Teología abierta: Análisis exegético

Ha venido tomando creciente fuerza en ciertos círculos protestantes, principalmente angloparlantes, una interpretación sobre la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre conocida como teología abierta. En palabras breves, la teología abierta afirma que Dios no conoce el futuro con exactitud, luego el futuro está abierto para Él (de aquí se deriva su nombre).

Según los teólogos abiertos, la ignorancia de Dios con respecto al futuro no menoscaba su omnisciencia porque, dicen ellos, el futuro no existe. Así, si el futuro no existe, no hay nada que Dios desconozca, de modo que su omnisciencia no se ve comprometida. No obstante, ha de aclararse que para el teólogo abierto los eventos futuros que Dios no conoce son los relativos a las acciones humanas —y posiblemente las angélicas—, mas sí conoce los eventos futuros que solo dependen de la naturaleza, como el momento y ubicación del siguiente terremoto, digamos.

Dice el teólogo abierto que Dios conoce todas las posibles opciones que tiene la persona a disposición en cada momento, pero no la decisión particular que va a tomar. Es decir, Dios tiene un gran árbol de decisión que se va actualizando a medida que avanza el tiempo y los humanos escogen una de las opciones particulares que Dios conoce. En otras palabras, antes de que una persona actúe, Dios conoce las acciones que podría hacer pero no la particular que hará. Solo cuando el futuro se vuelve presente termina Dios sabiendo a ciencia cierta qué decidieron los humanos. No antes.

El teísmo abierto es en su fundamento una reacción al calvinismo. El dios del calvinismo determina de antemano todo lo que existe —quiénes serán condenados eternamente inclusive—, por lo tanto es también la causa directa de todo el mal y el sufrimiento en el mundo. Tal concepción deja en jaque al Dios de la Biblia, que es bueno y amor, y el teólogo abierto así lo reconoce correctamente. La gran motivación del teólogo abierto es entonces quitarle a Dios la carga que el calvinismo le impondría: ser la causa directa del mal y el sufrimiento en el mundo. La dificultad está en que intercambia un problema por otro: para corregir al dios malvado del calvinismo, termina estableciendo uno ignaro. De este modo, mientras que el calvinismo atenta contra la bondad y el amor de Dios, el teísmo abierto lo hace contra su omnisciencia. Paradójicamente, esta situación indicaría que en el fondo el teísta abierto es un calvinista frustrado, porque si mantuviera la presciencia divina como se ha entendido tradicionalmente, no encontraría él otra salida que el determinismo de las acciones humanas. Gregory Boyd —el más conocido defensor del teísmo abierto hoy día— es explícito en esto, pues en su respuesta al calvinista John Piper dice: «John [Piper] y yo estamos de acuerdo en que si Dios conoce algo de antemano, ese algo debe estar predeterminado».1

ANÁLISIS EXEGÉTICO

El problema con afirmar que el Dios de la Biblia no conoce las acciones futuras de los hombres es que niega todo el espíritu de la revelación en los dos Testamentos. Nunca ha sido claro de los teólogos abiertos cómo prescinden de la profecía, que se extiende desde los primeros capítulos del Génesis en el llamado protoevangelio (Gn. 3:15) hasta el final del Apocalipsis (Ap. 22). De hecho, durante prácticamente todo el libro de Isaías, Dios está forzando una comparación que tiene por un lado a los falsos dioses y sus profetas que vaticinaban mentiras, y por el otro, al Dios de la Biblia y sus oráculos que sí se cumplían (p. ej., 41:21-29; 43:9; 44:6-8, 25-28; 45:21; 48:1-6; etc., etc.).

Isaías 44 es particularmente notorio: Isaías llama por el nombre a Ciro, el rey persa que ordenaría dos siglos —y dos imperios— después la reconstrucción de Jerusalén y del templo. Si el teísmo abierto es cierto, ¿cómo sabía Dios qué acciones iba a tomar el rey Ciro 200 años después? Más aún, ¿cómo sabía qué nombre iba a recibir? De manera sorpresiva, Michael Saia, teólogo abierto, cita otros casos similares con Isaac, Ismael y el mismo Jesús, cuyos nombres dependieron de la elección de sus padres, pero fueron predichos en profecía.2

Increíblemente, la respuesta de Saia en este punto es que Dios puede hacer que las personas actúen de acuerdo con sus propósitos.2 Saia está de acuerdo con Boyd  en que aunque Dios predetermina algunas cosas, no lo hace con todas.3 Pasajes como la predicción de Cristo de la negación de Pedro (Mt. 26:33-36) fuerzan la capitulación del teólogo abierto de la creencia en que todas las acciones de los hombres están abiertas para Dios, obligándolos a aceptar que solo algunas acciones humanas están abiertas para Él. Pero esta capitulación tiene más de claudicación que de paradoja, pues ¿por qué no determina Dios todas las decisiones humanas de manera que evite el mal? Al fin y al cabo, contrarrestar el problema del mal es la mayor motivación del teólogo abierto.

