de un universo con origen a una deidad que lo haya creado. Por eso dijo Christopher Isham:  «Tal vez el mejor argumento a favor de la tesis de que el Big Bang respalda el teísmo es la ansiedad obvia con la cual la reciben algunos de los físicos ateos».

Ahora, cuando de ciencias se trata, no se puede considerar la motivación del científico para juzgar sus resultados. Si bien las motivaciones suelen ser determinantes a la hora de los descubrimientos, la veracidad de los hallazgos no depende de ellas. Comentado esto, es menester entender que la motivación del físico Stephen Hawking siempre ha sido dar soporte a su ateísmo. A él siempre le ha molestado el Big Bang porque todo efecto implica una causa, y como el Big Bang sería el primer efecto natural, es intuitivamente obligatorio escribir su causa, también primera, con mayúscula inicial. Sin duda, un golpe duro a la (in)creencia del cosmólogo inglés.

Sin embargo, el problema con las teorías de Hawking sobre el inicio del universo no es la motivación; es que son falsas. Antes, por ejemplo, ya había intentado una teoría en la que negaba el Big Bang; pero al hacerlo, su argumento matemático eliminaba también las leyes de la termodinámica; algo impermisible, por eso se cayó.

Ahora vuelve en su libro The Grand Design con una teoría en la cual afirma que el universo surgió a partir de las leyes naturales, en particular de la ley de la gravedad. El problema con esto es que, si asumimos cierto el materialismo por el cual Hawking aboga, las leyes serían incidentales a nuestro universo, inherentes a él, pertenecientes a él. Si Hawking quiere leyes que hayan formado el universo (no solo que lo rijan), tiene la necesidad de declararlas externas a este para evitar los razonamientos circulares («el universo hizo las leyes y las leyes hicieron el universo»). Pero al hacerlo, al ubicar las leyes fuera del universo, está haciendo que su afirmación se asemeje más a filosofías especulativas que él mismo desprecia que a la ciencia materialista rigurosa como tal a la cual pretende defender. Porque si las leyes naturales están más allá del universo físico, están más allá de la ciencia. Diez años antes de El gran diseño de Hawking, el matemático y filósofo David Berlinski lo explicó en los siguientes términos en Newton’s Gift, su biografía de Newton:

Si la gravedad explica gran cantidad de cosas que de otra forma serían muy confusas, esta explicación se da por medio del misterio. La gravedad actúa a distancia y de inmediato. Ninguna otra fuerza de la naturaleza pareciera comportarse así. Difícilmente puede llamársele mecánica a una fuerza con tales propiedades, aunque se transmita por cuerpos materiales. Lo que resulta tan confuso es el carácter irreducible de la gravedad. Dentro de la mecánica de Newton no hay explicación para la fuerza de la gravedad en términos de otras fuerzas, como el movimiento y la distribución de las partículas. La gravedad es lo que es; y no se puede explicar en términos más simples ni apelando a los constituyentes más elementales de la materia. Conocemos la gravedad por sus efectos, la entendemos por medio de su forma matemática. Más allá, no entendemos nada.

Así era cuando Newton escribió y lo sigue siendo hoy [traducción mía, énfasis mío].

Después de asimilar la idea de Newton en sus Principia, una de las principales conclusiones a extraer es la bancarrota de la reducción materialista en las ciencias. La ley de la gravedad, la más ubicua de las fuerzas del universo, no se puede reducir a la materia; actúa en la materia pero no se puede reducir a ella.

Por tanto, Hawking está determinando la causa del universo a leyes tan ajenas al universo, tan trascendentes, como el Dios cristiano de Karl Barth. Es decir, en últimas, la teoría nueva de Hawking no es otra cosa que la divinización de las leyes, con lo cual el cosmólogo termina avalando lo que tanto quería negar: rechaza la deidad de un ser personal, creador y absolutamente otro, para afirmar la deidad de las leyes naturales. Hawking podrá ser ateo en un Dios personal, pero es absolutamente deísta en las leyes impersonales. Es solo una transposición de la divinidad en cuanto a agente creador. Y, lo que es peor, llega a sus conclusiones científicas solo a partir de indemostrables suposiciones metafísicas que son, por ende, anticientíficas; cosa que a mí particularmente no me incomoda (suscribo por completo la indemostrabilidad kuhniana de los paradigmas), pero que sí echa por la borda la proposición positivista, velada en su argumento, de que toda verdad es científicamente demostrable.

La ciencia funciona así: postulamos leyes que están más allá de la naturaleza para entender la naturaleza. No sorprende entonces que los intentos ideológicos por reducir nuestra comprensión del universo a materia y nada más que materia tengan la ciencia anquilosada. Si queremos explicar este mundo natural, necesitamos apoyarnos en algo que esté más allá de la naturaleza misma.