Aludiendo al pasaje de la predicción de la negación de Pedro, Boyd ha intentado explicarlo más recientemente con base en Hebreos 3:13-15, diciendo que nuestras acciones pasadas terminan condicionando las futuras; es decir, hay una solidificación del carácter. Así las cosas, Jesús pudo conocer en la última cena el comportamiento de Pedro porque sus acciones previas (las de Pedro) lo llevarían a negar a Cristo, y Él, que era muy inteligente, se habría dado cuenta de ello por lo cual conoció de antemano que el pescador lo negaría.4 Cuán problemático resulta este razonamiento es evidente una vez se piensa con calma en la propuesta; algunos puntos vienen con prontitud a la mente:

  1. Reduce la profecía a una simple deducción lógica.
  2. La explicación es ad hoc; parece un intento desesperado —aunque tal vez inconsciente—de encajar el zapato derecho del teísmo abierto en el pie izquierdo de la predicción de Cristo. Al fin y al cabo, ni siquiera suponiendo que el teísmo abierto fuera cierto parecería claro que Pedro se encontrara en tal punto de endurecimiento.
  3. La exégesis es débil y difícil de soportar: muchos pecados que cometemos no son por el endurecimiento gradual, por la cauterización de la conciencia (1 Ti. 4:1-3), sino por la tendencia de nuestra carne (p.ej., en los primeros pecados de los niños) o el engaño de Satanás (p. ej., en la caída del hombre en el huerto del Edén en Gn. 3, o en el engaño de Ananías y Safira en Hch. 5:1-4). Me resulta muy difícil aceptar que el Pablo de Romanos 7 pecara por haberse permitido endurecerse de forma tal que al final no le quedaran opciones. El punto es que la Biblia muestra que no solo pecamos por endurecimiento del corazón, de manera que concluir que Pedro pecara por «solidificación del carácter» es ex profeso. Una explicación más simple es que Pedro pecó por vil cobardía.
  4. Estaría diciendo que aunque Dios no puede determinar el futuro, los hombres sí pueden.
  5. La cita de Hebreos sí alude a un endurecimiento que en otros pasajes es claro, pero tiene más que ver con el rechazo de la salvación que con la comisión de pecados en la persona salva.

 

La enfermedad de Ezequías y el arrepentimiento de los ninivitas

Algunos segmentos bíblicos en los que Dios parece cambiar de opinión después de que los humanos actúan de cierta forma son la principal fuente escritural que esgrimen los defensores de esta postura. Quizás los pasajes favoritos del teólogo abierto son el arrepentimiento de los ninivitas que evitó su destrucción cuando Jonás les predicó, y la enfermedad y curación de Ezequías. 

Los dos relatos apuntan a un problema de fondo del calvinismo (y ya dijimos que el teísta abierto es un calvinista frustrado): parece que Dios cambiara de opinión, particularmente cuando lo buscamos en arrepentimiento. La verdad, la mejor interpretación se daría bajo la lupa del molinismo que, a través del conocimiento medio de Dios, reconcilia el libre albedrío del hombre con la soberanía divina, sin negar la primacía de esta, respetando a su vez la integridad del texto bíblico que el calvinismo y la teología abierta desechan. Pero como esta no es una entrada sobre las muchas virtudes del molinismo, sino sobre el teísmo abierto y sus múltiples falencias, el molinismo tendrá que esperar su propio escrito futuro. De modo que resumiré las dos historias, aunque me centraré en la de Ezequías, porque el mismo análisis se extiende sin complicaciones a la de Jonás y Nínive.

En la primera, Jonás relata que Dios lo llamó a Nínive para predicar la destrucción de la ciudad, el profeta hizo caso con renuencia, fue y anunció la destrucción, pero los ninivitas lo oyeron y se arrepintieron, por lo cual Dios «cambió de parecer, y no llevó a cabo la destrucción que les había anunciado» (Jon. 3).

En la segunda, una de las más documentadas del Antiguo Testamento (2 R. 20:1-11, 2 Cr. 32:24, Is. 38), se nos narra que el buen rey Ezequías en algún momento cayó enfermo; entonces el profeta Isaías recibió palabra de Dios para decirle: «Morirás, y no vivirás», en contundente conjugación del indicativo futuro simple, que no dejaba espacio a que Dios estuviera «cañando». Isaías se retiró de la presencia de Ezequías y este inmediatamente se volcó al Señor en clamor por su sanidad y su vida. Así, antes de que Isaías hubiera salido del palacio, recibió la orden divina de volver a la presencia del rey y decirle que Dios lo había oído, sería sanado y viviría quince años más.

El teólogo abierto hace suyas aquí de las dificultades interpretativas que estos textos plantearían al calvinista, pues si todo está determinado, ¿cómo es que Dios afirma una cosa y la cambia después? Por esta razón argumenta que la única explicación para la contundencia de la declaración del profeta Isaías es que Dios no conociera la acción futura de Ezequías. Así, al final de cuentas, cuando el rey oró, Dios conoció su curso de acción (el del hombre) y actuó acorde con el nuevo conocimiento adquirido.

Pero esta interpretación es problemática. Salta a la vista una literalidad excesiva en la exégesis que no se compadece con el trasfondo del texto. Tomar las cosas con tan desproporcionada literalidad termina convirtiendo a Dios no solo en un ignaro, sino en un mentiroso. Porque, si vamos a juzgar por el uso literal de los tiempos verbales, Dios ha debido decir que Ezequías moriría, en indicativo condicional, en lugar de haber usado el indicativo futuro, que además de enfático estaría injustificado, puesto que Dios no conocía el futuro.

Dice John Lennox que en el afán de tratar la Biblia como más que un libro, no podemos terminar tratándola como menos que un libro.5 Y lo dice porque nadie que escriba narrativa lo hace en términos exclusivamente literales, de modo que exigir a la Biblia que todo su contenido deba entenderse tan solo en lenguaje literal termina despojándola de su riqueza literaria, haciéndola una lectura pobre y sosa, y menguando el alcance de su significado. Un análisis objetivo del relato de Ezequías hace obvio que los escritores no buscaban menoscabar la omnisciencia de Dios, sino exaltar su bondad y poder al sanar a un rey que, sin importarle su alcurnia, se humilló delante de Uno más grande que él. Y estas cosas han de ser obvias aun para el incrédulo que se acerque desapasionadamente al texto; tal incrédulo seguramente encontrará motivos para no estar de acuerdo con la historia, tal vez por ella termine incluso atacando la bondad de Dios, pero seguramente entenderá que no es la intención del texto acotar la presciencia divina.

El profeta Ezequiel sugiere una interpretación mejor, describiendo con menudo detalle cómo Dios mudaría sus tajantes aseveraciones, según el comportamiento humano:

«Tú, hijo de hombre, diles a los hijos de tu pueblo: “Al justo no lo salvará su propia justicia si comete algún pecado; y la maldad del impío no le será motivo de tropiezo si se convierte. Si el justo peca, no se podrá salvar por su justicia anterior. Si yo le digo al justo: ‘¡Vivirás!’, pero él se atiene a su propia justicia y hace lo malo, no se le tomará en cuenta su justicia, sino que morirá por la maldad que cometió. En cambio, si le digo al malvado: ‘¡Morirás!’, pero luego él se convierte de su pecado y actúa con justicia y rectitud, y devuelve lo que tomó en prenda y restituye lo que robó, y obedece los preceptos de vida, sin cometer ninguna iniquidad, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tomará en cuenta ninguno de los pecados que antes cometió, sino que vivirá por haber actuado con justicia y rectitud”» (Ez. 33:12-16).

No obstante, un versículo antes dice: 

«Diles: “Tan cierto como que yo vivo —afirma el Señor omnipotente—, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?”» (33:11).

Ni en el relato de Jonás y los ninivitas ni en el relato de la enfermedad y curación de Ezequías hay siquiera la más leve insinuación a que Dios cambie de parecer porque no sepa cuáles serían las decisiones futuras de los hombres. Más bien, en aquellos textos queda implícitamente claro que son el amor y la bondad de Dios los que lo mueven a perdonar al pecador arrepentido. La implicación (lo implícito) de estas dos historias se vuelve manifiesta explicación (lo explícito) en boca de Ezequiel, como lo revela la última cita: a Dios le alegra que el pecador en su libre albedrío se convierta de su pecado y viva.

El teólogo abierto falta a los más elementales criterios de hermenéutica bíblica: (1) que la Escritura es su propio intérprete, y (2) que un texto sacado de contexto es un pretexto. Nada en la Biblia, excepto una terrible descontextualización, sugiere que Dios  no conozca el futuro, y sus cambios de parecer tienen más de inmenso derroche de misericordia que de incapacidad para conocer lo porvenir.

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. Boyd, G. 1998. A Response to John Piper, página visitada el 24 de noviembre de 2017.
  2. Saia, M. 2014. Does God Know the Future? Second Edition. Xulon Press, loc. 2706.
  3. Ibid, loc. 2705.
  4. Boyd G. God Limits His Control. En Jowers D. Four Views on Divine Providence. Zondervan, loc. 3706
  5. Lennox, J. 2011. Seven Days that Divide the World. Zondervan, p. 26.

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